Los 5 tipos de Hipertensión Arterial: causas, síntomas y tratamiento

La hipertensión arterial es un trastorno cardiovascular en el que la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de los vasos sanguíneos es demasiado elevada, situación que incrementa el riesgo de complicaciones para la salud.

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Una enfermedad cardiovascular es toda aquella patología que afecta a la estructura y/o fisiología del corazón o de los vasos sanguíneos, con una gravedad que radica en el hecho de que afectan directamente al sistema circulatorio humano, aquel conjunto de órganos y tejidos que se encargan de hacer llegar el oxígeno y los nutrientes a todo el organismo.

Por ello, no es de extrañar que, teniendo en cuenta también su elevada incidencia, los trastornos cardiovasculares sean la principal causa de muerte en el mundo. Es más, solo la insuficiencia cardíaca y los accidentes cerebrovasculares son responsables de 15 de las 56 millones de muertes anuales en todo el mundo. Así pues, está claro que conocer y prevenir estas enfermedades debe ser una prioridad pública.

Existen muchas enfermedades cardiovasculares distintas, como el infarto de miocardio, la cardiopatía isquémica, la embolia pulmonar, el accidente cerebrovascular, la insuficiencia cardíaca, las arritmias, la vasculitis, etc, pero si hay un trastorno especialmente relevante precisamente porque es, a la vez, desencadenante y factor riesgo de muchas otras patologías en el sistema circulatorio ese es la hipertensión arterial.

Definida como una situación patológica en la que la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de los vasos sanguíneos es demasiado elevada, la hipertensión arterial es una de las principales causas detrás de la mayoría de casos de enfermedad cardiovascular. Por ello, en el artículo de hoy y, como siempre, de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, vamos analizar sus bases clínicas y a indagar en su clasificación. Vamos allá.

¿Qué es la hipertensión arterial?

La hipertensión arterial es un trastorno cardiovascular en el que la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de las arterias es demasiado alta. Así, la presión arterial se encuentra en valores superiores a los normales, lo suficientemente altos como para que dicha situación acarree posibles complicaciones y problemas de salud a nivel cardiovascular.

Por presión arterial alta y, por tanto, hipertensión, entendemos aquella situación en la que las medidas de presión arterial están por encima de 130/80 mm Hg la mayoría de veces. El número alto (130) hace referencia a la presión arterial sistólica (cuando el corazón late); y el bajo (80), a la presión arterial diastólica (entre latidos). Para hablar de hipertensión, ambos números deben estar por encima, si solo uno de ellos es superior, hablamos simplemente de presión arterial elevada, pero no de un trastorno como tal.

Como vemos, la presión arterial viene determinada tanto por la cantidad de sangre que está bombeando el corazón como por el grado de resistencia que ofrecen las arterias al flujo sanguíneo. Por tanto, cuanta más sangre bombee el corazón pero también cuanto más estrechas sean las arterias, más probable será que exista un problema de hipertensión.

Existen muchas causas distintas, las cuales analizaremos en profundidad cuando veamos su clasificación, pues esta depende de dichas causas, pero también es esencial conocer que existen factores de riesgo importantes que predisponen a la persona a padecer esta situación, como por ejemplo la edad (el riesgo aumenta a medida que envejeces), tener antecedentes familiares, sufrir sobrepeso (u obesidad), fumar, llevar una vida sedentaria, hacer excesos con el alcohol, comer mucha sal (no es causa directa como se suele decir, pero sí un factor que, con predisposición, puede afectar), llevar una dieta con bajo contenido en potasio e incluso experimentar estrés psicológico.

Como vemos, muchos de los factores de riesgo son controlables, lo que significa que, al menos hasta cierto punto y aunque dependa también de cómo afecten los factores incontrolables (aquellos más vinculados a la genética), la hipertensión es, en parte, prevenible adoptando estilos de vida saludables, haciendo deporte, siguiendo una alimentación saludable, mitigando el estrés, controlando el peso, etc.

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Esto es muy importante porque la hipertensión es un trastorno no ligado a sintomatología. La presión arterial alta no da síntomas ni signos clínicos por sí sola. Hay pacientes que pueden presentar señales como dolor de cabeza, sangrado nasal o dificultades para respirar, pero es poco habitual y, además, esto ocurre cuando la hipertensión ha derivado en complicaciones cardiovasculares más graves. Y es aquí cuando viene la verdadera relevancia clínica de la presión arterial alta.

Porque sin tratamiento, un caso severo de hipertensión arterial, con el tiempo, puede, por los daños que este exceso de presión ocasiona en las paredes de las arterias, aumentar el riesgo de sufrir insuficiencia cardíaca, aneurismas, infartos de miocardio, accidentes cerebrovasculares, síndrome metabólico, pérdida de vista, demencia vascular (por la limitación del flujo de sangre al cerebro), problemas de memoria, etc. Y algunas de estas complicaciones, como es obvio, pueden resultar potencialmente fatales para la persona.

