¿Qué es una Guerra Nuclear? Posibles causas y consecuencias

Una guerra nuclear es un tipo de conflicto bélico que se realizaría mediante el uso de armas nucleares, que hasta hoy solo han sido usadas en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Veamos qué efectos podría tener una guerra así en el mundo.

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Desde que el 24 de febrero de 2022 empezara la invasión rusa de Ucrania, el temor por el posible inicio de una Tercera Guerra Mundial creció en todo el mundo. Porque a diferencia de las dos primeras guerras mundiales, en caso de que estallara una en la actualidad, estaríamos ante una guerra nuclear, un tipo de conflicto bélico que se realizaría mediante armas nucleares, con una capacidad de destrucción masiva.

Un arma nuclear es un explosivo de alto poder que utiliza la energía nuclear, en forma de fisión (bomba atómica) o de fusión (bomba termonuclear), para generar un poder de destrucción inmenso, con radios de acción a decenas e incluso cientos de kilómetros, además de daños por contaminación radiactiva y, en caso de ser usadas a gran escala, un posible invierno nuclear.

Una hipotética Tercera Guerra Mundial sería un conflicto bélico de naturaleza nuclear que, dependiendo de cómo se desarrollara, podría incluso suponer el fin de la civilización humana. Y en el artículo de hoy, vamos a presentar un posible escenario (por respeto, no vamos a incluir el tema de la invasión de Ucrania, sino que crearemos una situación ficticia) que desencadenaría una guerra nuclear, viendo los efectos en la sociedad y en el clima de la Tierra.

Todo son hipótesis, pues la primera y última vez que se han usado armas nucleares con fines bélicos fue en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en 1945 que marcaron el final de la Segunda Guerra Mundial. Así pues, antes de llegar al hipotético escenario, debemos retroceder hasta ese año para descubrir el origen de la tan temida guerra nuclear.

El terror nuclear en Hiroshima y Nagasaki

El 2 de septiembre de 1945, las delegaciones japonesas y aliadas firmaron, en la Bahía de Tokio, el acta de rendición incondicional del Imperio de Japón, poniendo el definitivo fin a la Segunda Guerra Mundial, que ya había terminado en Europa con la caída de la Alemania Nazi meses atrás. Una guerra que se convirtió en el conflicto armado más grande y sangriento de la historia de la humanidad que tuvo un desenlace que, por desgracia, estuvo a la altura del terror que durante seis años y un día azotó al mundo.

Durante cuatro años, Estados Unidos estuvo trabajando en el proyecto Manhattan, un proyecto de investigación y desarrollo liderado por el físico teórico Robert Ophhenheimer que llevó a la obtención de las primeras bombas nucleares, unas armas que escondían el poder más devastador que había presenciado el ser humano. En palabras del propio Oppenheimer, era como convertirse en la muerte, en un destructor de mundos.

Y fue en ese momento, en agosto de 1945, con el proyecto siendo un éxito, que el presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, ordenó bombardear las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki con las recién inventadas armas nucleares. Una forma de vengarse de lo que había sucedido en Pearl Harbour, de terminar de una vez por todas la guerra, logrando una rendición total del imperio de Japón, pero sobre todo, de demostrar al mundo la dominancia que Estados Unidos iba a implantar en este nuevo mundo.

Alrededor de las siete de la mañana del 6 de agosto de 1945, el sistema de radares japoneses detectó naves estadounidenses aproximándose desde la parte sur de Japón, por lo que se emitió una alerta a distintas ciudades, incluida Hiroshima. Pero ya era demasiado tarde.

A las 08:15 de la mañana, la bomba Little Boy fue arrojada sobre la ciudad de Hiroshima, explotando a 600 metros sobre ella, generando una explosión equivalente a 16 kilotones de TNT y creando una bola de fuego de más de 250 metros de diámetro donde se alcanzó inmediatamente una temperatura de más de un millón de grados centígrados y unos vientos con una velocidad de más de mil kilómetros por hora. En ese primer instante, entre 70.000 y 80.000 personas murieron.

Pero la destrucción fue mucho más allá y, con daños expandiéndose a más de un kilómetro y medio a la redonda, cerca de 166.000 japoneses fallecieron, ya sea por los efectos instantáneos de la bomba o a largo plazo por envenenamiento por radiación. Una simple bomba acababa de generar un infierno en la tierra.

