Alexander Fleming: biografía y resumen de sus aportes a la ciencia

Alexander Fleming fue un científico escocés que, gracias al descubrimiento de la penicilina, revolucionó el mundo de la medicina moderna y salvó (y sigue salvando) millones de vidas.
Alexander Fleming

“El investigador sufre las decepciones, los largos meses pasados en una dirección equivocada, los fracasos. Pero los fracasos son también útiles, porque, bien analizados, pueden conducir al éxito.”

La historia de la ciencia está plagada de momentos y personajes clave. Y en el ámbito de la medicina, una de estas figuras más importantes es, sin duda, Sir Alexander Fleming. Y es que a este científico escocés le debemos uno de los descubrimientos más importantes de la historia: la penicilina.

En un momento en el que los humanos estábamos a merced de los microorganismos causantes de enfermedades, a menudo letales, Fleming descubrió (de manera accidental) una sustancia capaz de matar a las bacterias que nos infectaban sin causarle daños a nuestro cuerpo.

La penicilina fue el primer antibiótico descubierto, marcando así un antes y un después en la historia de la medicina y salvando (incluso a día de hoy) millones de vidas. En el artículo de hoy repasaremos la biografía de Alexander Fleming, veremos cómo descubrió, casi por error, la penicilina y presentaremos sus principales aportaciones no solo a la medicina, sino a la ciencia en general.

Biografía de Alexander Fleming (1881 - 1955)

Alexander Fleming fue un bacteriólogo británico que dedicó su vida a encontrar formas de curar las enfermedades contagiosas que tantos estragos estaban causando en el mundo. El fruto de todo su trabajo llegó en 1928, año en el que, de forma accidental, descubrió la penicilina, algo que le valdría no solo el Premio Nobel, sino la certeza de que su investigación iba a cambiar para siempre el mundo.

Primeros años

Alexander Fleming nació en Darvel, Escocia, el 6 de agosto de 1881, en el seno de una familia campesina humilde. Fue el tercero de cuatro hijos. Fleming perdió a su padre cuando apenas tenía 7 años, quedando así su madre a cargo de toda la familia.

A pesar de esto y a las dificultades económicas por las que pasó su familia, Fleming pudo recibir una educación que, pese a no ser del más alto nivel, permitió que se despertara en él una verdadera pasión y vocación por la ciencia y la investigación. Completó sus estudios básicos en 1894.

Con 13 años y con ganas de seguir estudiando, se mudó a Londres, donde tenía un hermanastro que ejercía como médico en la ciudad. De todos modos, Fleming todavía no iba a entrar en el mundo de la medicina. De hecho, fue a Londres para hacer dos cursos que le permitieran trabajar en las oficinas de una compañía naviera.

Y es que lo que quería Fleming era alistarse en el ejército británico. Y así lo hizo. En el año 1900 se alistó en un regimiento con la intención de participar en la Guerra de los Boers, un conflicto armado que se desarrolló en Sudáfrica entre el Imperio Británico y los colonos de origen neerlandés. Sin embargo, esta guerra terminó antes de que Fleming pudiera desplazarse.

Como no pudo hacerlo y gracias a una pequeña herencia que recibió justo en ese momento, en el año 1901 y con 20 años, Fleming decidió estudiar medicina. Consiguió una beca en el St. Mary’s Hospital Medical School, donde se graduaría en 1908 (con la medalla de oro de la Universidad de Londres) y desarrollaría toda su posterior vida profesional.

Vida profesional

Ya desde antes de graduarse, en 1906, Fleming empezó a trabajar como bacteriólogo en la misma universidad en la que estudiaba. Formó parte del equipo de Almroth Wright, con quien trabajaría durante más de cuarenta años.

Durante todo este tiempo, Fleming ejerció como investigador especialista en bacteriología. Dedicó su vida profesional a estudiar cómo las defensas del cuerpo humano combatían las infecciones bacterianas y estaba obsesionado con descubrir algún compuesto capaz de eliminar las bacterias del cuerpo una vez nos habían hecho enfermar.

