Telescopio Espacial James Webb: ¿cómo funciona y qué nos permitirá descubrir?

El telescopio espacial James Webb es el instrumento científico más caro de la historia y una proeza de la ingeniería espacial que nos permitirá conocer el Universo como nunca lo habíamos hecho. Veamos la historia detrás de Webb.

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Padua, Italia. 1610. Entender la naturaleza de aquello que se esconde más allá del cielo ha sido la más ambiciosa meta de nuestra historia. Pero tras miles de años en los que nos refugiamos en la fantasía y la religión para dar respuesta a los misterios del firmamento, llegó un momento hace ahora más de 400 años, que lo cambiaría todo. El astrónomo y físico italiano Galileo Galilei perfecciona un instrumento que nos permitiría proyectar nuestra vista hasta los confines del Cosmos.

Galileo mejoró lo que hoy conocemos como telescopio y no solo pudo confirmar que los planetas giraban alrededor del Sol, sino que pudo observar los cráteres en la Luna, los satélites de Júpiter y los anillos de Saturno. Nuestra historia observando el Universo acaba de empezar. Y movidos por esa necesidad de romper con nuestras fronteras, quisimos ir más allá.

En los telescopios residía la clave para comprender el origen de todo lo que nos rodea. Nos permitían ver lejos en el espacio y en el tiempo. Unas máquinas del tiempo que nos trasladaban hasta épocas remotas del Universo. Los hicimos más precisos. Los hicimos más grandes. Y los situamos a más altura. Con cada avance, cada vez veíamos más y aprendíamos más. Hasta que nos topamos con un límite. Nuestro planeta.

A mediados del siglo pasado nos dimos cuenta que si queríamos sumergirnos en las profundidades del Universo, el espacio era el lugar en el que debíamos estar. Y fue así como el 24 de abril de 1990 y como un proyecto conjunto de la NASA y de la Agencia Espacial Europea, uno de los telescopios más renombrados de la historia fue enviado al espacio. Un telescopio que iba a cambiarlo todo. Un telescopio que nos haría ver el Universo como nunca antes.

El sueño del sucesor del Hubble: ¿hasta dónde podemos ver?

Nombrado en honor al astrónomo Edwin Hubble, el telescopio espacial Hubble iba a reescribir todo lo que creíamos conocer sobre el Cosmos. Y desde su entrada en servicio el 20 de mayo de 1990, el Hubble nos ha permitido ver más lejos y, por tanto, más hacia el pasado de lo que nunca habíamos soñado. Nos abría la ventana a los confines del Universo.

Y durante 32 años, Hubble nos ha ofrecido espectaculares imágenes, pero ninguna reveló tanto como la que se obtuvo en las navidades de 1995. El Hubble apuntó a una región del Universo que parecía estar vacía. Ante nuestros ojos, solo había oscuridad. Durante diez días, el Hubble estuvo observando esa porción del firmamento. Y cuando envió la imagen a la Tierra, los astrónomos no podían creer lo que estaban viendo.

En ese punto aparentemente vacío encontraron 3.000 galaxias, cada una de ellas con cientos de miles de millones de estrellas. La bautizada como Hubble Deep Field era la imagen más profunda en el espacio y en el tiempo que habíamos obtenido. Estábamos viendo galaxias a 11.000 millones de años luz. Estábamos viendo a través del tiempo hasta prácticamente los orígenes del Universo. Pero no nos detuvimos ahí. Queríamos ver más lejos.

Y empujando al Hubble hasta sus límites, pudimos ver a cerca de 13.400 millones de años luz, encontrando la galaxia GN-Z11, el objeto más distante que hemos visto. Estábamos viendo cómo era el Universo apenas 400 millones de años después del Big Bang. Pero tampoco tuvimos suficiente. Queríamos ver más lejos. Pero nuestra tecnología nos puso un muro.