Tras esta atrocidad, Truman anunció que de no aceptar los términos de rendición, el imperio de Japón podía esperar una lluvia de destrucción desde el aire. Y como no hubo reacción por parte del gobierno japonés, así fue. Y el 9 de agosto de 1945, a las 11:01 de la mañana, la bomba Fat Man fue arrojada sobre la ciudad de Nagasaki. Y esta, originando una explosión equivalente a 22 kilotones, provocó la muerte instantánea de entre 35.000 y 40.000 personas. El infierno se había vuelto a repetir en apenas tres días.

Ante esta situación, el emperador Hirohito anunció a la nación la rendición del imperio, alegando que de continuar esa lucha con esas nuevas armas, solo se conseguiría el arrasamiento y el colapso de Japón, además de conducir a la total extinción de la civilización humana.

Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki han sido, como hemos dicho, las únicas veces en las que se han usado armas nucleares. Pero por desgracia, si algo nos ha enseñado la historia es que esta es cíclica. Y de repetirse un conflicto como el que azotó el mundo hace ahora cerca de ochenta años, como pronosticó el emperador japonés viendo cómo dos de sus ciudades fueron convertidas en infiernos en un abrir y cerrar de ojos, sí que podríamos presenciar nuestro fin.

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¿Qué podría desencadenar una Tercera Guerra Mundial?

Antes de empezar, queremos recordar que para explicar las posibles causas y consecuencias de una Tercera Guerra Mundial de carácter nuclear, vamos a crear un escenario hipotético (por respeto, no vamos a hacer mención a la invasión rusa de Ucrania de 2022) ambientado en el futuro, concretamente en el año 2026 (el tiempo en el que transcurre no es más que una licencia narrativa y creativa). Y aunque hemos intentado que todo sea verosímil (evidentemente, hay muchos otros escenarios que podrían desencadenar un conflicto mundial), cualquier parecido con la actualidad geopolítica es pura casualidad. Dicho esto, empecemos.

Bruselas. 20 de enero de 2026. Bruselas es considerada la capital de la Unión Europea y, siendo capital de Bélgica, alberga también la sede de la OTAN, el centro político y administrativo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, una alianza internacional creada por los Estados Unidos en 1949 para frenar la expansión del comunismo y detener la influencia de la Unión Soviética.

Hoy en día, la OTAN es una organización que constituye un sistema de defensa colectiva, en el cual los 30 Estados miembros de América y Europa acordaron, a través del artículo 5 del tratado, que en caso de que cualquiera de sus miembros fuera atacado, todos responderían defendiéndolo. El ataque en uno, es considerado un ataque en todos.

Y ese enero de 2026 se está pactando algo que, sin saberlo, va a desencadenar el fin de la civilización tal y como la conocemos. Finlandia ha solicitado el ingreso a la OTAN. Finlandia es un país al noreste de Europa que forma parte de la Unión Europea y que logró su independencia de Rusia en 1917, después de más de cien años de estar anexionada al imperio ruso. Así, comparte no solo una convulsa historia con sus vecinos, sino más de 1.300 km de frontera con Rusia.

Desde la Guerra de Invierno de 1939, Rusia no ha intentado reconquistar territorio finlandés. Y es que Finlandia no tiene ningún valor estratégico para Rusia. Ni siquiera podría haber un interés de recursos naturales, pues las reservas de carbón, gas y petróleo se quedan en nada en comparación con las rusas.

Solo habría una situación que podría hacerlo detonar todo. Y esa es la tentativa de Finlandia de unirse a la OTAN. Ha sido socio de esta organización, ayudando en la lucha contra el estado islámico y dando refuerzos en Afganistán. Pero nunca ha sido miembro.

Y la integración de Finlandia a la OTAN daría a los 30 miembros del tratado esos 1.300 km de frontera con Rusia. Toda la situación geopolítica del mundo cambiaría en el momento en el que este país se convirtiera en miembro. Este proceso de anexión sería lento, pero muchos países firmarían acuerdos y tratados para que, en caso de ataque a Finlandia, pudieran prestar ayuda.

El ataque en uno, es un ataque en todos. El mayor temor de Rusia está cumpliéndose. Y aunque la lógica nos dice que Vladimir Putin no invadiría jamás Finlandia sabiendo lo que esto desencadenaría cuando ya hubiera pactos con la OTAN, si algo hemos aprendido estos meses es que un psicópata no entiende de lógica.

