Fiebre Q: causas, síntomas y tratamiento

La fiebre Q es una enfermedad infecciosa causada por “Coxiella burnetii”, una bacteria que se transmite a través de animales y que origina una infección con una sintomatología similar a la gripe. Un repaso de sus bases clínicas.

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Las bacterias son organismos unicelulares procariotas que, siguiendo una reproducción asexual, son microorganismos con tamaños que oscilan entre los 0,5 y los 5 micrómetros. Se trata del reino con mayor diversidad de especies en el planeta; y es que a pesar de que “solo” hemos identificado 10.000 especies bacterianas, se estima que el número real podría ser de más de 1.000 millones.

De todas ellas, apenas 500 especies son patógenas para el ser humano, pero son tremendamente relevantes a nivel de salud pública ya que son responsables de algunas de las enfermedades que, al menos históricamente (desde la irrupción de los antibióticos somos capaces de controlarlas mejor), han representado graves problemas en el mundo.

Son muchas las infecciones bacterianas que afectan al ser humano, como por ejemplo la gastroenteritis bacteriana, la clamidiasis, la campilobacteriosis, el tétanos, la listeriosis, la faringitis, la neumonía bacteriana, la salmonelosis, etc. Pero hay otras que, pese a ser menos conocidas, son muy relevantes a nivel clínico. Y un ejemplo de ello es la fiebre Q.

La fiebre Q es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Coxiella burnetii, un microorganismo que se transmite a las personas a través de animales salvajes y domésticos originando una infección que cursa, normalmente, con una sintomatología similar a una gripe. En el artículo de hoy, de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, analizaremos las causas, síntomas y tratamiento de la fiebre Q.

¿Qué es la fiebre Q?

La fiebre Q es una enfermedad infecciosa causada por Coxiella burnetii que puede cursar sin síntomas o con una sintomatología similar a la gripe. La bacteria responsable se transmite a las personas a través del contacto con animales domésticos y salvajes, así como garrapatas. La enfermedad se puede adquirir al beber leche cruda de animales infectados o al inhalar gotículas respiratorias contaminadas con heces o sangre de animales infectados.

En este contexto, las personas con riesgo de adquirir la fiebre Q son trabajadores de mataderos, veterinarios y, en general, personas responsable del cuidado de animales domésticos como vacas, ovejas o cabras. La incidencia de la patología es de aproximadamente 50 casos por cada 100.000 habitantes al año, siendo más frecuente en hombres y en edades entre los 30 y los 70 años.

Ahora bien, la mayoría de personas que sufren la infección no desarrollan síntomas. Otras, tras un periodo de incubación de 2-3 semanas, sí que presentan una sintomatología que tiende a ser leve y similar a la de la gripe, aunque pueden alargarse varias semanas. Es importante tener en cuenta también que, si bien es poco común, la fiebre Q puede derivar en complicaciones severas e incluso potencialmente mortales, tales como una encefalitis o una neumonía.

Por ello, especialmente en la población de riesgo, es importante tratar la infección. Al tratarse de una enfermedad bacteriana, el tratamiento farmacológico a base de antibióticos (principalmente tetraciclina y doxiciclina) suele dar buenos resultados a la hora de acortar la duración de la infección y resolverla sin mayores complicaciones.

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Causas de la fiebre Q

La causa de desarrollar la fiebre Q es sufrir una infección por parte de Coxiella burnetii, un pequeño bacilo gram-negativo que sobrevive a los desinfectantes corrientes y es muy resistente a las condiciones adversas del medio. Su ID50 (la “dosis” que se necesita para infectar al 50% de las personas expuestas) es de solo 1. Es decir, una sola bacteria inhalada produce la enfermedad en el 50% de los casos.

La bacteria se encuentra normalmente en animales domésticos como las ovejas, las cabras, las vacas, los gatos, los perros y los conejos, pero también en animales salvajes y en garrapatas. Todos estos animales pueden contagiarse con Coxiella burnetii y, a través de una zoonosis, transmitir a las personas la enfermedad.

Las personas podemos adquirir la enfermedad al consumir leche cruda (sin pasteurizar) de animales infectados o, como es más habitual, al inhalar polvo o gotículas aéreas contaminadas con la bacteria y que podemos introducir en nuestros pulmones al respirar.

Y es que los animales infectados liberan la bacteria a través de la orina, las heces, la sangre, la leche e incluso el líquido amniótico y la placenta. Cuando estos productos orgánicos se secan, las bacterias, muy resistentes a estas condiciones adversas, pasan a formar parte del polvo del corral o de la estancia que va a suspenderse en el aire.

