Los 8 tipos de deshidratación (causas, síntomas y prevención)

La deshidratación es una situación en la que el organismo no dispone de suficiente agua debido a un uso o pérdida de líquidos mayor a los ingeridos. Veamos cómo se clasifica según su naturaleza clínica.
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El agua es el pilar de la vida. Así que no debe extrañarnos que, de acuerdo a las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de los EE. UU. necesitemos beber, de media, unos 3’7 litros de agua al día y las mujeres, 2’7 litros, para así cubrir las necesidades que tiene nuestro cuerpo. Un organismo cuyo 70% del peso corporal está representado por el agua.

Este agua hace posible que las reacciones metabólicas del cuerpo ocurran de forma adecuada y que los órganos puedan funcionar correctamente. Y en este sentido, una correcta ingesta de agua es necesaria para mantener el conocido como balance hídrico, es decir, el estado en el que se compensa la entrada y la pérdida de líquidos corporales.

Es por este motivo que, cuando suprimimos la ingesta de agua y solo hay pérdidas a través de la sudoración, la micción, la defecación y las exhalaciones, el balance hídrico empieza a romperse y entramos en una situación que, de no revertirse, es potencialmente muy peligrosa, especialmente para la población de riesgo. Estamos hablando de la deshidratación.

Así pues, en el artículo de hoy y, como siempre, de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, vamos a repasar las bases clínicas de la deshidratación y a indagar en las distintas formas en las que puede presentarse de acuerdo a diferentes parámetros como la gravedad, la velocidad de deshidratación o el papel de los electrolitos. Empecemos.

¿Qué es la deshidratación?

La deshidratación es una situación en la que se rompe el balance hídrico en el organismo, por lo que el cuerpo no dispone de suficiente agua para mantener estables sus funciones metabólicas y fisiológicas debido a que la pérdida de líquidos es mayor que la ingesta. Es decir, es una afección que se desarrolla cuando el cuerpo no tiene tanta agua como necesita.

Dependiendo de la cantidad de líquido corporal que se haya perdido a través de sudoración, la micción, la defecación y las exhalaciones y/o que no se haya repuesto mediante la ingesta de agua, esta deshidratación puede ser leve, moderada o grave, siendo la última de estas una emergencia clínica que, especialmente en el caso de la población de riesgo, puede ser potencialmente mortal.

En líneas generales, siempre que no repongas los líquidos que hayas perdido, te deshidratarás. Y aunque hay veces que esta deshidratación ocurre simplemente porque estamos ocupados y no bebemos suficiente agua, porque no tienes acceso a agua potable, porque estás practicando senderismo o porque simplemente no piensas en ello, hay otras causas que pueden conducir a una deshidratación involuntaria.

La pérdida excesiva de fluidos y, por tanto, la deshidratación, puede estar asociada a episodios de diarrea (los casos agudos pueden provocar una gran pérdida de fluidos corporales), fiebre (el incremento de la temperatura corporal acelera la pérdida de líquidos), vómitos, poliuria (una mayor necesidad de orinar, por lo que se producen mayores pérdidas por la micción), transpiración excesiva (cuando sudamos mucho por una causa patológica o no patológica) o sufrir patologías que nos hacen perder el apetito y las ganas de beber, sentir náuseas o tener dolor de garganta, situaciones que pueden hacer que no ingiramos suficiente líquido.

El primer signo de la deshidratación es la sed, una señal del cuerpo, que nos está pidiendo que bebamos, que surge cuando se ha perdido cerca del 2% del peso corporal en líquidos. A esta sed y en caso de deshidratación entre leve y moderada, se le añaden otros síntomas tales como sequedad bucal, orina amarillenta y oscura, piel seca y fría, calambres musculares, dolor de cabeza, fatiga, mareos, micción menos frecuente, confusión y, en el caso de los niños pequeños o lactantes, ojos y mejillas hundidos, irritabilidad, hundimiento de la fontanela (la parte blanda en la zona superior de la cabeza) y llantos sin lágrimas.

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Aun así, en caso de que no solucionemos la situación bebiendo agua o tratando la patología que no nos está permitiendo absorber y/o retener los líquidos que ingerimos, esta deshidratación puede progresar hasta una situación grave (cuando se ha perdido más del 4% del peso corporal en líquidos), que se manifiesta con síntomas tales como respiración agitada, taquicardia, apatía, mareos continuos, confusión grave, aturdimiento, hundimiento de ojos, apatía, orina muy oscura, piel muy seca, inconsciencia, choque hipovolémico (una disminución de la presión arterial potencialmente mortal, inconsciencia, delirios y afecciones urinarias y/o renales.

En esta línea, son los bebés, niños, ancianos y pacientes de enfermedades crónicas los que conforman la población de riesgo, con mayor probabilidad de desarrollar estas complicaciones asociadas a la deshidratación grave. Y especialmente en ellos, cuando se observan heces oscuras (o con sangre), dificultad para retener líquidos (por vómitos, por ejemplo) o diarrea que dura más de 24 horas, la atención médica se vuelve esencial para evitar que surjan complicaciones asociadas a la deshidratación.

