Las 9 partes del sistema inmunitario (características y funciones)

El sistema inmunológico está compuesto por distintos órganos, tejidos y células especializadas que, trabajando de forma coordinada, nos protegen del ataque de gérmenes. Veamos la fisiología inmunitaria.

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En cualquier momento y en cualquier lugar, nuestro cuerpo está siendo atacado por organismos microscópicos que están diseñados única y exclusivamente para infectarnos. Y si (relativamente hablando) enfermamos tan poco es porque disponemos de una de las mayores proezas de la evolución y de la historia biológica: el sistema inmunitario.

El sistema inmunológico está compuesto por diferentes órganos, tejidos y células especializadas que, trabajando de forma coordinada, cumplen con una única (pero absolutamente esencial) función, que es la de detectar y neutralizar a los cuerpos extraños, tanto biológicos como químicos, que pueden dañar a nuestro organismo.

Constando de una parte innata (las funciones de las que disponemos al nacer sin necesidad de exponernos a antígenos) y de una parte adaptativa (las estrategias inmunitarias que se van desarrollando a lo largo de la vida por la exposición a antígenos), el sistema inmunitario es nuestra única defensa ante un mundo lleno de peligros microscópicos.

Y en el artículo de hoy, para comprender la complejidad fisiológica y morfológica de este sistema inmune, exploraremos las distintas partes por las que está formado, viendo las características y funciones de los órganos, tejidos y células que constituyen el sistema inmunológico humano. Empecemos.

¿Cuál es la morfología y fisiología del sistema inmunológico?

El sistema inmune, inmunitario o inmunológico es uno de los 13 sistemas del cuerpo humano. Es aquel que, estando formado por distintos órganos, tejidos y células especializadas que trabajan de forma coordinada, está diseñado para detectar y neutralizar todas aquellas sustancias biológicas o químicas cuya presencia en el organismo pueda provocar problemas en nuestra salud.

Así pues, el sistema inmune es la defensa natural de nuestro cuerpo especialmente ante infecciones bacterianas, víricas, fúngicas y parasitarias, pues no solo genera respuestas para matar a estos patógenos, sino que, gracias a la síntesis de anticuerpos, nos dota (generalmente) de inmunidad ante el germen en cuestión.

Y para cumplir con esta imprescindible y compleja función, muchas estructuras distintas tienen que entrar en juego. Desde los glóbulos blancos hasta la médula ósea, pasando por la sangre, la linfa, el timo, el bazo o los ganglios linfáticos. Veamos, pues, los principales órganos, tejidos y células que conforman el sistema inmunitario humano.

1. Médula ósea

La médula ósea es una de las estructuras más importantes para el sistema inmunitario. Es, junto al timo, uno de los órganos inmunes primarios. Se trata de un tejido suave y esponjoso ubicado en el centro de la mayoría de los huesos del cuerpo. Existen dos tipos de médula ósea. Por un lado, tenemos la médula ósea amarilla, que es un tipo de tejido adiposo que actúa como almacén de grasa.

Y, por otro lado, tenemos la médula ósea roja, que es la que nos interesa hoy. Y es que es en ella que tiene lugar el proceso de hematopoyesis, el cual culmina con la generación de las diferentes células sanguíneas. En este proceso, las células madres de la médula ósea roja se diferencian en glóbulos rojos (para el transporte de oxígeno), plaquetas (para la coagulación de la sangre) y, por supuesto, glóbulos blancos.

Al ser el lugar donde se producen la mayoría de glóbulos blancos o leucocitos (que luego analizaremos en profundidad), la médula ósea es una parte fundamental del sistema inmune, pues es nada más y nada menos que la estructura anatómica que genera las células especializadas de este sistema inmunológico.

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2. Timo

El timo es otra de las estructuras inmunológicas más importantes. Se trata de un pequeño órgano de unos 5 centímetros de largo formado por dos lóbulos ubicado en la parte superior del pecho, justo por debajo y por detrás del esternón, que tiene la esencial función de sintetizar los linfocitos T, un tipo de glóbulos blancos que analizaremos al final del artículo.

Junto a la médula ósea, este timo es uno de los dos órganos inmunes primarios, al ser una estructura que proporciona el ambiente adecuado para la maduración de los linfocitos. El timo está especialmente activo durante la infancia. Al entrar en la adolescencia, este empieza a atrofiarse y a ser reemplazado por tejido adiposo, dejando prácticamente toda la producción de leucocitos en manos de la médula ósea. Aun así, la síntesis residual de linfocitos T en el timo continúa durante toda la vida.

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3. Ganglios linfáticos

Los ganglios linfáticos son estructuras con forma de frijol de las cuales hay más de 600 por todo el cuerpo, consistiendo en agregados celulares que forman parte del sistema linfático y que tienen la función de actuar como redes de filtración de la linfa, un líquido claro pobre en proteínas y rico en lípidos y glóbulos blancos.

La linfa es la “sangre” del sistema inmunitario, diferenciándose de ella en, además del color, el hecho de que no transporta oxígeno ya que no dispone de glóbulos rojos. Así pues, estos ganglios linfáticos, que se localizan de forma más abundante en axilas, cuello, abdomen e ingles, son órganos inmunológicos secundarios que se ubican a lo largo del trayecto de los vasos linfáticos formando cadenas o racimos.