El Hubble había encontrado su límite. Lo que había más allá era un misterio ya que las galaxias, simplemente, eran invisibles. A medida que viaja a través del espacio en expansión, la luz se expande y su longitud de onda se extiende hacia el infrarrojo. Así que lo que nació como luz visible de las estrellas, tras atravesar el Universo durante miles de millones de años, llega a nosotros cayendo hacia el infrarrojo. Una radiación que el Hubble no podía detectar.

El futuro de la astronomía residía en desarrollar un telescopio que detectara esta luz infrarroja que abriría un nuevo Universo ante nuestros ojos. Ya desde antes de que la misión del Hubble empezara, los astrónomos sabían que nos toparíamos con este límite tecnológico. El Hubble iba a revolucionar nuestra comprensión del Cosmos, pero si queríamos viajar en el espacio y en el tiempo hasta el nacimiento del Universo, no nos podía ayudar. Y fue así como ya en la década de los 80, el sueño de tener un sucesor del Hubble que nos permitiera ver el origen de todo empezó. Un sueño que nos llevaría hasta el James Webb.

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Next Generation Space Telescope: el diseño del James Webb

Era el año 1989. Nos encontramos en Baltimore, Estados Unidos. En el Space Telescope Science Institute, el centro de operaciones científicas para el telescopio Hubble, los astrónomos Peter Stockman y Garth Illingworth empiezan a soñar con qué vendría después del Hubble, que ni siquiera había sido lanzado todavía al espacio. El equipo comenzó a trabajar en ideas para su sucesor, con un proyecto al que bautizaron NGST, por las siglas de Next Generation Space Telescope.

Antes incluso de que la del Hubble empezara, ya estaban pensando en la siguiente misión. Tenían que dar con un telescopio más grande y mucho más ambicioso que el Hubble, capaz de detectar la luz infrarroja procedente de los confines del Universo para así sumergirnos en su nacimiento. Aun así, como es evidente, la NASA quiso centrarse en el Hubble. Pero el sueño de esos astrónomos no se difuminó. Todo lo contrario.

Y con la revolución de la Hubble Deep Field, la NASA, que sabía que había llegado el momento de traspasar esas fronteras que el Hubble nos imponía, dio luz verde al inicio del diseño de ese sucesor. Era el año 1996 y el sueño se convirtió en una realidad. El proyecto NGST pasó a tener nombre y apellidos. En honor al líder de la NASA durante la tragedia del Apolo 1, ese telescopio que iba a reescribir la historia de la astronomía fue bautizado como James Webb.

Pero bastó un momento de reflexión para saber que su diseño y posterior construcción iba a ser el mayor reto tecnológico de la historia de la ingeniería espacial. Necesitábamos un telescopio que fuera increíblemente sensible. Y para ello, tenía que ser enorme. Cuanto más grande fuera el espejo, más fotones podría captar y más nítidas serían esas imágenes del espacio profundo.

Y fue ya en este momento que se enfrentaron al primer gran reto. El espejo del Hubble era el más grande de un telescopio en el espacio. Una pieza sólida de vidrio de dos metros de diámetro. Un tamaño que ya nos estaba permitiendo sumergirnos en las entrañas del espacio y del tiempo. Pero con el Webb queríamos romper con todo. Para conseguir sus objetivos, el diseño incluía un espejo con un diámetro tres veces mayor y un área seis veces más grande. Queríamos un espejo de seis metros y medio.

Pero el cohete de carga más grande que había por aquel entonces y que sigue habiendo, el Ariane 5, solo permitía que su contenido tuviera cuatro metros y medio de diámetro. Era demasiado grande como para llevarlo al espacio. Pero los astrónomos no se rindieron. Sabían que tenía que haber una forma de poner en órbita ese monstruo que estaban diseñando.

Y la solución la encontraron en Hawaii. El equipo de ingenieros centró su mirada en el que por aquel entonces era el telescopio más grande del mundo. El telescopio Keck. Ubicado en el observatorio Mauna Kea, tenía un espejo de diez metros de diámetro. Pero en lugar de ser una única pieza de vidrio, fue diseñado dividido en 36 piezas hexagonales que, juntas, funcionaban como un único espejo.

