Las 4 partes de la sangre (y sus componentes)

La sangre es un tejido vivo formado por plasma, que es la parte líquida, y por células sanguíneas, que constituyen la parte sólida. Un repaso de la fisiología sanguínea, detallando las funciones de cada uno de sus componentes.
Partes sangre

Normalmente, la naturaleza líquida de la sangre nos hace olvidar que se trata no solo de un tejido vivo, sino de un tejido que, en definitiva, nos hace estar vivos. La sangre es el principal medio de transporte dentro de nuestro organismo, haciendo llegar el oxígeno y los nutrientes a todas las células del organismo, al tiempo que alberga el sistema inmune y recoge las sustancias de desecho para su eliminación.

La sangre, pues, nos mantiene vivos y saludables. Se trata de un tejido conectivo (también conocido como conjuntivo) que se distribuye por todo el organismo a través de los vasos sanguíneos, las “tuberías” por las que circula este medio líquido vital para nuestra salud. Y aunque normalmente pensamos mucho en la morfología de estas arterias, venas y capilares, no tenemos que olvidar que la sangre también tiene su propia “morfología”.

Aunque sea un medio líquido, la sangre es un tejido y, como tal, nace de la unión de diferentes estructuras vivas (y no vivas) que, trabajando de forma coordinada, dan a la sangre su consistencia óptima y permiten que esta cumple con sus esenciales funciones fisiológicas.

Así pues, en el artículo de hoy y de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, exploraremos los distintos componentes de la sangre, que se dividen en parte líquida (el plasma) y una parte sólida (las famosas células sanguíneas), viendo su composición, estructura y funciones. Veamos, pues, cuál es la fisiología y “morfología” sanguínea.

¿Cuáles son los componentes de la sangre?

La sangre es un tipo de tejido conectivo líquido que circula y fluye por los vasos sanguíneos de todos los vertebrados, siendo un medio líquido con la principal función de distribución e integración sistémica, haciendo posible la distribución de oxígeno y nutrientes por el cuerpo, la captación y distribución de sustancias de desecho para su posterior eliminación y la actuación del sistema inmunitario.

En individuos adultos, la cantidad de sangre oscila entre los 4,5 y los 5,5 litros, dependiendo de la edad, el sexo y otros factores individuales. Del mismo modo, la composición exacta de la sangre depende de cada persona, pues hay muchas sustancias químicas distintas cuya cantidad va en función de parámetros genéticos y de estilo de vida, especialmente en lo que a nutrición se refiere.

De todas formas, pese a que cada sangre es única, lo que también es cierto es que esta siempre tiene una estructura fisiológica básica. Y es que la sangre nace de la unión de dos grandes componentes: una parte líquida (el plasma) y una parte sólida (las células sanguíneas). Y cada una de ellas está formada por unas partes específicas. Veámoslas.

1. La parte líquida: el plasma sanguíneo

El plasma sanguíneo es la porción líquida de la sangre (y también la que “no tiene vida”), siendo su componente mayoritario. Representa el 55% del volumen total de la sangre, con unos entre 40 y 50 mL/kg de peso corporal. Se trata de un medio líquido 1,5 veces más denso que el agua, con un color amarillento pero de aspecto traslúcido y un gusto salado debido a los componentes que ahora analizaremos.

Así pues, el plasma puede entenderse como el componente sanguíneo líquido donde está suspendida su parte sólida, la cual, como veremos, es aquella constituida por las células sanguíneas. A nivel de composición, este plasma es básicamente un medio líquido compuesto por agua, sales y proteínas.

Así pues, el plasma sanguíneo es una solución acuosa formada en un 91,5% por agua, algo esencial para que pueda fluir por los vasos sanguíneos. Un 7 % consiste en proteínas, de las cuales, la albúmina es la más abundante, pues, además de evitar que el líquido sanguíneo se filtre fuera de los vasos sanguíneos, ayuda al transporte de sustancias como hormonas y determinados fármacos.

Paralelamente, los anticuerpos (las moléculas que, al unirse a los antígenos de los gérmenes, disparan las reacciones del sistema inmunitario) y los factores de coagulación (moléculas que previenen las hemorragias) son otras de las proteínas más abundantes en este plasma sanguíneo.

Pero además del agua y de las proteínas, el plasma está compuesto (en un 3 %) por muchas otras sustancias inorgánicas como el cloruro de sodio (de ahí el sabor salado), cloruro de calcio, sulfato de sodio, bicarbonato de sodio, cloruro de potasio, etc, además de otros solutos como vitaminas, gases disueltos, nutrientes, sales minerales, productos de desecho y sustancias reguladoras.

Todo esto permite que el plasma sanguíneo (la parte líquida y “sin vida” de la sangre), además de contener a las células sanguíneas, sea esencial para el transporte de sustancias, darle a la sangre su consistencia óptima, servir como reservorio de agua, regular la temperatura corporal y, en definitiva, hacer que la sangre sea, a nivel morfológico, como debe ser.

