¿Qué es la Psiconutrición? La relación entre la mente y la alimentación

La psiconutrición es un campo de estudio que trata de comprender cómo nos relacionamos con la comida. Es una disciplina que tiene en cuenta factores no solo físicos, sino también emocionales y conductuales, que influyen en nuestra alimentación.

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Cuando nos alimentamos ingerimos alimentos que nos permiten suplir las necesidades del organismo, de forma que este pueda obtener energía y desarrollarse de forma saludable. En el caso de los seres humanos, la alimentación depende de diversos factores, tales como la edad, los gustos, la actividad física, los recursos económicos o el área geográfica, ya que no en todos los lugares se dispone de las mismas materias primas.

Sin embargo, hay un aspecto que repercute profundamente en nuestra forma de comer y que, sin embargo, solemos pasar por alto. Hablamos de nuestras emociones. La alimentación no es, en absoluto, una necesidad fisiológica que tratemos de cumplir de manera automatizada. Lejos de ser robots, somos humanos y por ello nuestro estado psicológico puede modular la forma en la que nos relacionamos con la comida.

Esto explica, por ejemplo, por qué cuando estamos tristes tendemos a inclinarnos por cierto tipo de alimentos o por qué cuando salimos de un estresante día de trabajo o una discusión con alguien comemos de manera compulsiva. La relación entre emoción y alimentación es conocida por muchos profesionales, lo que ha permitido que disciplinas como la psicología y la nutrición establezcan una estrecha conexión para comprender mejor cómo comemos.

En este artículo vamos a hablar acerca de un campo muy fructífero en esta dirección, que recibe el nombre de Psiconutrición. Vamos a ver en qué consiste y qué nos puede aportar para comprender la alimentación desde una visión más amplia y holística.

¿Qué es la Psicología de la Nutrición?

La psiconutrición, también conocida como psicología de la alimentación, se define como un campo de estudio que trata de comprender cómo nos relacionamos con la comida. De esta manera, trata de adoptar una perspectiva que tenga en cuenta los aspectos emocionales y conductuales que repercuten en nuestra forma de comer.

Lejos de limitarse a explicar y abordar los llamados Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), la psiconutrición también permite entender nuestros hábitos de alimentación en circunstancias cotidianas. Afortunadamente, no todos sufrimos trastornos de la alimentación, pero si experimentamos alteraciones en nuestra forma de nutrirnos en base a los cambios psicológicos que vivimos.

La ansiedad por la comida, los atracones, la insatisfacción con el propio cuerpo o los terribles efectos de la cultura de la dieta son algunos de los puntos que se analizan desde la visión de la psiconutrición. Desde siempre hemos recibido el mensaje de que comer saludable tiene que ver con hacer dietas restrictivas en las que se clasifican los alimentos en “buenos” y “malos”, sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Una relación saludable con la alimentación implica saber escuchar al propio cuerpo, respetarlo, cuidarlo y trabajar con nuestras emociones, en lugar de guiarnos por reglas rígidas que nos obligan a comer de determinada manera para encajar en un ideal de delgadez absurdo e inalcanzable que nada tiene que ver con la salud. La alimentación es, muchas veces, un reflejo de cómo nos sentimos a nivel emocional. Por ello, el enfoque de la psiconutrición está más que justificado.

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Cómo nos puede ayudar la psiconutrición

Este interesante campo tiene numerosas aplicaciones y puede ayudarnos en dos aspectos especialmente destacados:

1. Mejora la relación con la comida

En primer lugar, la psiconutrición permite mejorar la manera en la que nos relacionamos con los alimentos. De esta manera, podemos adquirir herramientas que nos permitan gestionar las emociones para evitar caer en hábitos alimentarios perjudiciales.

2. Ayuda a reducir el hambre emocional

El hambre emocional, de la cual hablaremos a continuación, puede convertirse en un serio problema de salud. Las personas que comen guiadas por sus emociones suelen dejarse llevar por impulsos, por lo que en lugar de lidiar con sus estados emocionales optan por taparlos con un reforzador tan potente e inmediato como es la comida. Esto no solo impide que las personas aprendan a relacionarse con sus emociones, sino que puede desembocar en problemas de salud como la obesidad, ya que el hambre emocional suele empujarnos a ingerir productos ricos en azúcares y grasas.

El hambre emocional

Como acabamos de plantear, un concepto muy interesante que se aborda desde esta perspectiva es el del hambre emocional. A nivel general, comer emocionalmente implica utilizar los alimentos como una herramienta para lidiar con nuestros estados emocionales en lugar de para saciar el apetito.