Y es que de no revertir la deshidratación grave, en caso de que lleguemos a una pérdida del 7% del peso corporal en líquidos, comenzará la situación verdaderamente peligrosa: el fallo multiorgánico. Iniciándose generalmente en los riñones, que dejarán de filtrar la sangre, derivará en una acumulación de tóxicos en el organismo, un sobrecalentamiento del cuerpo, descenso grave de la presión arterial y muerte de las células de los órganos vitales. De ahí que el tiempo máximo que podamos estar sin beber, aunque depende de infinidad de factores, sea de entre 3 y 5 días, con una horquilla algo más extensa de entre 2 y 7 días.

¿Qué clases de deshidratación existen?

Tras esta extensa pero necesaria introducción, hemos comprendido la naturaleza, causas y síntomas de la deshidratación. De todos modos, también es cierto que se trata de una sobresimplificada definición y que, en el abordaje de estas situaciones de insuficiencia de líquidos corporales, hay que contemplar distintos matices. Por ello, vamos a indagar en los diferentes tipos de deshidratación en función de la gravedad, la velocidad con la que ocurre y el papel de los electrolitos.

1. Deshidratación leve

La deshidratación leve es la forma más común y consiste en un ligero desajuste del balance hídrico. La pérdida del peso corporal en líquidos no es mayor al 2% y, por regla general, el único síntoma asociado a esta forma leve de deshidratación es la sed, una señal de que el cuerpo se está preparando para activar los mecanismos de emergencia por si no vamos a compensar las pérdidas de líquido. Pueden observarse algunos síntomas de deshidratación moderada pero con una baja gravedad.

2. Deshidratación moderada

La deshidratación moderada es aquella situación a la que llegamos en caso de no solucionar la deshidratación cuando nos encontramos en la fase leve. La pérdida de peso corporal en líquidos se encuentra por encima del 2% pero por debajo del 4% y se observan síntomas tales como sequedad bucal, fatiga, piel seca y fría, orina amarillenta y oscura, mareos leves, confusión, dolor de cabeza, etc.

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3. Deshidratación grave

La deshidratación grave es aquella situación severa en la que la deshidratación no solucionada ya puede, especialmente en la población de riesgo, derivar en complicaciones que pueden llegar a ser potencialmente mortales. La pérdida de líquidos corporales es superior al 4% y se observan síntomas tales como taquicardia, desmayos, inconsciencia, hipotensión, delirios, respiración agitada, aturdimiento o confusión grave.

En caso de que la situación progrese, se siga rompiendo el balance hídrico y se llegue a perder el 7% del peso corporal en líquidos, hay riesgo de que se entre en un fallo multiorgánico, el cual, como hemos visto anteriormente, es una situación potencialmente mortal.

4. Deshidratación lenta

La deshidratación lenta es aquella que, como su propio nombre indica, evoluciona a baja velocidad. La pérdida de agua es gradual ya que ni las condiciones climáticas (no hace excesivo calor) ni la situación fisiológica (no sufrimos patologías como la diarrea o los vómitos) estimulan una mayor velocidad en los desajustes del balance hídrico. No se producen pérdidas súbitas de líquidos, por lo que la pérdida de fluidos corporales es más lenta y, por tanto, tenemos más tiempo para revertir la situación.

5. Deshidratación rápida

En contraposición, la deshidratación rápida es aquella que evoluciona de forma veloz. La pérdida de líquidos corporales es más rápida debido a las condiciones climáticas (si hace más calor, vamos a sudar más) y/o sufrimos alguna condición patológica como la fiebre, la diarrea o los vómitos que aceleran esta deshidratación. Tarda menos tiempo en progresar a situaciones moderadas e incluso graves.

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6. Deshidratación isotónica

La deshidratación isotónica es la más frecuente, siendo responsable de 7 de cada 10 casos, y hace referencia a aquella situación de desajuste del balance hídrico en la que la pérdida de agua y de electrolitos es similar. Común en episodios de gastroenteritis leves o moderados que cursan con diarreas, el tratamiento se basa en reponer agua y solutos (sales minerales) a partes iguales, algo que se puede conseguir, por ejemplo, con bebidas isotónicas o con preparaciones de rehidratación oral que puedes encontrar en farmacias.

7. Deshidratación hipotónica

La deshidratación hipotónica es menos habitual, siendo responsable de unos 2 de cada 10 casos, y hace referencia a aquella situación de desajuste del balance hídrico en la que la pérdida de sales minerales es mayor que la de agua. Puede ocurrir en casos graves de gastroenteritis o en deportistas sometidos a condiciones ambientales extremas. El tratamiento se basa en el consumo de bebidas hipertónicas, que tienen una mayor concentración de electrolitos y solutos, e incluso en ingerir alimentos salados.

8. Deshidratación hipertónica

La deshidratación hipertónica es la menos frecuente, siendo responsable de poco más de 1 de cada 10 casos, y hace referencia a aquella situación de desajuste del balance hídrico en la que la pérdida de agua es mayor que la de sales minerales. Los bebés, niños y ancianos son los que la sufren con mayor frecuencia, estando asociada a una insuficiente ingesta de agua. El tratamiento consiste en beber más agua, ya sea sola o en forma de caldos, zumos o infusiones.

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