En ese momento, podemos inhalar este polvo cargado con las bacterias e introducirlas en nuestros pulmones, facilitando así que Coxiella burnetii colonice el aparato respiratorio y se desencadene la sintomatología por los daños causados por la bacteria y por el sistema inmunitario reaccionando a su presencia. En ese momento, la persona sufre la fiebre Q.

Cabe destacar también que hay ciertos factores de riesgo que incrementan las probabilidades de sufrir esta enfermedad que, como hemos dicho, tiene una baja incidencia de unos 50 casos anuales por cada 100.000 habitantes. Entre ellos destacan la profesión (veterinarios, trabajadores de mataderos y personas que se dedican al cuidado de animales de granja), el sexo (la incidencia es mayor en hombres, aunque se cree que es por una mayor predisposición a presentar la forma sintomática) y la época del año (es más habitual en abril y mayo). Dicho esto, veamos cómo se manifiesta.

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Síntomas y complicaciones

Muchas personas que son infectadas con la bacteria Coxiella burnetii nunca presentan síntomas. Y las que lo hacen, normalmente tienen una manifestación aguda de fiebre Q con unos síntomas leves que son similares a los de la gripe. Esta sintomatología aparece tras un periodo de incubación de 2-3 semanas y puede alargarse varias semanas, algo que no ocurre con la gripe.

Cuando da síntomas, la fiebre Q suele tener los siguientes signos clínicos: fiebre alta (de hasta 41 °C), diarrea, sensibilidad a la luz, náuseas y vómitos, dolor de cabeza intenso, escalofríos, tos seca, fatiga, dolores musculares, dolores articulares y, en algunas ocasiones, ictericia (amarillamiento de la piel y del blanco de los ojos), dolor torácico y abdominal y aparición de erupciones cutáneas.

Ahora bien, cabe destacar que en pocos casos, la fiebre Q puede derivar en complicaciones graves. Personas con patologías previas tales como enfermedades cardíacas, alteraciones en los vasos sanguíneos, trastornos renales e inmunodebilitación son más propensas a sufrir una forma de la fiebre Q crónica, con apariciones recurrentes que hacen que haya daños más severos en órganos vitales.

Estas formas más graves de la enfermedad, que tienen una incidencia de 1 caso por cada 1.000.000 de habitantes, pueden derivar en complicaciones tales como problemas pulmonares (hay mayor riesgo de sufrir una neumonía grave), problemas en el embarazo (si se contrae estando embarazada hay riesgo de aborto espontáneo, bajo peso al nacer o parto prematuro), patologías hepáticas (los daños en el hígado pueden ocasionar una hepatitis), meningitis (puede haber una inflamación de la membrana que rodea el cerebro), encefalitis e incluso endocarditis, una inflamación de la membrana interior del corazón que representa la complicación más letal de la fiebre Q. Por ello, es esencial conocer el diagnóstico.

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Diagnóstico y tratamiento

El diagnóstico de la fiebre Q se realiza con un análisis de sangre en la que se irá en búsqueda de anticuerpos contra los antígenos de Coxiella burnetii. En muchos casos, esto es suficiente. Pero en aquellos donde haya sospechas de un caso de fiebre Q crónica porque es un paciente de riesgo y hay síntomas de alerta, pueden realizarse radiografías de tórax (para inspeccionar el estado de los pulmones) y ecocardiografías (para inspeccionar el estado del corazón).

El tratamiento contra la fiebre Q se basa en una terapia farmacológica a base de antibióticos, siendo la tetraciclina y la doxiciclina los más usados para hacer frente a la infección. Ahora bien, la duración del tratamiento dependerá de si estamos ante un caso agudo o crónico.

En casos muy leves e incluso asintomáticos, tal vez no sea ni siquiera necesario tomar antibióticos, pues la enfermedad puede remitir por sí sola. En pacientes con un caso leve de fiebre Q aguda, el tratamiento con antibióticos no durará más de 2-3 semanas, recordando que es esencial cumplir con los tiempos incluso cuando empecemos a sentirnos mejor, pues podría haber una reaparición de la sintomatología. Hay que seguir la pauta completa.

Pero en aquellos pacientes con un caso de fiebre Q crónica donde hay riesgo de complicaciones graves derivadas de la infección, habrá que seguir un tratamiento mucho más largo. Se realizará una terapia con combinación de antibióticos durante, como mínimo, 18 meses. Del mismo modo, cabe destacar que después de la finalización del tratamiento, habrá que seguir haciendo exámenes rutinarios durante años por si la infección reaparece. Y si se ha desarrollado una endocarditis, la, recordemos, complicación más severa, quizás sea necesario realizar una intervención quirúrgica para sustituir las válvulas cardíacas dañadas.

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