Difteria: causas, síntomas y tratamiento

La difteria es una enfermedad de origen infeccioso que puede prevenirse gracias a la vacunación. De hecho, el calendario de inmunización incluye la vacuna de la difteria en bebés y niños.

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La mayoría de bacterias son inofensivas para nuestro organismo, incluso pueden ser benéficas para este; por ejemplo, participando en la microbiota intestinal. Sin embargo, algunas bacterias son susceptibles de provocar enfermedades más o menos graves, son las llamadas bacterias patógenas. Las bacterias dañinas se introducen en nuestro cuerpo utilizando principalmente como vías de diseminación las lesiones cutáneas, el aire, la ingestión, o el intercambio de fluidos.

Una vez dentro, las bacterias patógenas utilizan dos estrategias principales para enfermarnos y alterar nuestro organismo. Las bacterias segregan sustancias tóxicas que afectan negativamente a nuestro organismo, y son las responsables de producir la enfermedad y la respuesta inflamatoria. Además, las bacterias son capaces de multiplicarse dentro de nuestro cuerpo. La relación es fácil: a mayor cantidad de bacterias, mayor cantidad de toxina y mayor gravedad de la enfermedad. Estos dos mecanismos conocidos como poder tóxico y virulencia, indican el poder patógeno de la bacteria.

Las bacterias patógenas son las responsables directas de algunas enfermedades infecciosas destacadas. Entre las enfermedades más conocidas provocadas por una infección bacteriana se encuentra la tuberculosis, cuyo responsable es el bacilo gram positivo conocido como Mycobacterium tuberculosis. También la neumonía y la salmonela se transmiten a través de estos microorganismos dañinos, al igual que la difteria. En este artículo hablaremos de esta enfermedad infecciosa provocada por el Corynebacterium diphtheriae, incidiendo en sus causas, sus síntomas y tratamientos.

¿Qué es la difteria?

La difteria es una infección considerada grave causada por la toxina que produce la bacteria denominada Corynebacterium diphtheriae. La difteria afecta principalmente al sistema respiratorio y la piel, aunque puede atacar a todos los sistemas, incluyendo el corazón y los riñones. Los síntomas más comunes son el dolor de garganta, la dificultad para respirar y la fiebre. Pero dependiendo de la cantidad de toxina en el organismo, la difteria puede provocar parálisis. Sin tratamiento, la infección producida por el bacilo puede ser mortal.

Existen diferentes variantes de la bacteria responsable de la difteria. Una de las clases más virulentas y con más poder tóxico produce una toxina conocida como exotoxina, que es la sustancia tóxica responsable de la forma más grave de la enfermedad. La exotoxina produce la necrosis (muerte) de células y tejidos afectados, inhibiendo la capacidad de estos para producir proteínas.

La bacteria se transmite normalmente por vía área a través de las gotas respiratorias que se forman en la tos y los estornudos. También puede transmitirse por otras vías de contacto a través de heridas infectas o secreciones nasofaríngeas. La difteria no es frecuente en Europa debido a la vacunación. Sin embargo, después de la desaparición de la URSS se produjo un aumento de la incidencia de la difteria provocada por una disminución de las tasas de vacunación en estos países. Además, la difteria sigue existiendo en otras regiones endémicas, como en la mayoría de países asiáticos.

Las vacunas han ayudado a reducir la transmisión de la enfermedad, aunque se sigue recomendando el tratamiento farmacológico en el caso de haber estado en contacto con una persona enferma de difteria. La bacteria no solo afecta al sistema respiratorio y tegumentario, la toxina puede entrar en el torrente sanguíneo y afectar a otros órganos, provocando miocarditis (la inflamación del músculo cardiaco) o la parálisis temporal derivada de la infección del sistema nervioso, entre otras complicaciones.

Otras variantes menos virulentas del bacilo no segregan la sustancia tóxica. La enfermedad en este caso es menos grave y tiene como síntoma principal el dolor de garganta, en algunas ocasiones puede provocar faringitis, pero no incluye otras respuestas graves.

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Causas

Como ya hemos mencionado, la difteria es una enfermedad de origen infeccioso que se transmite por el bacilo gram positivo: Corynebacterium diphtheriae. La responsable directa de la enfermedad es la toxina, la exotoxina A de Pseudomonas aeruginosa, producida por esta bacteria patógena.

El contagio por difteria se produce al entrar en contacto con la bacteria, normalmente a través de las gotas respiratorias de la tos y los estornudos. Otras vías de contacto menos frecuentes son las secreciones nasofaríngeas, como los mocos y la saliva. También puede darse la infección a través de heridas cutáneas infectadas. Resumiendo, la bacteria puede entrar por cualquier vía abierta de nuestro organismo e instalarse en la mucosa para comenzar a propagarse por el cuerpo, y causar la enfermedad.

