Los 7 componentes de las vacunas (y sus funciones)

Las vacunas son fármacos compuestos de distintas sustancias que, pese a los intentos del movimiento antivacunas, son perfectamente seguras para el cuerpo humano y nos hacen inmunes a todo tipo de enfermedades infecciosas.
Componentes vacunas

Las vacunas son fármacos y como tal están compuestas de diferentes sustancias químicas, pero eso no significa que sean peligrosas para la salud ni que, como se ha llegado a decir, provoquen autismo. Todos los “ingredientes” de las vacunas son seguros para la salud humana, pues así lo indican exhaustivos controles que las instituciones sanitarias más importantes realizan antes de determinar si una vacuna (y cualquier otro medicamento) puede salir al mercado.

Cuando una vacuna empieza a comercializarse es porque todos los compuestos, más allá de ligeros efectos secundarios que en absoluto comprometen la salud, están indicados para ser utilizados en humanos.

En el artículo de hoy haremos un repaso de los principales componentes de las vacunas. Y es que no solo tienen partículas del patógeno contra el que nos protegen, también tienen sustancias que incrementan la respuesta inmune, mantienen estable la vacuna, evitan que se deteriore, etc. Y todos, recordemos, son aptos para su uso en humanos.

¿Qué es una vacuna?

Una vacuna es un medicamento que se administra de forma intravenosa, es decir, que se inyecta directamente en el torrente sanguíneo para que desempeñe ahí su función farmacológica. Y en este caso, su función es la de estimular nuestra inmunidad frente a una enfermedad infecciosa concreta.

Las vacunas consisten en un líquido que, además de otras sustancias que analizaremos a continuación, contienen “trozos” de la bacteria o el virus contra el que nos quieren hacer inmune. Y estas porciones reciben el nombre de antígenos.

Los antígenos son moléculas (generalmente proteínas) presentes en la superficie de cualquier patógeno y que son propias de cada especie. Es decir, son las “huellas dactilares” de los virus, bacterias, hongos, parásitos, etc.

Cuando las vacunas presentan a nuestro sistema inmune estos antígenos, las células inmunitarias “memorizan” cómo son para que, cuando llegue el patógeno real con ese antígeno, se pueda disparar una reacción mucho más rápida en la que se elimine el germen antes de que nos cause la enfermedad. Las vacunas permiten conseguir una inmunidad que, sin ellas, solo sería posible superando la enfermedad. Gracias a ellas no tenemos por qué sufrirla.

¿Cómo funcionan las vacunas?

Gracias a los antígenos y a las otras sustancias presentes en ellas, las vacunas despiertan una reacción de inmunidad muy potente. Cuando el líquido pasa a nuestro sistema circulatorio, el sistema inmune se da cuenta de que en nuestro cuerpo ha entrado algo “extraño”. Y por extraño entendemos ese antígeno.

Como las células inmunes simplemente reconocen antígenos, el cuerpo piensa que realmente estamos sufriendo el ataque de un patógeno, por lo que dispara las reacciones típicas de una infección. Aunque en este caso, evidentemente, no hay riesgo de que enfermemos, pues el patógeno o bien está inactivo o lo único que queda de él son los antígenos, que no tienen ninguna función patogénica.

Al estar “engañando” al sistema inmune, es normal que algunas vacunas nos hagan pasar por una versión “light” de la enfermedad y que haya un ligero dolor de cabeza, unas décimas de fiebre, algo de enrojecimiento… Pero estos síntomas no son por la vacuna en sí, sino por cómo reacciona el organismo a la presencia de estos antígenos.

Sea como sea, una vez las células inmunes han analizado el antígeno, empiezan a producir anticuerpos, unas moléculas que el organismo diseña de forma específica para cada antígeno y que, una vez los tenemos, disponemos de inmunidad. El cuerpo tiene un gran repertorio de anticuerpos. Cuando llegue un patógeno concreto, el sistema inmunitario empezará a producir “en masa” los anticuerpos específicos para ese germen. Estos anticuerpos irán directos al antígeno, se unirán a él y avisarán a las células inmunes especializadas en neutralizar a los patógenos. De este modo, somos inmunes. No damos tiempo al patógeno a hacernos enfermar.

¿De qué están hechas las vacunas?

Las vacunas, además del antígeno, que es el pilar del fármaco, disponen de otros componentes que ayudan tanto a mejorar su eficacia como a evitar que se deteriore. Y de nuevo, repetimos que todas estas sustancias, por muy “químicas” que sean, son perfectamente seguras. Un ibuprofeno también está formado por muchos componentes químicos diferentes y no hay ningún movimiento en contra de su consumo. Las vacunas no solo son seguras. Son necesarias.

1. Antígeno

El antígeno es la parte verdaderamente funcional de la vacuna. Son moléculas, generalmente proteínas presentes en la membrana celular, específicas de una especie concreta de virus o bacteria. Una vez estos antígenos están en sangre, como hemos comentado anteriormente, disparan la producción de anticuerpos por parte de las células del sistema inmunitario. Una vez tenemos anticuerpos, somos inmunes. Si las vacunas no tuvieran estos antígenos, no sería posible conseguir la inmunidad.

Y estas moléculas son perfectamente seguras. De hecho, es el componente más “natural” de las vacunas. Y es que proceden de los propios patógenos que han sido manipulados de una forma u otra (que ahora analizaremos) para que despierten una reacción de inmunidad pero con un riesgo 0 de que nos hagan enfermar. Los antígenos pueden presentarse de las siguientes maneras:

1.1. Bacterias fraccionadas

En el caso de las vacunas contra bacterias patógenas, la obtención del antígeno siempre es igual. El concepto de “bacterias fraccionadas” hace referencia a que en la vacuna hay solo los antígenos, es decir, las proteínas de la membrana celular de la bacteria contra la que nos va a proteger. Como no hay nada más del microorganismo, jamás nos hará enfermar. No es que la bacteria esté muerta, es que está descompuesta y solo nos quedamos con los antígenos. La vacuna contra el tétanos, el HIB, la difteria, la tos ferina, el neumococo… Todas siguen este proceso.