Plasma sanguíneo

2. La parte sólida: las células sanguíneas

Abandonamos la parte líquida de la sangre y nos centramos en la sólida. El componente no líquido de la sangre compuesto por células sanguíneas y que realmente se trata de la parte “viva” de la misma. Esta parte sólida representa el 45% de la composición sanguínea total y está formada por los conocidos como elementos formes.

Estos son elementos semisólidos y particulados representados no solo por las células, sino por los componentes y sustancias derivadas de la misma. En otras palabras, la parte sólida de la sangre está constituida por las células sanguíneas y sus productos o derivados celulares. Las células sanguíneas se producen en la médula ósea a través de un proceso conocido como hematopoyesis y existen tres tipos principales: glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas. Analicemos cada una de ellas.

2.1. Glóbulos rojos

Los glóbulos rojos son las células sanguíneas que transportan la hemoglobina, la proteína que, además de ser un pigmento, tiene afinidad química por el oxígeno. Así pues, los glóbulos rojos son las células de la parte sólida de la sangre especializadas en el transporte de oxígeno (y de dióxido de carbono) a través del organismo.

Representan el 99% de la cantidad total de células sanguíneas (sus valores normales es de entre 4,8 millones y 5,4 millones por microlitro de sangre) y, con una esperanza de vida de unos 120 días, son las células que, gracias a la hemoglobina), dan el color rojo característico a la sangre. Sin estos glóbulos, la sangre no sería roja. Todo se debe a la hemoglobina que transportan.

A pesar de que se consideren células, lo cierto es que están en la frontera. Y es que se han especializado tanto en su función de transportar hemoglobina, que han prescindido del núcleo y de los orgánulos celulares. Pero sea como sea, los glóbulos rojos, conocidos también como eritrocitos o hematíes, son las células sanguíneas más numerosas y hacen posible tanto la oxigenación del cuerpo como la eliminación del dióxido de carbono.

Glóbulos rojos

2.2. Glóbulos blancos

Los glóbulos blancos son las células del sistema inmunitario. Se trata de las células sanguíneas especializadas tanto en detectar la presencia de cuerpos (biológicos o químicos) extraños como en la neutralización y eliminación de los mismos. Así pues, se trata del componente móvil del sistema inmune, siendo células que patrullan la sangre.

Siendo conocidos también como leucocitos, los valores normales de glóbulos blancos oscilan entre 4.500 y 11.500 por microlitro de sangre, aunque este conteo varía mucho dependiendo de la situación fisiológica de la persona y de si está sufriendo alguna infección o no. Pero sea como sea, estos glóbulos blancos son los “soldados” de nuestra sangre, protegiéndonos constantemente de la llegada y ataque de patógenos.

Ahora bien, debido a que su complejidad fisiológica es mayor que en las otras células sanguíneas (son las únicas que cumplen con la definición estricta de “célula”), hay diferentes tipos de glóbulos blancos en nuestra sangre: linfocitos B (producen anticuerpos), linfocitos T CD8+ (generan sustancias que destruyen a los gérmenes), linfocitos T CD4+ (estimulan que los B produzcan más anticuerpos), células natural killer (eliminan cualquier patógeno sin necesidad de detectar antígenos), células dendríticas (actúan como presentadoras de antígeno), macrófagos (fagocitan a los gérmenes), basófilos (liberan enzimas inflamatorias) y eosinófilos (combaten las infecciones parasitarias).

Glóbulos blancos

2.3. Plaquetas

Terminamos nuestra disección de la sangre con las plaquetas, las células sanguíneas más pequeñas. De hecho, más que células, se consideran fragmentos celulares (con un diámetro de entre 2 y 3 micrómetros), pues no tienen núcleo, como sucede con los glóbulos rojos. Sea como sea, las plaquetas son las células que hacen posible la coagulación sanguínea.

Siendo conocidas también como trombocitos, los valores normales de plaquetas se encuentran entre 250.000 y 450.000 por microlitro de sangre. Son células con una esperanza de vida de apenas 12 días pero que son responsables del cierre de heridas vasculares, taponando cortes para evitar la pérdida de sangre. Cuando las plaquetas entran en contacto con un vaso sanguíneo lesionado (con una herida vascular), son atraídas en masa para, posteriormente, empezar a hincharse, aumentando de tamaño y adoptando formas irregulares. Una vez han formado esta masa celular, secretan sustancias para unirse tanto entre ellas como a la superficie del vaso sanguíneo dañado.

Cuando esto se ha completado, se ha formado un coágulo sanguíneo, una especie de “tapón” que impide que la sangre salga al exterior. Todo esto viene acompañado de los factores de coagulación del plasma sanguíneo que ya hemos comentado, algo que nos demuestra la perfecta sintonía y equilibrio entre la parte líquida y sólida de la sangre. El tejido que nos mantiene vivos.

Plaquetas
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