La comida es para nosotros, en muchas ocasiones, una vía de escape cuando nos sentimos estresados, agobiados o preocupados. Todos de vez en cuando podemos caer en la comida como solución, aunque cuando ésta se convierte en la única estrategia de la que disponemos para gestionar cómo nos sentimos podemos desarrollar un importante problema alimentario.

Cuando somos niños es infrecuente que nos eduquen para aprender a hablar y gestionar nuestros sentimientos. Así, a medida que nos hacemos adultos, crecemos sin un adecuado bagaje de herramientas que resulten saludables para regularnos. Ante semejante carencia, la comida se presenta como un potente reforzador con efectos inmediatos, que nos ayuda a rebajar el enfado, la tristeza o la preocupación.

Esto no es sorprendente, ya que desde los primeros años de vida nos enseñan a comer de una manera emocional. Por ejemplo, se nos da una chocolatina por habernos portado bien o se nos calma con un helado cuando tenemos una rabieta. Todo ello nos lleva a adquirir estrategias que no son adaptativas y nos impiden relacionarnos con la comida de forma adecuada.

Añadido a todo lo que venimos comentando, cuando llevamos a cabo conductas tales como atracones de comida basura, tendemos a experimentar un enorme sentimiento de culpa, que no hace más que empeorar nuestra situación inicial. Esto puede llevarnos a poner en marcha estrategias para compensar lo que hemos comido, tales como vómitos o empleo de productos laxantes. De esta manera, entramos en un peligroso círculo vicioso que da pie a un TCA.

En definitiva, se nos enseña a comer en función de nuestras emociones, lo que repercute en nuestro bienestar psicológico, pero también en nuestra salud física. Comer por impulsos y sin una conciencia real de las señales de hambre-saciedad del organismo puede conducir no sólo a un aumento de peso, sino también a enfermedades como la diabetes.

Desde luego, las emociones y los alimentos están irremediablemente ligados. La comida no sólo nos calma ante el malestar, sino que es un elemento que une a las personas y protagoniza infinidad de eventos sociales. No hay nada de malo en ello, siempre y cuando comamos desde la conciencia y el disfrute y no desde el impulso. La relación con la comida debe vivirse de una manera flexible, serena y placentera, pero esta nunca debe ser el camino para tapar nuestro mundo interior.

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Cómo diferenciar el hambre física del hambre emocional

Debido a todo lo que hemos comentado, todos somos, en cierta forma, tendentes a comer de una forma emocional. Hemos aprendido a alimentarnos de una u otra forma dependiendo de nuestro estado anímico, un patrón que no es fácil de desaprender.

Sin embargo, el hambre emocional no nos permite resolver nuestros estados emocionales. El placer que nos brindan los alimentos es instantáneo pero muy poco duradero, por lo que enseguida volvemos a sentirnos mal con el añadido de la culpa, que aparece por haber ingerido alimentos de forma impulsiva sin apetito. Por todo ello, puede ser interesante aprender a discriminar cuándo sentimos hambre emocional y cuándo esta es realmente física.

Por un lado, el hambre física se caracteriza porque aparece de manera gradual, de forma que somos capaces de esperar a ingerir el alimento. Dado que es un hambre fisiológica, esta se calmará con cualquier alimento, que ingerimos de manera consciente sin que después lleguen sentimientos de culpa por haber comido.

Por el contrario, el hambre de tipo emocional es aquel que aparece con una urgencia muy marcada. Sentimos antojos que no pueden esperar, por lo que es un apetito que no se sacia hasta que comemos ese alimento que tanto nos apetece. Dado que esta señal de hambre emocional nos lleva a comer con mucha ansia, solemos ingerir más cantidad de la que normalmente solemos consumir. Esto se debe a que es un proceso guiado por un impulso y no por una decisión consciente. Por todo ello, cuando ya hemos terminado de comer solemos experimentar malestar emocional.

Qué hacer si sufres problemas en tu relación con la comida

Si crees que la relación que mantienes con la comida no es saludable e identificas algunos de los patrones que hemos comentado, es importante que recurras a la ayuda de un profesional. Lo ideal es que cuentes con la ayuda de un equipo multidisciplinar, donde haya al menos un psicólogo y un nutricionista. Este tipo de profesionales pueden ayudarte a restaurar hábitos alimentarios correctos y gestionar tus emociones mediante otros canales ajenos a la comida.

Recuerda que no es fácil dejar atrás patrones de relación con los alimentos que te han acompañado desde la niñez. Sin embargo, esto no significa que crear hábitos de alimentación saludables y aprender a gestionar tus emociones sin recurrir a la comida sea misión imposible. El hecho de que poseas conciencia de algo no va bien y desear cambiarlo es un excelente primer paso para reconciliarte contigo mismo y empezar a sentirte sano a nivel físico y emocional.

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