Y es que hasta ese momento, más allá de algunas vacunas y de tratamientos para aliviar los síntomas, lo único que podía hacerse ante una infección bacteriana era esperar a que el cuerpo las eliminara por sí solo. Y muchas veces, no podía. De ahí que las enfermedades bacterianas fueran una de las principales causas de muerte en el mundo.

Por lo tanto, Fleming y su equipo iban en busca de sustancias antibacterianas, es decir, compuestos naturales presentes en la naturaleza que, administrados en las dosis adecuadas, pudieran matar a las bacterias sin hacer daño a nuestro cuerpo. En ese momento, esto parecía algo imposible. Pero Fleming demostró que no lo era.

Su primer gran descubrimiento llegó en 1922 cuando “descubrió” la lisozima, una sustancia presente de forma natural en nuestros tejidos corporales (como por ejemplo en la saliva) y que tiene un relativo poder antimicrobiano. Fleming consiguió aislarla y, aunque su potencial como medicamento era limitado, fue un increíble paso a la hora de demostrar que conseguir sustancias antibacterianas era posible.

Después de años de meticulosas investigaciones, la historia cambió para siempre en septiembre de 1928. Fleming estaba estudiando algunas colonias de estafilococos, unas bacterias que se encuentran de forma natural en nuestro organismo, aunque algunas especies son patógenas. Debido a un descuido (impropio de alguien tan detallista como Fleming), dejó las placas en las que había sembrado las bacterias en el laboratorio durante unos días.

Al regresar y verlo, cualquier otro científico hubiera tirado las placas a la basura, pues era evidente que se habían contaminado con las partículas del exterior. Pero Fleming no era un científico cualquiera. Él observó las placas y se dio cuenta de algo: había zonas de la placa en las que las colonias de bacterias habían desaparecido.

En esa placa había entrado algo capaz de matar a las bacterias. Esa sustancia antibacteriana que llevaba años buscando estaba ahí. La tenía. Ahora solo faltaba identificarla. Analizó las placas y detectó la presencia de un hongo que más tarde sería identificado como “Penicillium notatum”.

Este hongo, que había llegado a través del aire del exterior y que había contaminado las placas por un descuido de Fleming, segregaba de forma natural una sustancia que mataba a las bacterias. Y es que este hongo la sintetizaba para protegerse del ataque de las bacterias.

Una vez aisló el hongo, empezó a trabajar con él. Se dio cuenta de que en todos los cultivos con bacterias en los que lo ponía, al poco tiempo, las bacterias morían. Era evidente que tenía un alto poder antimicrobiano, pero ahora faltaba el punto clave: ¿es inocua para los humanos?

Para descubrirlo, Fleming inoculó la penicilina en conejos y ratones. A ninguno le sucedió nada. Fleming estaba a las puertas de uno de los mayores descubrimientos de la medicina, pues esta sustancia producida de forma natural por algunos hongos era capaz de matar a las bacterias de forma muy efectiva y, además, parecía no ser dañina para las células animales.

Después de varios meses más de investigaciones, Fleming publicó su descubrimiento. Sin embargo, las dificultades para producir y obtener de forma pura la penicilina hicieron que, lo que era sin dudas un avance increíble, no revolucionara demasiado la comunidad. Todavía no se podían obtener preparados con penicilina pura.

Además, los estudios en humanos todavía no se habían podido realizar. Pero todo esto cambió cuando, gracias a avances en química para producir penicilina en masa, en 1941, se obtuvieron los primeros resultados en humanos: la penicilina descubierta por Fleming era muy eficaz para curar las enfermedades bacterianas y no había efectos adversos en las personas.

Aunque con retraso, la fama llegó a Fleming. Y este se consagró en la Segunda Guerra Mundial, pues la penicilina que había descubierto salvó la vida a miles de soldados. Todo esto hizo que fuera elegido miembro de la Royal Society, quizás la institución científica más importante de Europa, en 1942. En 1944 recibió el título de “Sir” y en 1945, el Premio Nobel, que compartió con los científicos que resolvieron el problema de obtener la penicilina de forma estable.

