¿Las vacunas son peligrosas?

Las vacunas cumplen con estrictos controles de seguridad. Sus efectos secundarios son leves en el 99,99% de los casos y no son, en absoluto, peligrosas. Es más, son necesarias.
Vacunas son peligrosas

Las teorías conspirativas están a la orden del día. Y el hecho de vivir en tiempos de infodemia, es decir, de un exceso de información a causa de la propagación de noticias falsas por redes sociales, no está haciendo más que acrecentar los problemas.

Y si hay algo en el foco de conspiranoicos y negacionistas son, sin ninguna duda, las vacunas. “Son peligrosas”, “provocan autismo”, “si salen demasiado rápido, es que no son seguras”, “nos quieren implantar chips con ellas”, “los efectos secundarios pueden matarte”... Estas y muchas otras afirmaciones sin ninguna prueba científica pueden escucharse en muchos bares, que, como todos sabemos, son el centro de reunión de los más reputados epidemiólogos y expertos en salud pública del mundo.

La plaga de desinformación acerca de las vacunas no es una cuestión anecdótica. Es, realmente, peligrosa. Y es que sin ellas, estamos totalmente desnudos ante el ataque de patógenos peligrosos, algo que no solo afecta a la persona no vacunada, sino a toda la población.

Las vacunas son perfectamente seguras. Todas. Y si estás leyendo esto en tiempos de vacunación por el COVID-19, también lo es. Que haya salido rápido no significa que no cumpla con los requisitos ya no solo del resto de vacunas, sino de cualquier otro medicamento. Y en el artículo de hoy y de la mano de los artículos de las más prestigiosas revistas científicas, demostraremos que una vacuna no es más peligrosa que un ibuprofeno.

¿Qué es exactamente una vacuna?

Los “epidemiólogos de bar” hablan mucho acerca de las vacunas sin, irónicamente, tener la menor idea de qué es una vacuna, más allá de algo que te pinchan y que es líquido. Por ello, lo primero que debemos hacer es entender qué es exactamente una vacuna. Y es que entendiendo la naturaleza de algo, muchos miedos y dudas desaparecen.

Una vacuna es un fármaco administrado de forma intravenosa mediante una inyección de un líquido que contiene, además de unos ingredientes que comentaremos a continuación (y que son seguros para los humanos), los antígenos del patógeno contra el que protege.

Pero, ¿qué son estos antígenos? Son moléculas presentes en la superficie de la membrana de virus y bacterias. Son proteínas que le son propias, algo así como su huella dactilar. En este sentido, al contener antígenos bacterianos o víricos, con la vacuna estamos inoculando en nuestro cuerpo “trozos” del patógeno contra el que queremos disponer de inmunidad.

Por lo tanto, este antígeno sería algo así como el principio activo de la vacuna, pues es el que le da a la vacuna su funcionalidad farmacológica. Y esta función no es otra que estimular nuestra inmunidad frente a la bacteria o virus portador de ese antígeno que se nos ha inoculado.

Una vacuna es un fármaco que, una vez fluye por nuestro torrente sanguíneo, dispara las reacciones inmunitarias para que las células inmunes analicen el antígeno y puedan memorizarlo para que, cuando llegue el patógeno real (en caso de que llegue), rápidamente lo reconozcan y puedan actuar mucho más deprisa, sin dar tiempo a que la exposición culmine con una infección y, por lo tanto, la enfermedad. En este sentido, una vacuna es un fármaco que nos otorga inmunidad frente a una enfermedad.

Vacuna

¿Cómo funcionan las vacunas?

Pero, ¿esto de las vacunas es antinatural? Ni mucho menos. Es más, deberíamos definir qué entendemos por “antinatural”, aunque esto es otro debate. Nuestra inmunidad natural se basa precisamente en detectar estos antígenos.

