Los 10 tipos de hambre (y sus características)

El hambre es el conjunto de sensaciones físicas y psicológicas desagradables que sentimos cuando tenemos la necesidad de comer, siendo así una alerta fisiológica. Pero el hambre puede tomar muchas formas distintas.

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La Organización Mundial de la Salud (OMS) estipula que, para cubrir las necesidad energéticas que tenemos a nivel promedio, las mujeres necesitan entre 1.600 y 2.000 calorías diarias y los hombres, entre 2.000 y 2.500. La nutrición es una de las tres funciones vitales de los seres vivos y necesitamos comer por una sencilla razón: obtener la materia para regenerar nuestro cuerpo y la energía en forma de ATP para mantenernos vivos.

De ahí que, a nivel del sistema nervioso, asegurar que ingerimos la cantidad de nutrientes necesaria para cubrir los requerimientos fisiológicos del organismo sea, evidentemente, una de las máximas prioridades del cuerpo. Y en este contexto, la sensación de hambre es la principal herramienta del cerebro para ello.

Y es que el hambre es el conjunto de desagradables sensaciones físicas y psicológicas que sentimos cuando tenemos la necesidad de comer, siendo así una señal de alerta del organismo, que nos está avisando de que nos estamos quedando sin “combustible” para mantener nuestro cuerpo en pleno funcionamiento.

Ahora bien, al tratarse de un fenómeno fisiológico e incluso psicológicamente tan complejo, el hambre puede tomar muchas formas y manifestaciones distintas. Y esto es precisamente lo que, como siempre de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, vamos a descubrir en el artículo de hoy. Empecemos.

¿Qué es el hambre y por qué aparece?

Como hemos dicho, el hambre es el conjunto de sensaciones físicas y psicológicas desagradables que emerge como una señal de alerta del organismo, despertando en nosotros la necesidad de comer para así silenciar estas percepciones fisiológicas y darle al cuerpo los nutrientes que este necesita para mantenerse funcional.

Así pues, el hambre es una respuesta fisiológica que nace cuando el sistema nervioso procesa las señales de que los hidratos de carbono, la principal fuente de combustible de nuestro organismo, se están terminando. Los carbohidratos son los nutrientes con mayor eficacia energética y aquellos en los que debe basarse una alimentación saludable.

Después de aproximadamente unas 6 horas de haber comido, el cuerpo seguirá usando estos hidratos de carbono para dar energía a las células, convirtiendo estos macronutrientes en glucógeno, un polisacárido que, a nivel biológico, sirve como reserva de energía, siendo el principal almacén de combustible del cuerpo.

Por tanto, mientras duren estas reservas, no experimentaremos ningún cambio a nivel sistémico. El cuerpo tendrá a su disposición este glucógeno para tener energía. Pero conforme estas reservas de glucógeno se vayan terminando, el organismo, sabiendo que necesitará hidratos de carbono y para prevenir el inicio de la autofagia (empezará a consumir las grasas, algo que ocurre a las 72 horas sin comer), dispara la sensación de hambre.

Una sensación desagradable que, como hemos dicho, es una reacción fisiológica y psicológica ante la necesidad que tiene el cuerpo de restablecer las reservas de glucógeno para así disponer de la energía necesaria para cubrir las demandas del organismo. Pero, como también hemos mencionado, su complejidad hace que existen muchos tipos distintos de hambre.

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¿Qué clases de hambre existen?

Una vez analizada la definición general de hambre, llega el momento de profundizar en el tema que nos ha reunido hoy aquí. Los diferentes tipos de hambre que podemos experimentar. Y es que dependiendo del desencadenante y de las bases tanto psicológicas como fisiológicas, podemos experimentar muchas clases distintas de hambre. Veamos las más comunes.

1. Hambre celular

El hambre celular, también conocida como física o fisiológica, es aquella asociada directamente a una disminución de las reservas de glucógeno. Así pues, se trata del hambre más vinculada a la supervivencia, pues se desencadena con motivo de que en la circulación sanguínea no disponemos de los suficientes nutrientes como para satisfacer las necesidades energéticas de nuestras células. Por tanto, el hambre celular es una señal de alerta del cuerpo ante los niveles bajos de determinados nutrientes, especialmente hidratos de carbono.

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2. Hambre emocional

El hambre emocional, conocida también como “hambre del corazón”, es un tipo de hambre psicológica. Realmente, no existe una necesidad física de comer, pero a raíz de nuestra inestabilidad psicológica emergen las sensaciones que asociamos con el hambre. Se trata de un hambre asociada al malestar emocional.