Finalmente, Sir Alexander Fleming falleció en Londres el 11 de marzo de 1955, a los 73 años, dejando tras de sí no solo el descubrimiento del primer antibiótico con la consecuente salvación de millones de vidas, sino abriendo la puerta a las futuras generaciones de científicos y médicos para que siguieran su legado. Un legado que cambió para siempre la medicina y, sin duda, el mundo.

Los 5 principales aportes de Alexander Fleming a la ciencia

Alexander Fleming pasó a la historia gracias al descubrimiento de la penicilina, pero lo cierto es que sus aportaciones a la ciencia y al mundo en general van más allá de este descubrimiento. Y eso que ya de por sí, aislar la penicilina es uno de los grandes logros de la medicina.

1. Descubrimiento de la penicilina

La penicilina descubierta por Fleming en 1928, pese a ser el primer antibiótico, continúa utilizándose a día de hoy. Y es que es uno de los antibióticos más útiles, no solo por su eficacia para combatir infecciones bacterianas, sino por el alto rango de especies microbianas a las que afecta y por el bajo impacto que tiene en la salud humana, más allá de las personas alérgicas a ella.

2. Avances en el descubrimiento de antibióticos

Fleming abrió la puerta al descubrimiento de nuevos antibióticos. Él asentó las bases para que otros científicos siguieran su legado y, gracias a él, hoy disponemos de muchos antibióticos distintos. Es gracias a Fleming que, hoy en día, podamos curar prácticamente todas las infecciones bacterianas. Sin él, el progreso de la medicina no hubiera sido el mismo.

3. Aumento de la esperanza de vida

No es casualidad que, de media, vivamos el doble de años ahora que a principios del siglo XX. Y es que desde el año 1900, la esperanza de vida ha aumentado 40 años. Además de los otros progresos médicos y tecnológicos, gran “culpa” la tiene Fleming. La penicilina y los otros antibióticos que han surgido después de ella no solo han salvado millones de vidas, sino que han hecho que vivamos más años.

4. Advertencia de las resistencias bacterianas

Incluso sin conocer con exactitud los mecanismos por los que ocurría, Fleming fue el primero en advertir que si se consumía de forma inadecuada, la penicilina hacía que las bacterias que nos infectaban se hicieran más resistentes. Fleming insistía en que este antibiótico solo debía ser consumido cuando era absolutamente necesario, pues de lo contrario, llegaría un momento en el que dejaría de ser útil.

El tiempo le ha dado la razón. Y es que esta resistencia a los antibióticos, según la OMS, será una de las mayores amenazas para la salud pública de este siglo. De hecho, se cree que para el año 2050, será la principal causa de muerte en el mundo.

5. Advertencia sobre los antisépticos

Antes del descubrimiento de la penicilina, era común que muchas heridas, para evitar que fueran infectadas, se rociaran con antisépticos. Fleming fue el primero en advertir que esto era muy peligroso, pues los antisépticos no solo mataban a las bacterias, sino también a las células de nuestro cuerpo, algo que podía tener consecuencias peores que la propia infección. A día de hoy, esto está totalmente confirmado.

Referencias bibliográficas

  • World Health Organization (2014) “Antimicrobial Resistance: Global Report on Surveillance”. WHO.
  • Villalobo, E. (2018) “Alexander Fleming: 70 años de su visita a España”. [email protected]
  • Yong Tan, S., Tatsumura, Y. (2015) “Alexander Fleming (1881–1955): Discoverer of penicillin”. Singapore Medical Journal.
Pol Bertran Prieto

Pol Bertran Prieto

Microbiólogo y divulgador

Pol Bertran (Barcelona, 1996) es Graduado en Microbiología por la Universidad Autónoma de Barcelona. Máster en Comunicación Especializada con mención en Comunicación Científica por la Universidad de Barcelona. Apasionado por la divulgación de la salud y la medicina y aficionado del deporte y el cine.