Esto sirvió de inspiración para que los ingenieros del James Webb empezaron de nuevo con el diseño. No iba a ser un único espejo. Decidieron usar 18 segmentos hexagonales que iban a ajustarse a la perfección entre ellos. Y de este modo, resolvieron el problema del tamaño. El James Webb iba a disponer de unas alas motorizadas que plegarían los espejos laterales y, una vez en el espacio, se desplegarían para conformar el espejo principal.

Con esto, el James Webb iba a poder ser transportado por el Ariane 5, pero estaban abriendo la puerta a un reto inmenso: iba a ser el primer telescopio que se desplegaba en el espacio. Esto hacía de la misión la más ambiciosa desde la llegada a la Luna. Aun así, los ingenieros sabían que iban a encontrar la forma de hacerlo. Por aquel entonces, el verdadero problema era enviar un telescopio de infrarrojos al espacio. Porque el Webb no iba a detectar luz visible como el Hubble, tenía que ir en búsqueda de radiación infrarroja. Y esto, aunque no lo parezca, hizo que el diseño se convirtiera en una auténtica pesadilla.

Era el año 1999. Han pasado tres años desde que se anunciara el proyecto del James Webb, que al principio le fue establecido un presupuesto de mil millones de dólares bajo la promesa de entrar en operación en el año 2007. Pero pronto vieron que sería imposible. Cada vez, todo parecía más y más complicado. El presupuesto aumentaba día a día y su lanzamiento se demoraba más y más. Pero es que avanzar en el diseño era desalentador.

El James Webb tenía que detectar una luz que era invisible ante nuestros ojos. Para ver el nacimiento de las primeras estrellas y la evolución de las galaxias más ancestrales, teníamos que irnos hasta el infrarrojo. Pero tener un telescopio de infrarrojos en el espacio era un reto enorme. No podía estar cerca de ninguna forma de radiación infrarroja, pues cualquier tenue señal podría ahogar los resultados.

Y fue entonces cuando los ingenieros se dieron cuenta de que no tenían la opción de fallar. Solo había una oportunidad. Y es que el James Webb no podía estar cerca de la Tierra como su antecesor el Hubble. No iba a orbitar nuestro planeta. Lo teníamos que enviar a más de un millón de kilómetros de distancia, cuatro veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Si algo fallaba, nadie iba a poder repararlo como sí lo hicimos con el Hubble cuando un error en su espejo requirió de una misión de reparación.

El Webb iba a viajar hasta una posición estable para satélites conocida como el punto de Lagrange 2. Un punto en el que orbitaría al Sol a la misma velocidad que la Tierra y con el calor de la estrella siempre golpeando el mismo lado. Tenía que estar aquí. Pero con ello, llega otro reto que cualquiera hubiera imaginado como infranqueable. El Sol.

Para captar la luz de las galaxias más lejanas del Universo, el James Webb tenía que ser suficientemente sensible como para, desde la Tierra, detectar el calor emitido por una abeja que estuviera aleteando en la Luna. Y para conseguir esta sensibilidad, el telescopio debía encontrarse a una temperatura de -223 °C. De lo contrario, su propia radiación infrarroja ahogaría los resultados.

Y aquí era donde entraba la gran amenaza de la misión. Nuestra estrella. El Sol podía calentar el telescopio hasta los 230 °C, haciendo imposible que funcionara. Parecía que habíamos llegado a un callejón sin salida, pues no podíamos luchar contra el Sol. O al menos, eso creíamos. Uno de los ingenieros llegó con una idea que, si bien pareció ridícula, lo cambió todo: escondamos al telescopio del Sol.