Si Putin ordenara un ataque en Finlandia para evitar su anexión a la OTAN, quienes hubieran firmado pactos con ella, tendrían que entrar en el conflicto. Y en el momento en el que el ejército ruso, por cualquier error, atacara a un miembro ya consolidado de la OTAN, toda la ira de las grandes potencias mundiales caería sobre el mundo y la tan temida Tercera Guerra Mundial estallaría.

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¿Cuáles serían los efectos de una Guerra Nuclear?

Esta Tercera Guerra Mundial sería muy diferente a las dos primeras. Y es que hoy en día, el arsenal nuclear de las grandes potencias es 140.000 veces superior al que había en 1945. Estados Unidos y Rusia, quienes serían los protagonistas de esta tragedia bélica, disponen de 1.800 armas nucleares listas para ser usadas en cualquier momento.

El mundo entrará en una guerra nuclear en la que los primeros ataques no buscarán matar gente, destruir edificios ni arrasar ciudades. A nadie le interesa esto. Pero en el momento en el que la OTAN se viera amenazada por una invasión de Finlandia, Estados Unidos respondería con un lanzamiento de misiles balísticos intercontinentales que cruzarían medio mundo hasta llegar a las ciudades estratégicas de Rusia.

Las bombas atómicas detonarían a cerca de 500 kilómetros sobre la superficie terrestre, una altura que no provocará la destrucción de Moscú ni de otros lugares estratégicos, pero sí que ocasionará un pulso electromagnético que interferirá en los sistemas eléctricos y electrónicos dañando todos aquellos dispositivos al alcance de la onda de choque.

Y mientras las conexiones caen, la tecnología se derrumba y el caos se desata, Rusia habría ya contraatacado enviando misiles balísticos a suelo estadounidense con el mismo objetivo, desencadenar un pulso electromagnético que desconecte a Estados Unidos del resto del mundo.

En esos primeros instantes, más de 700 misiles balísticos de ambas potencias cruzarían el mundo. Y cuando alzáramos la vista al cielo, veríamos esas armas como estrellas fugaces que, en realidad, no traen más que la pesadilla de una guerra nuclear. La Tercera Guerra Mundial ha empezado.

Cada uno de los misiles pueden llegar a portar 10 armas nucleares, cada una de ellas 50 veces más potente que la bomba de Hiroshima. Y bastaría un simple error de cálculo para que uno de ellos no detonara en los límites del espacio, sino que lo hiciera en tierra. Y sería en ese momento que conoceríamos el infierno.

Si un arma nuclear rusa equivalente a 500 kilotones de TNT impactara sobre Washington, se crearía una bola de fuego de cerca de 2 kilómetros en cuyo interior se alcanzarían temperaturas de 10 millones de grados, como si estuviéramos en el centro del Sol. La capital de Estados Unidos y sus habitantes desaparecerían al instante sumidos en el infierno nuclear.

El mundo habría cambiado para siempre y la respuesta de la OTAN sería clara. Estados Unidos, Reino Unido y Francia desatarían todo su poder nuclear sobre Moscú. La capital de Rusia sería presa de las llamas y los dirigentes rusos ordenarían lanzar ataques sobre las principales capitales de la OTAN: Bruselas, Roma, París... Las ciudades más grandes e importantes del mundo desaparecerían en cuestión de horas.

Decenas o cientos de armas nucleares serían detonadas en las capitales mundiales. Y los supervivientes verían cómo, en unos instantes y con cientos de millones de fallecidos en todo el mundo, la civilización ha caído. Ningún relato ni la más macabra imaginación puede hacernos ver la devastación que una guerra nuclear así supondría.

Y en ese mundo en ruinas, despertaría una nueva edad de hielo. Las explosiones nucleares han destruido tanto la superficie terrestre y han aniquilado tantas regiones que incalculables cantidades de polvo han llegado a la atmósfera, cubriendo todo el cielo de un manto negro que hará que durante más de dos décadas no veamos el sol. Inmediatamente después del infierno, llegaría el invierno nuclear.

Quienes hubieran tenido acceso a búnkers con suficientes reservas de comida podrían haber sobrevivido. Y veinte años después, pese a que ya no quedara nada de aquello a lo que llamábamos civilización, la luz del sol volvería a resurgir y con ella, la vida. El planeta se calienta y vuelve a ser un mundo habitable donde, a pesar de los fantasmas del pasado y de la memoria de esas horas de destrucción que derrumbaron la sociedad, podríamos volver a construir una civilización. Recordando cómo esa Tercera Guerra Mundial, desencadenada por una disputa por ganar un simple trozo de tierra, hizo que lo perdiéramos absolutamente todo.

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