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Síntomas y complicaciones

Las manifestaciones y la gravedad de los síntomas de la difteria dependen de dos factores principales: la clase de Corynebacterium diphtheriae implicada y la vía de contacto. La enfermedad puede afectar a distintas partes del cuerpo, principalmente al sistema respiratorio y tegumentario (este último comprende la piel y sus apéndices).

En el caso del sistema tegumentario, se pueden producir lesiones cutáneas, como llagas y úlceras sangrantes. Desde el primer contacto con la bacteria hasta la aparición de los primeros síntomas suelen pasar entre 2 y 5 días de promedio, aunque el periodo de incubación puede durar hasta 10 días en algunos casos específicos.

Normalmente, los síntomas respiratorios de la difteria se desarrollan de forma gradual y van desde la dificultad para tragar y el dolor de garganta, acompañados por fiebre leve y debilidad, hasta la aparición de una membrana grisácea en la mucosa de nariz y garganta, que indica la muerte de los tejidos afectados. Al extenderse por el cuello hasta la laringe, aparecen síntomas como la ronquera, y se da el peligro del colapso de las vías respiratorias debido a la obstrucción. Igualmente, la necrosis de los tejidos puede extenderse a través del tracto respiratorio hasta los pulmones.

La difteria cutánea suele presentar síntomas menos graves. Si la bacteria no penetra en el cuerpo más allá de la piel, se absorbe menos cantidad de exotoxina y el poder tóxico de la bacteria disminuye. Es difícil distinguir las lesiones cutáneas producidas por la difteria con la de otras enfermedades de la piel, ya que las heridas provocadas por la perdida de tejidos suelen parecerse a las de otras afecciones cutáneas comunes, como los eczemas, o la psoriasis. Además, estas condiciones pueden darse al mismo tiempo que las provocadas por la difteria, lo que dificulta aún más la distinción.

Sin embargo, la muerte del tejido de la piel (úlcera) a causa de la difteria presenta unas características particulares: no tienen tejido en el miedo, los bordes son distinguibles y claros y en algunas ocasiones están recubiertas por una fina capa de color gris. Si la bacteria llega al torrente sanguíneo, es capaz de alejarse del sitio de contacto y afectar a otros tejidos lejanos, como el corazón, los riñones y el cerebro. La infección de estos tejidos puede derivar en diferentes inflamaciones e insuficiencias, siendo las más comunes:

  • La miocarditis (inflamación del tejido muscular del corazón)
  • La neuritis (la inflamación de uno o más nervios)
  • Insuficiencia renal (mal funcionamiento de los riñones)
  • Parálisis, provocada por la afectación del tejido nervioso.

Entre 1 y 2 de cada 100 personas que se contagia de difteria sufren complicaciones extremadamente graves que producen un fallo sistémico y finalmente la muerte del paciente.

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Diagnóstico y tratamiento

El diagnóstico de la difteria, al igual que el de otras infecciones de origen bacteriano, consiste en la realización de un cultivo a partir de una muestra de tejido de la región afectada. El ambiente del cultivo permite el crecimiento de las bacterias y su posterior identificación, permitiendo descartar o diagnosticar la enfermedad de forma inequívoca.

El cultivo es una técnica lenta, por lo que muchas veces, si existen sospechas de la enfermedad, el médico decide empezar con el tratamiento antes de la confirmación por el laboratorio. En muchas ocasiones los síntomas y signos característicos son suficientes para el diagnóstico de la difteria. El tratamiento de la difteria se realiza a través de dos estrategias conjuntas de tratamiento farmacológico. Por un parte, se utiliza un antidiftérico que ayuda a combatir la toxina, y, por otra, se ataca directamente a la bacteria responsable de la enfermedad, mediante la administración de antibióticos.

Normalmente, los antibióticos utilizados en al tratamiento de la difteria son la eritromicina y la penicilina. Los dos han demostrado su eficacia frente a la bacteria Corynebacterium diphtheriae, tanto en la difteria de origen respiratorio como cutáneo. El tratamiento precoz con antidiftérico es importante en la erradicación de la enfermedad, y para impedir la propagación a otras partes del cuerpo, por eso los médicos suelen empezar con él antes que lleguen los resultados del cultivo.

Las exotoxinas son proteínas secretadas por las bacterias, que tienen diferentes modos de atacar. En el caso de las exotoxinas producidas por la bacteria responsable de la difteria, estas se unen a un receptor específico de la superficie de una célula blanco. Los antidiftéricos solo pueden combatir la toxina antes que se produzca la unión, por eso la velocidad en la administración de este tratamiento es crucial.

Las personas afectadas con difteria, normalmente dejan de ser susceptibles de trasmitir la enfermedad pasadas 48 horas de la administración de los antibióticos. Pero esto no quiere decir que estén libres de bacterias, es importante terminar con el ciclo completo de antibióticos.

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