El espacio en sí mismo podía ser usado para enfriar el telescopio. Y es que la temperatura del espacio en nuestra parte del Sistema Solar es de –226 °C. Si protegíamos al telescopio del calor del Sol, podía enfriarse. Para ello, los ingenieros llegaron con una solución asombrosa. Diseñaron un escudo del tamaño de una pista de tenis que iba a bloquear la luz solar, haciendo que las temperaturas en el lado oscuro bajaran drásticamente y manteniendo el equipo extremadamente frío.

El diseño de este escudo fue seguramente el mayor reto de la misión. Tenían que conseguir la manta aislante más perfecta. Varias capaces con la curvatura perfecta para que el calor irradiara entre ellas hacia el espacio y, entre cada una, el vacío, pues el vacío no conduce el calor. El escudo tenía que hacer que la cara expuesta al Sol estuviera a la temperatura de ebullición del agua y la cara oscura, unas pocas decenas de grados por encima del cero absoluto.

Esta era la última pieza que faltaba por encajar. Los ingenieros por fin tenían el diseño del telescopio que iba a permitir que los cuatro instrumentos científicos equipados, nos dieran unas imágenes que revolucionarían nuestra comprensión del Universo. Pero una vez diseñado, ni los problemas ni los retos terminaron. Llegaba el momento de empezar la construcción del telescopio, el proyecto más ambicioso de la historia de la NASA que estuvo a punto de derrumbarse por, como siempre, la política.

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La construcción del Telescopio James Webb: ¿cómo se construyó?

Era el año 2004. Habiendo multiplicado por cinco el presupuesto inicial y habiendo pospuesto más de cinco años su lanzamiento, la construcción del telescopio James Webb empieza. El trabajo del equipo comienza con los espejos. Los ingenieros construyen cada uno de los 18 segmentos a partir de planchas de cinco centímetros de espesor de un metal liviano pero fuerte llamado berilio, que mantiene su forma incluso en el frío espacio profundo.

Cada uno de los hexágonos es pulido a la perfección. Toda la misión depende de cómo de lisos sean estos espejos. Y con una tecnología sin precedentes, consiguen que la mayor imperfección sea 5.000 veces más fina que un cabello humano. Estamos hablando de bultos no superiores a los 15 nanómetros. Si el espejo fuera del tamaño de Estados Unidos, el valle más alto sería del tamaño de un escalón.

Con los espejos perfectamente lisos, el siguiente proceso es añadir una capa de oro puro. El berilio nos daba la resistencia a las condiciones del espacio, pero no era bueno para reflejar la luz. Para ello, los ingenieros ponen cada espejo en una cámara de vacío e inyectan una pequeña cantidad de oro vaporizado que se engancha a la superficie de berilio. La capa de oro es muy fina, de menos de 100 nanómetros de espesor, por lo que entre los 18 espejos hay apenas 50 gramos de oro. Pero tardaron ocho años solo en hacer los espejos. Todo estaba tomando demasiado tiempo y costando demasiado. Y fue entonces cuando entró en juego la política.

Era el año 2011. Uno de los comités propuso cerrar el proyecto, alegando que la ejecución del proyecto estaba siendo totalmente nefasta. Hablaron de incompetencia por parte del equipo de la NASA y de errores enormes en su gestión, considerándolo una falta de respeto para el proyecto espacial estadounidense y para los contribuyentes. No era una cuestión de balancear el presupuesto. Simplemente no era viable. No había dinero para hacer lo que tenía que hacerse.

Las disculpas de la NASA, reconociendo que no habían estado a la altura de los esfuerzos del gobierno para conseguir financiación para los programas espaciales en tiempos de crisis, no sirvieron. Se habían pasado 7 mil millones de dólares del presupuesto inicial. Y el gobierno fue firme: el proyecto del James Webb iba a terminar.

El equipo pensó que todo había terminado. Ese sueño que había empezado hacía más de veinte años iba a desvanecerse. El James Webb nunca iba a adentrarse en el espacio para cambiar la historia de la astronomía. Nunca íbamos a sumergirnos en el nacimiento del Universo. Pero, en una maniobra desesperada, insistieron.