1.2. Virus “vivos” atenuados

En el caso de las vacunas contra virus, hay más variedad de opciones. El concepto “virus vivos atenuados” hace referencia a que en la vacuna realmente está el virus entero y “vivo” (técnicamente no son seres vivos), aunque ha sufrido una serie de manipulaciones para quitarle todas las propiedades relacionadas con la patogenicidad. Es decir, se ha conseguido un virus “pacífico”. Este virus es demasiado débil para causar la enfermedad, aunque sí que puede generar algunos síntomas ligeros. Las vacunas contra la gripe, la varicela, las paperas, el sarampión, etc, se basan en esto.

1.3. Virus fraccionados

Igual que ocurría con las bacterias, el concepto de “virus fraccionado” hace referencia a que en la vacuna solo hay el antígeno específico del virus. No hay nada más. Por lo tanto, normalmente no se pasa ni siquiera por una forma leve de la enfermedad. Si hay reacciones adversas es por el propio sistema inmune. Las vacunas contra el Virus del Papiloma Humano (VPH) y la hepatitis B se basan en esto.

1.4. Virus “muertos”

El concepto de “virus muerto” hace referencia a que, si bien en la vacuna se encuentra el virus “entero”, está absolutamente inactivado. No es como la de los virus vivos atenuados, que simplemente se había reducido su actividad. En estas vacunas no hay riesgo de que se pase por una versión “light” de la enfermedad, aunque sí que son más comunes las reacciones del sistema inmune. Las vacunas contra la poliomielitis, la hepatitis A, la rabia y algunas de la gripe se basan en esto.

2. Líquido de suspensión

Entramos ya a analizar los “ingredientes” que no disparan las reacciones inmunes pero que son muy importantes para que las vacunas funcionen. El líquido de suspensión no es más que un disolvente que hace que la vacuna sea líquida y pueda ser inyectada en la sangre. Normalmente este líquido es simplemente agua o bien una solución salina, dependiendo de la vacuna.

3. Conservantes

Las vacunas tienen conservantes. Y esto, de nuevo, es perfectamente seguro. Los alimentos también tienen y los consumimos a diario. Los conservantes son moléculas como el fenol o el 2-fenoxietanol que aumentan el tiempo de validez de la vacuna, es decir, evitan que “caduque” demasiado rápido. Todos los conservantes que contienen las vacunas están aprobados para su uso en humanos.

4. Adyuvantes

Los adyuvantes son moléculas cuya función es la de estimular la respuesta inmune frente a los antígenos de la vacuna. Es decir, gracias a su presencia, el sistema inmune se activa más y se producen mayores cantidades de anticuerpos en menor tiempo, aumentando así la eficacia de la vacuna. Los adyuvantes más comunes son los derivados del aluminio, como por ejemplo el fosfato de aluminio o el hidróxido de aluminio. De nuevo, son perfectamente seguros para su uso en humanos.

5. Estabilizadores

Los estabilizadores son sustancias gelatinosas muy importantes para mantener la eficacia de la vacuna a pesar de las condiciones externas. Estos estabilizadores mantienen la estabilidad de los otros compuestos de las vacunas, evitando que pierdan su estructura o funcionalidad ante cambios de presión, luz, humedad, temperatura, etc. De lo contrario, ante pequeñas perturbaciones en el medio, las vacunas perderían su funcionalidad.

6. Antibióticos

Las vacunas contienen pequeñas cantidades de antibióticos (generalmente neomicina), los cuales son necesarios en algunas vacunas como la de la gripe o a triple vírica para prevenir que en la vacuna crezcan bacterias. Y es que si bien suelen ser responsables de las reacciones alérgicas a la vacuna, peor sería sufrir una infección bacteriana en la sangre, pues que entren bacterias en el torrente sanguíneo es una situación potencialmente mortal.

7. Productos residuales

Igual que pasa con los alimentos, las vacunas también tienen el famoso “puede contener trazas de…”. Y es que hay algunos productos que pueden estar en su interior y que proceden del proceso de fabricación, como por ejemplo restos de células inactivadas, proteínas de huevo, antibióticos, levaduras, formaldehído… De todos modos, si se presentan, están en concentraciones tan bajas que no suponen en absoluto ningún peligro para la salud. Con las vacunas, sí que es mejor el remedio que la enfermedad.

Referencias bibliográficas

  • Álvarez García, F. (2015) “Características generales de las vacunas”. Pediatría General.
  • Centers for Disease Control and Prevention. (2018) “Understanding How Vaccines Work”. CDC.
  • Lopera Pareja, E.H. (2016) “El movimiento antivacunas: argumentos, causas y consecuencias”. CATARATA.
  • World Health Organization. (2013) “Vaccine Safety Basics: Learning Manual”. WHO.
TÓPICOS
Prevención
Pol Bertran Prieto

Pol Bertran Prieto

Microbiólogo y divulgador

Pol Bertran (Barcelona, 1996) es Graduado en Microbiología por la Universidad Autónoma de Barcelona. Máster en Comunicación Especializada con mención en Comunicación Científica por la Universidad de Barcelona. Apasionado por la divulgación de la salud y la medicina y aficionado del deporte y el cine.