Estos ganglios linfáticos actúan como filtro de la linfa, permitiendo el contacto entre los antígenos (procedentes de los gérmenes) y los linfocitos T y B, haciendo posible así la respuesta inmunitaria generalizada necesaria para neutralizar la infección. Una vez la linfa ha sido filtrada en estos ganglios, sale por el resto del sistema linfática cargada de anticuerpos y células inmunes activas, propagando así la respuesta inmunológica.

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4. Bazo

El bazo es otro órgano inmunológico secundario. Se trata de una estructura que también forma parte del sistema linfático (es el principal órgano linfoide) y, por ende, a nivel funcional también del inmunológico. Es un pequeño órgano con un tamaño de unos 10 centímetros que se ubica por debajo del estómago, al lado del páncreas.

Tiene un color muy rojizo y está formado tanto por pulpa blanca (por la presencia de linfa) como por pulpa roja (porque la sangre fluye por su interior y conecta con el hígado a través de una red especial de vasos sanguíneos, pues se complementa con las funciones hepáticas), siendo esencial para el funcionamiento del sistema inmunitario.

Y es que este bazo, uno de los órganos del cuerpo humano menos conocidos, es imprescindible para iniciar la respuesta inmune, al ser una auténtica fábrica de anticuerpos. Cuando los linfocitos le presentan un antígeno, el bazo empieza a producir en masa los anticuerpos específicos contra ese antígeno para que así toda la respuesta inmune se desencadene como es debido. Así pues, el bazo es una especie de “almacén” de anticuerpos. Es donde se ubica nuestra inmunidad.

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5. Vasos linfáticos

Los vasos linfáticos son los conductos por los que circula la linfa, siendo al sistema inmune lo que los vasos sanguíneos (especialmente las venas, por su estructura) son al sistema circulatorio. Se trata de la red de tubos delgados que se distribuyen por todo el cuerpo, conectando los ganglios linfáticos con los órganos inmunes primarios y secundarios, haciendo posible el transporte del tejido linfático a través del organismo. Por tanto, permiten el transporte de glóbulos blancos, anticuerpos y sustancias inmunológicas.

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6. Amígdalas

Las amígdalas son masas de tejido que forman parte del sistema linfático y, pese a que sus funciones (por sorprendente que parezca) siguen sin estar claras, se cree que tienen un papel importante a nivel inmunitario. Se trata de dos masas carnosas ovaladas ubicadas en la parte posterior de la garganta, cada una de ellas a un lado.

Se estima que su función principal, que se presupone más importante en las etapas más tempranas de la vida, es la de producir anticuerpos, por lo que podrían ser importantes en la lucha contra los gérmenes. El problema es que por su ubicación y propiedades fisiológicas, es común (especialmente en la infancia) que estos patógenos colonicen las amígdalas y las infecten, provocando la tan famosa amigdalitis que, en ocasiones y en casos muy recurrentes, puede tratarse con una extirpación de las mismas.

amigdalas

7. Adenoides

Las adenoides son estructuras similares a las amígdalas. Siendo conocidas también como vegetaciones, se trata de dos glándulas ubicadas en la parte posterior de la cavidad nasal, en la zona más alta de la garganta. Se trata de dos parches de tejido linfático que ayudan, durante la infancia, a combatir infecciones y mantener un correcto equilibrio de los fluidos corporales.

Si es una de las estructuras inmunológicas que menos te suena es normal. Y es que las adenoides empiezan a atrofiarse y a reducir su tamaño a partir de los 5 años de edad. Y una vez entrados en la adolescencia, ya han desaparecido casi por completo.

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8. Placas de Peyer

Las placas de Peyer son unos cúmulos de tejido linfático (con, consecuentemente, funciones en el sistema inmune) que recubren de manera interna las paredes del intestino delgado. Tienen una función muy importante a la hora de identificar los antígenos (que son portados por gérmenes potencialmente dañinos) asociados a los alimentos que circulan por el tracto digestivo.

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9. Glóbulos blancos

Tras ver los órganos y tejidos del sistema inmune, es el momento de analizar sus verdaderas unidades funcionales. Las células que hacen posible la respuesta inmunológica. Estamos hablando de los glóbulos blancos o leucocitos, los elementos móviles del sistema inmunitario y las células que detectan y neutralizan a los patógenos que colonizan nuestro cuerpo.

El conteo normal de glóbulos blancos en sangre es de entre 4.500 y 11.500 leucocitos por microlitro de sangre, unos valores que dependen del estado de salud y de la situación fisiológica de la persona. Pero sea como sea, lo importante es que estos glóbulos blancos son los soldados de nuestro cuerpo. Las células inmunes que patrullan el organismo para que, cuando sea necesario, se activen las respuestas que culminen con una eliminación de la amenaza.

Existen diferentes tipos de glóbulos blancos según sus propiedades y funciones: linfocitos B (producen anticuerpos), linfocitos T CD8+ (generan enzimas que destruyen a los patógenos), linfocitos T CD4+ (coordinan la respuesta inmune estimulando la actividad de los B), macrófagos (fagocitan a los gérmenes), células dendríticas (actúan como células presentadoras de antígeno), natural killer (matan a gérmenes de forma poco selectiva, sin reconocer antígenos), neutrófilos (fagocitan gérmenes), basófilos (disparan las reacciones inflamatorias) y eosinófilos (neutralizan infecciones parasitarias). Como vemos, la complejidad celular, morfológica y fisiológica del sistema inmune es enorme. Pero tiene que serlo. Es nuestra defensa en un mundo lleno de peligros.

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