Cuando es la primera vez que una bacteria o virus entra en nuestro cuerpo, el sistema inmune no lo encuentra en su base de datos. Le pilla desprevenido, por lo que es probable que el patógeno tenga tiempo de colonizarlos. Cuando el sistema inmunitario ha preparado la respuesta, ya estamos enfermos. Con esta primera infección desarrollamos inmunidad (para los patógenos que es posible desarrollarla) para que no vuelva a haber una segunda infección. Pero para tener inmunidad de forma natural, hay que pasar una vez por la enfermedad.

Con las vacunas, lo que buscamos es saltarnos esta primera fase de infección. Es decir, le damos a nuestro cuerpo inmunidad frente a un patógeno contra el que, en realidad, nunca se ha topado. Estamos logrando inmunidad sin haber tenido que haber sido infectados una primera vez.

Pero, ¿cómo conseguimos esto? Con el principio activo de la vacuna: el antígeno. Cuando este antígeno fluye por nuestra sangre, el sistema inmunitario se da cuenta inmediatamente de que algo extraño está pasando. No sabe exactamente qué es, pero sí que hay unas moléculas ajenas al cuerpo. Y en inmunología, una cosa “ajena” es una “potencial amenaza”.

Por ello, las células inmunitarias se desplazan rápidamente hacia el antígeno y comienzan a analizarlo. Y cuando lo hacen, saltan las alarmas. Y es que a pesar de que no ha entrado ni un virus ni una bacteria real (solo proteínas de su membrana con una capacidad dañina nula), el cuerpo está convencido de que está siendo atacado por un patógeno. Solo puede inspeccionar antígenos. Y como ve un antígeno, cree que hay una infección.

¿Qué pasa, entonces? Pues que a pesar de que el riesgo de infección es 0 (en nuestra sangre solo hay proteínas de membrana del patógeno, las cuales es imposible que nos hagan ningún daño), el sistema inmune inicia todos los procesos fisiológicos propios de cuando sufrimos una infección.

Sistema inmunitario
El sistema inmune solo puede desarrollarse conforme se va exponiendo a distintos antígenos.

De ahí que, cuando nos vacunan, suframos algunas reacciones de inflamación, unas décimas de fiebre, dolor de cabeza, enrojecimiento, picor en la zona de la inyección… Todo esto no es por el daño que nos está haciendo la vacuna en sí ni el antígeno, sino nuestro propio sistema inmune, el cual cree que la infección es real. Y como él se comporta como si el patógeno fuera real, es normal que pasemos por una versión “light” de la enfermedad. Con la vacuna, estamos engañando al sistema inmunitario.

Pero se trata de una mentira piadosa, pues este nos lo agradecerá a la larga. Mientras está combatiendo a ese antígeno, los linfocitos B (un tipo de células inmunes) empiezan la fase clave para lograr la tan ansiada inmunidad: fabrican anticuerpos.

Pero, ¿qué son los anticuerpos? Los anticuerpos son los bienes más preciados de nuestro organismo en lo que a protección frente a patógenos se refiere. Se trata de moléculas sintetizadas por estos linfocitos B y que, de algún modo, son los antagonistas de los antígenos. Nos explicamos.

Los anticuerpos son diseñados por nuestro cuerpo a la medida de los antígenos. Es decir, son fabricados de un modo muy específico dependiendo de cómo es esa proteína extraña (que el cuerpo cree que pertenece a un patógeno real) para que encaje con ella.

Y esto de encajar, ¿qué significa? Básicamente, que cuando llegue la bacteria o virus real y las células inmunes vuelvan a toparse con ese antígeno (pero ahora sí que es una amenaza de verdad), avisarán inmediatamente a los linfocitos B para que busquen entre la base de datos y liberen justo los anticuerpos específicos para este antígeno.

Una vez lo hayan hecho, los anticuerpos se producirán en masa y viajarán hasta el lugar de la infección para unirse a los antígenos del patógeno. Una vez se enganchan a él, pueden llegar ya los linfocitos T, los cuales reconocen los anticuerpos (no pueden engancharse directamente a los antígenos), se enganchan a ellos y ya pueden matar a la bacteria o virus en cuestión, neutralizando el ataque antes de que la exposición culmine con la infección.