Promovieron una campaña mediática para buscar el apoyo no solo de la comunidad científica, sino de los ciudadanos. La sociedad estadounidense se volcó e incluso los niños enviaron dibujos pidiendo al congreso que hicieran posible que el James Webb viajara al espacio. Y fue entonces cuando el gobierno se dio cuenta de que con unos esfuerzos más, podían consagrar su liderazgo en ciencia y tecnología. En el Webb residía el futuro de la astronomía.

Y a principios del año 2012, el proyecto renació. El congreso aceptó continuar financiando la misión, llegando al presupuesto definitivo de 10 mil millones de dólares. Con ello, los ingenieros pudieron empezar a trabajar en el escudo del telescopio, que iba a estar expuesto a las condiciones extremas del espacio, a la incidencia constante de radiación solar y al impacto de meteoritos.

Para ello, eligieron un material conocido como Kapton, un polímero más fino que un cabello pero fuerte como el acero que iba a ser recubierto con una capa de silicio para dar la protección contra el calor que el telescopio necesitaba y aluminio en el otro lado para mantener las temperaturas tan increíblemente frías.

En septiembre de 2013 empieza la construcción del escudo. Siendo uno de los mayores retos logísticos del proceso, toma tres años completar las cinco capas. Y durante este tiempo, los ingenieros deben resolver el problema de cómo plegar este escudo y cómo desplegarlo una vez alcance su posición en el punto de Lagrange. Un complejo sistema de motores, cables y polea parece ser la respuesta. Pero cualquier error en su despliegue supondría el fin de la misión. Y recordemos que, una vez en el espacio, no hay la opción de ir hasta él a repararlo.

En febrero de 2016, los 18 espejos han sido colocados en la estructura de soporte con forma de panal y el espejo primario, por primera vez, está completo. Los ingenieros empiezan a ubicar los 18 equipos de medición que van a permitir al Webb darnos esas imágenes del espacio más profundo y ancestral. Cuando las cámaras infrarrojas y los instrumentos están en su sitio, podemos empezar las pruebas. Y en el interior de una cámara de vacío que simula las condiciones del frío espacio, durante 100 días sin descanso, el James Webb es testeado. Y funciona. Los ingenieros saben que están cerca de su sueño.

Y en agosto de 2019, llega el momento final. Empieza la unión del telescopio al escudo. Y durante una maniobra arriesgada que hace que todo el equipo contenga el aliento, las dos secciones se unen. La construcción y el ensamblaje del telescopio ha terminado. El James Webb está listo para empezar su aventura.

Durante los siguientes dos años, cada parte del telescopio es plegada y desplegada continuamente para asegurarse de que funcionará en el espacio y que la secuencia no fallará en ningún momento. Deben estar seguros de que las alas del espejo se abrirán como es debido y que ni una sola pieza impedirá que el escudo se despliegue. Y cuando la NASA estuvo segura de que iba a funcionar, plegaron el telescopio una última vez.

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El lanzamiento del James Webb: el inicio de una era

Es el 26 de septiembre de 2021. En una operación secreta y con un despliegue policial sin precedentes, el telescopio James Webb es transportado en un recipiente especial desde sus instalaciones de la NASA hasta el puerto de Los Ángeles. Viajando lentamente por las carreteras nacionales, el telescopio es cargado a bordo de un barco diseñado para el transporte de partes de cohetes.

En él, emprende un viaje por mar de más de 9.000 km hasta, 16 días después, llegar al puerto de Kourou, una localidad costera de la Guayana Francesa, en la costa noreste de América del Sur. En ella se encuentra el Puerto Espacial de Kourou, la instalación desde donde la Agencia Espacial Europea lanza sus misiones. El telescopio descansará ahí hasta el día de su lanzamiento. A medida que se acerca, el sueño del equipo que durante 25 años ha trabajado en el Webb está más cerca. Un sueño que, irónicamente, se hará realidad el día de navidad.