Generalmente, se trata de un hambre que emerge como respuesta al estrés o la tristeza, viendo la comida como una herramienta reconfortante y, por tanto, haciendo que el cerebro nos lleve a sentir hambre pese a que a nivel fisiológico no exista la necesidad de comer, al estar los requerimientos energéticos y nutricionales cubiertos.

3. Hambre mental

El hambre mental es aquella que, estando ligada también con nuestra psicología, se basa en los pensamientos voluntarios que nos llevan a querer comer. A diferencia del anterior tipo, más asociada a emociones incontrolables e involuntarias, en este caso son nuestros pensamientos los que nos llevan a determinar que “debería comer” y, por tanto, forzamos al organismo a experimentar la sensación de hambre.

4. Hambre estomacal

El hambre estomacal es aquella en la que las reacciones fisiológicas se basan en las sensaciones en el estómago, sintiendo un vacío que es, en realidad, la principal experimentación física de cómo el cerebro nos está alertando de que necesitamos comer. Muy asociada con el hambre celular, es el tipo de hambre más evidente de todos, pues realmente sentimos vacío, presión, hormigueo e incluso un leve dolor estomacal que nos empuja a silenciar este malestar comiendo.

Ahora bien, es totalmente cierto que el hambre emocional o mental también puede expresarse con estas sensaciones estomacales, pues debemos tener en cuenta tanto que el estrés y la ansiedad juegan un rol importante en qué experimentamos en el estómago como que los pensamientos de “es hora de comer” pueden desencadenar dichas sensaciones pese a que realmente no exista una necesidad puramente fisiológica de comer.

5. Hambre bucal

El hambre bucal es aquella en la que el principal desencadenante de esta sensación es el sentido del gusto. El anhelo por sentir sabores y experimentar texturas de los alimentos que más nos gustan nos hace tener hambre. Aunque no exista la necesidad fisiológica de seguir comiendo, las sensaciones bucales y gustativas que experimentamos nos llevan a seguir sintiendo hambre porque queremos seguir disfrutando de la comida.

El deseo de comer dirige todo el proceso, pudiendo también ser problemático ya que es precisamente este placer el que puede desencadenar problemas con la comida que, a su vez, nos lleven a presentar posibles problemas de sobrepeso.

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6. Hambre olfativa

El hambre olfativa es aquella en la que el principal desencadenante de esta sensación es el sentido del olfato. En este caso, más que el gusto de los alimentos en nuestra boca, quien dirige todo el proceso son los olores. Y aunque gusto y olfato estén estrechamente relacionados, sentimos hambre sin necesidad de llevarnos nada a la boca, pues un simple olor de la comida que nos gusta es suficiente para despertar en nosotros hambre y sin que haya realmente una necesidad fisiológica de comer.

7. Hambre visual

El hambre visual, también conocida como hambre ocular, es aquella en la que el principal desencadenante de esta sensación es el sentido de la vista. En este caso, no es necesario estar comiendo y sentir sabores ni siquiera oler comida, basta con visualizarla. Ver, de forma real o en imágenes o vídeo, una comida que nos gusta es suficiente como para despertar en nosotros hambre sin que haya realmente una necesidad fisiológica de cubrir la demanda energética. Es, como se suele decir, “comer por los ojos”.

8. Hambre auditiva

El hambre auditiva es aquella en la que el principal desencadenante de esta sensación es el sentido del oído. No hace falta saborear, oler ni siquiera ver un plato que nos gusta. Basta con escucharlo. Ya sea el crujir de un pan recién hecho, el sonido de unas patatas friéndose o el sonido del jamón siendo cortado. En este caso, podría decirse que “comemos por los oídos”. Y es que los sonidos son más importantes de lo que creemos en el proceso de comer, pudiendo incluso despertar hambre en nosotros sin que realmente exista una necesidad fisiológica.

9. Hambre táctil

Seguramente, la más extraña de todas. El hambre táctil es aquella en la que el principal desencadenante de estas sensaciones es el sentido del tacto. No hace falta saborear, oler, ver ni siquiera oír. Basta con tocar y sentir la textura de una comida que nos gusta para que esto sea lo que nos lleve a sentir hambre incluso sin que haya una necesidad fisiológica. Siguiendo en la línea que llevábamos, sería algo así como “comer por las manos”.

10. Hambre por aburrimiento

Y terminamos con una forma especial de hambre que todos hemos sentido alguna vez. Se trata de una forma de hambre de origen psicológica que no está asociada ni al malestar emocional (como el hambre de corazón) ni a los pensamientos forzados (como el hambre mental), sino que simplemente sentimos hambre porque estamos aburridos. Así, comer es visto por el cerebro como una forma de realizar una actividad que nos haga salir de este aburrimiento.

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