En resumen, las vacunas funcionan inoculando un antígeno concreto en nuestro cuerpo para que los linfocitos B lo analicen y sinteticen anticuerpos específicos contra él para que, en caso de que llegue una infección real, podamos producir en masa estos anticuerpos y avisar a los linfocitos T de dónde está el patógeno para que estos lo maten.

Anticuerpo antígeno
Con las vacunas, estimulamos que el sistema inmune guarde las instrucciones para fabricar los anticuerpos específicos para el antígeno del patógeno contra el que nos protege.

¿De qué están hechas las vacunas? ¿Sus componentes son seguros?

Los antivacunas dicen que son peligrosas porque contienen químicos. Bueno, el ibuprofeno también contiene químicos. Hasta las galletas que desayunas contienen químicos. Es más, en tu sangre hay miles de compuestos químicos. Así que…

Pero bueno, la cosa es que para demostrar que las vacunas no son peligrosas, es importante analizar qué contienen. Y es que a pesar de que puedan parecer pociones mágicas con miles de productos extraños y exóticos, nada más lejos de la realidad. Cualquier vacuna que se comercialice, está formada por estos seis componentes:

  • Antígeno: El principio activo de la vacuna. Aquello que induce la producción de anticuerpos por parte de nuestro sistema inmune y que procede del patógeno real, pero con una capacidad infectiva nula. Cada vacuna procesa el antígeno de una forma concreta. Pueden ser bacterias fraccionadas (solo contienen la proteína de membrana antigénica), virus “vivos” atenuados (contiene el virus entero, pero sin los genes que le hacen ser dañino), virus fraccionados (solo contienen proteínas de la cápside vírica) o virus “muertos” (contiene el virus entero pero totalmente inactivo).

  • Líquido de suspensión: Simplemente agua o una solución salina que hace que la vacuna sea líquida y, por lo tanto, inyectable.

  • Conservantes: Que no salten las alarmas. Los alimentos también tienen conservantes y comemos pizzas sin demasiada preocupación. En las vacunas, suelen ser el fenol o el 2-fenoxietanol, que aumentan el tiempo de validez de la vacuna. Son perfectamente bioasimilables y, de hecho, evitan que la vacuna caduque.

  • Adyuvantes: El fosfato de aluminio y el hidróxido de aluminio (de nuevo, que no salten las alarmas, pues son bioasimilables) están presentes en las vacunas y lo que hacen es algo tan natural como estimular la respuesta inmune, es decir, activar a los linfocitos.

  • Estabilizadores: Son sustancias gelatinosas que evitan que la vacuna pierda su efectividad ante cambios de presión, temperatura, humedad, luz… Como su nombre dicen, la estabilizan. Ni qué decir tiene que, de nuevo, son bioasimilables.

  • Antibióticos: Las vacunas contienen pequeñas cantidades de antibióticos (generalmente neomicina) para prevenir que en el líquido crezcan bacterias. Sí, pueden ser responsables de reacciones alérgicas (solo si eres alérgico al antibiótico en cuestión), pero créeme que es mucho peor sufrir una infección bacteriana en la sangre.

Después de analizar los ingredientes de una vacuna, ¿has encontrado algo raro? ¿Algo mortal? ¿Plutonio? ¿Mercurio? ¿Amoníaco? ¿La sangre de Satanás? No, ¿verdad? Todos los componentes de las vacunas son perfectamente seguros para el ser humano.

Componentes vacunas

Las vacunas son perfectamente seguras

Cuando una vacuna sale al mercado es porque ha pasado por unos controles de calidad y seguridad increíblemente exhaustivos. Si te ponen una vacuna es porque esta ha pasado por distintas fases dentro del ensayo clínico que han demostrado que, en efecto, la vacuna es segura. Si hay el menor indicio de que es peligroso, las autoridades sanitarias no permiten que sea comercializada.