Es el 25 de diciembre de 2021. El Telescopio Espacial James Webb está listo para el lanzamiento en el interior del Ariane 5. Está listo para, en unos minutos, alzarse desde el corazón de los bosques sudamericanos hasta los confines del Universo. Desde el centro de control de misión, el personal da luz verde al lanzamiento. La cuenta atrás empieza y segundo tras segundo, el equipo ve cómo ha llegado el momento de reescribir la historia. El momento de ver hacia atrás y, entre la esperanza y el miedo, ver el camino recorrido. El momento para ver cómo esa proeza de la tecnología atraviesa los cielos para ayudarnos a comprender de dónde venimos. Todo se define en ese instante. Esa incertidumbre entre la gloria y el fracaso. Todo se decide en un segundo.

Transmitiendo en vivo para todo el mundo, el James Webb sale al espacio y las siguientes horas van a determinar el éxito o el fracaso de esa misión que ha implicado 25 años de trabajo, 10 mil millones de dólares invertidos y más de 100 millones de horas de trabajo de las más de 10.000 personas que han dedicado gran parte de sus vidas a cumplir el sueño de la nueva era de la astronomía.

27 minutos después del despegue, la Ariane 5 envía al telescopio en su viaje de un mes hasta su punto de órbita en Lagrange 2, a un millón y medio de kilómetros de la Tierra. Emergen los paneles solares para alimentar las baterías de la energía de la estrella y la antena para permitir las comunicaciones con el centro de control. A partir de ahí, empieza un complejo baile en el que los 150 motores, los 107 mecanismos de liberación y los 4 kilómetros de cableado que suman los 1.600 cables deben estar en perfecta sintonía para permitir el despliegue del telescopio.

Las 900 poleas hacen desplegar de forma secuencial las cinco capas del escudo para, posteriormente, abrir las alas laterales del telescopio. No sin antes unos días de incertidumbre donde hubo dudas de que el escudo se desplegara, el James Webb envía señales de que ha sido desplegado con éxito mientras se dirige a su órbita.

Un mes después, llega a su destino. Y mientras se enfría hasta su temperatura operacional, los ingenieros alinean a la perfección sus espejos. Un proceso que dura dos meses y en el que los siete motores detrás de cada uno de los segmentos los sitúan justo donde deben estar. Seis meses después de su lanzamiento, Webb está listo para empezar la odisea.

Y es justo en este momento que llegamos al presente. Después de este tiempo, Webb nos ha enviado las primeras imágenes. Pero esto es solo el principio. Webb no solo nos hará ver el Universo con una resolución nunca antes conseguida. Nos permitirá viajar hasta el espacio más lejano y hasta el tiempo más ancestral para comprender de dónde venimos. Este fue desde el principio el sueño que llevó a Webb. Encontrar una manera de ver en los rincones más profundos del Universo.

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El futuro del Webb: ¿qué va a permitirnos ver este telescopio?

En junio de 2022, los científicos se reúnen para ver la primera imagen que el telescopio James Webb nos ha enviado. Ese momento que llevaban más de veinte años esperando ha llegado. Y en ese instante, cuando la imagen aparece en el proyector, se dan cuenta de que todo ha valido la pena. Porque en aquella imagen, tomada con una exposición de apenas doce horas, Webb ya estaba viendo más lejos en el tiempo que el Hubble.

El equipo espera a recibir otras más para comunicar al mundo los frutos del trabajo y de la confianza que la sociedad había depositado en el proyecto. Así, el 11 de julio de 2022, la NASA hace públicas las primeras imágenes del James Webb, en las que podíamos ver el cúmulo de galaxias SMACS 0723, la Nebulosa de Carina, viendo la radiación emitida por estrellas que acaban de nacer, la Nebulosa del Anillo del Sur, captando la muerte de una estrella a 2.000 años luz de distancia, y el Quinteto de Stephan, un grupo de cinco galaxias situado en la constelación de Pegaso.