Pero, ¿cómo demuestra una vacuna concreta que no es peligrosa? Pues, como hemos dicho, superando todas las fases de su ensayo clínico, las cuales son siempre las mismas:

  • Fase I: En la primera fase con humanos, queremos ver si es segura (antes, ya ha pasado los controles con animales). Trabajamos con un grupo de entre 20-80 personas y determinamos cuál es la mayor dosis que puede administrarse sin que aparezcan efectos secundarios graves. Si no pasa esta fase, no puede ir a la siguiente. Pero si demuestra ser segura, todavía le quedan tres fases que superar.

  • Fase II: Ya sabemos que es segura, pero ahora queremos saber si realmente funciona. Es decir, en la segunda fase analizamos su eficacia y vemos si es útil o no (segura, en principio, ya lo es) para prevenir la enfermedad. Queremos ver si, en efecto, nos otorga inmunidad. Trabajamos con un grupo más alto (25-100 personas) y, al mismo tiempo que seguimos atentos de los efectos secundarios, vemos si de verdad funciona. Si no cumple con los mínimos de eficacia, ya no puede continuar. Si es segura y eficaz, todavía tiene que superar dos fases.

  • Fase III: Ya sabemos que funciona y que es segura, pero ahora toca ver si es más efectiva que otras vacunas que ya están en el mercado. Los grupos son ya de miles de personas y, mientras se sigue analizando su seguridad muy de cerca, se compara con otras vacunas. Si ha demostrado ser segura, inducir la inmunidad y ser una opción realmente efectiva, las instituciones sanitarias pueden aprobar su lanzamiento al mercado. Pero la cosa no termina aquí.

  • Fase IV: Cuando una farmacéutica ha lanzado una vacuna porque ha superado la tercera fase, no puede desentenderse. Ahora, con un grupo que puede ser de millones de personas (todo el mundo ya se está vacunando), se tiene que seguir analizando su seguridad. Y ante el menor indicio de problemas (que si ya ha pasado la tercera fase, no tienen por qué pasar), las autoridades sanitarias actuarán de inmediato.

Como vemos, las vacunas no son inventos de las farmacéuticas que las sacan al mercado como quien comercializa una bolsa de patatas fritas. Las vacunas son una cuestión de salud pública, por lo que todo el proceso de producción, ensayos clínicos y comercialización está controlado muy de cerca por las autoridades sanitarias competentes. Y en cuanto sale al mercado, se sigue haciendo un seguimiento.

Y claro que hay efectos secundarios. Pero es que cualquier medicamento los tiene. En el 99,99% de los casos son leves y se deben no al daño que nos está haciendo la vacuna, sino a la respuesta del sistema inmunitario mientras sintetiza los anticuerpos que, por cierto, nos pueden salvar la vida más adelante.

Cuando aparecen efectos secundarios, el 99,99% de las veces son unas pocas décimas de fiebre, inflamación en el lugar de la inyección, dolor de cabeza y un ligero malestar general que dura unas pocas horas.

¿Y el 0,01% restante? Bueno, es cierto que pueden haber efectos secundarios graves, pero eso tampoco significa que vayan a matarnos. Las vacunas no matan ni, como inexplicablemente se ha llegado a decir, provocan autismo.

Cualquier medicamento tiene riesgo de provocar efectos secundarios graves. El problema es que las vacunas están en el punto de mira. Y es que sin ir más lejos, el ibuprofeno, en el 0,01% de los casos provoca insuficiencia hepática, una situación potencialmente mortal. ¿Y hacemos campaña contra él? No. Pues con las vacunas, tampoco deberíamos.

Las vacunas no solo son perfectamente seguras (dentro de los inevitables riesgos que tiene la administración de absolutamente cualquier medicamento), sino que son absolutamente necesarias. Sin ellas, la humanidad está a merced de los microorganismos. Sin ellas, no hay salud.

Vacunación
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