Pero estas imágenes son solo el inicio de lo que está por venir. El Hubble nos mostró las puertas del Universo profundo. El James Webb, las derribará. Cambiará para siempre lo que sabemos o creíamos saber sobre el Cosmos, permitiéndonos retroceder en el espacio y el tiempo hasta el propio nacimiento de la luz.

El principio del Universo fue muy dinámico y las cosas cambiaban muy deprisa. Unos pocos millones de años después del Big Bang debió haber una era muy intensa de formación de estrellas gigantes que morían muy deprisa con la consecuente formación de los elementos que conforman el Universo que vemos hoy en día, incluida la vida. Esa era del Universo era la que permanecía invisible ante nuestros ojos. Pero con el Webb, capaz de captar esa luz infrarroja remanente, tendremos acceso a ella.

En esa era primigenia, las nubes de hidrógeno y helio colapsaron bajo su propia gravedad para formar las primeras estrellas. Unas estrellas que, creemos, fueron distintas a las actuales. Esa primera generación estelar tendría estrellas inmensas que, formadas prácticamente solo por hidrógeno, habrían emitido poca luz, vivido vidas cortas y explotado violentamente en supernovas que dieron los elementos primordiales del Cosmos. Con el Webb, por primera vez en nuestra historia, podremos presenciar el nacimiento de esas primeras estrellas que determinaron el destino del Universo.

Podremos entender por qué detectamos tantos agujeros negros que se formaron pocos millones de años después del Big Bang, demasiado pronto para lo que estiman nuestros modelos. Del mismo modo, Webb nos ayudará a entender qué eventos del Universo primigenio dieron lugar a las galaxias que vemos hoy en día, pues no sabemos cómo eran las galaxias de primera generación ni cuándo empezó la presencia de agujeros negros supermasivos en sus centros.

Webb será el telescopio que observará los primeros días de nuestro Universo, explorando mucho más allá de lo que podíamos soñar con el Hubble. Pero no solo se sumergirá en el origen del Cosmos. Webb explorará la galaxia para revolucionar nuestro estudio acerca de los exoplanetas, pudiendo incluso ayudarnos a encontrar una segunda Tierra en la Vía Láctea.

Hemos descubierto más de 5.000 exoplanetas, pero todo lo que sabemos sobre ellos es una idea aproximada de su tamaño, de su masa y de cómo de cerca está de su estrella madre. Con Webb, todo esto cambiará. Su sensibilidad es tal que podrá darnos mucha información acerca de estos mundos de nuestra galaxia.

Cuando un planeta pasa delante de su estrella, la luz de esta atraviesa la atmósfera y, dependiendo de su composición, se verá alterada de una forma u otra. Webb podrá captar esta luz y, mirando el espectro de la atmósfera del planeta, buscar biomarcadores, señales de gases que puedan indicar que hay vida en ese mundo. Y ya ha logrado avances en este sentido.

Al tiempo que se hicieron públicas las imágenes, se reveló también la espectrografía de la atmósfera de WASP-96b, un lejano exoplaneta que existe a 1.150 años luz de la Tierra. Los datos mostraban que en este gigante gaseoso, el primer mundo analizado por Webb, había evidencia inequívoca de la presencia de agua y nubes en su atmósfera. Nadie sabe qué encontraremos los próximos años o hasta qué punto esta exploración de exoplanetas de Webb podrá llevarnos a dar con hallazgos que cambien la historia.

Lo único que sabemos es que estamos ante las puertas de una nueva era no solo para la ciencia, sino para la humanidad. Porque está en nuestra naturaleza. Somos exploradores. Y pese a las adversidades y a las voces que hablen de imposibles, siempre encontraremos esa fuerza para ir un paso más allá. Porque en ese sueño que empezó hace más de treinta años está la realidad del mañana. Porque en el James Webb está la clave para comprender de dónde venimos y hacia dónde vamos. El Universo, el espacio y el tiempo a través de 18 espejos.

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