De ahí que sea esencial, teniendo en cuenta que la hipertensión por sí misma no da síntomas, que, llegados a cierta edad se realicen chequeos médicos periódicos (con los tradicionales brazaletes inflables) para analizar la presión arterial, especialmente en personas que cumplen con factores de riesgo. En caso de que se detecte esta situación, se realizarán pruebas complementarias para confirmar y determinar la posible existencia de trastornos subyacentes a través de análisis de sangre y/o de orina, dispositivos que monitorean durante 24 horas, electrocardiograma o ecocardiograma.

En caso de que se diagnostique definitivamente la hipertensión, debe empezar el tratamiento, que dependerá de la gravedad y naturaleza de la afección. Habrá ocasiones en las que sea suficiente con cambios en el estilo de vida (comer saludable, hacer deporte, reducir el alcohol, dejar de fumar, mantener un peso corporal adecuado, realizar ejercicios contra el estrés…), pero hay veces donde esto no es suficiente y hay que recurrir a otras terapias complementarias.

En este caso, se contempla ya el tratamiento farmacológico, que se reserva para parecientes de más de 65 años o menores de 65 años que presentan un riesgo de un 10% de desarrollar complicaciones cardiovasculares severas. Existen muchos medicamentos distintos (diuréticos, bloqueadores de los canales de calcio, antagonistas de receptores de angiotensina II, vasodilatadores, etc), pero uno de los más usados es el Enalapril, un fármaco que inhibe la función de una enzima que comprime los vasos sanguíneos. Gracias a esta acción, se consigue ensanchar los vasos sanguíneos para que la sangre fluya mejor y la presión arterial disminuya.

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¿Qué clases de hipertensión arterial existen?

Hemos asentado las bases clínicas de la hipertensión arterial, pero como hemos dicho, existen causas distintas que la desencadenan y que, a la vez, definen los distintos tipos de hipertensión arterial que existen. Y a continuación, pues, vamos a analizar la clasificación de este trastorno cardiovascular.

1. Hipertensión arterial idiopática

Por hipertensión arterial idiopática, esencial o primaria entendemos todo aquel caso de presión arterial alta que no tiene una causa identificada, pues su aparición se debe a una compleja interacción de factores biológicos, genéticos, psicológicos y de estilo de vida. Pero no hay un desencadenante claro. Es la forma más común, pues el 90% de los casos de hipertensión diagnosticados no tienen una causa identificable.

2. Hipertensión arterial secundaria

Por hipertensión arterial secundaria entendemos todo aquel caso de presión arterial alta que sí que tiene una causa identificada. Es la forma menos común, pues solo el 10% de los casos de hipertensión diagnosticados tienen un desencadenante claro e identificable. Tiene la “ventaja”, en comparación con la idiopática, que el tratamiento no solo se centra en reducir la presión arterial, sino que, como la tenemos identificada, podemos abordar también la situación que ha desencadenado la hipertensión.

Existen muchas causas distintas, como pueden ser trastornos renales, patologías endocrinas (desregulaciones en la síntesis y liberación de hormonas), trastornos de origen psicológico (como el estrés), enfermedades neurológicas (como un aumento de la presión intracraneal), alteraciones vasculares, abuso de sustancias (básicamente alcohol, tabaco y cocaína), consumo de medicamentos (muchos fármacos tienen el incremento de la presión arterial como efecto secundario) e incluso estar embarazada.

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3. Hipertensión de etapa 1

La hipertensión de etapa 1 apela a aquella modalidad del trastorno en la que los valores de presión sistólica (cuando el corazón late) oscilan entre 130 y 139 mm Hg, al tiempo que los de presión diastólica (entre latidos) se encuentran entre 80 y 89 mm Hg. Se trata de la forma más leve de la patología, pues la presión arterial es alta pero el riesgo de complicaciones cardiovasculares no es demasiado elevado.

4. Hipertensión de etapa 2

La hipertensión de etapa 2 apela a aquella modalidad en la que los valores de presión sistólica están por encima de 140 mm Hg y los de presión diastólica, por encima de 90 mm Hg. Superados estos valores, se entiende que el trastorno es grave, pues la presión arterial alta es suficientemente elevada como para que el riesgo de complicaciones cardiovasculares se dispare.

5. Crisis hipertensiva

Una crisis hipertensiva es, a diferencia de las dos anteriores modalidades, una urgencia clínica. Se define como aquella situación en la que los valores de presión arterial se encuentran por encima de los 180/120 mm Hg. En ese momento, sí que pueden haber síntomas tales como entumecimiento, dolor de pecho, problemas de visión, etc. Es esencial llamar a las emergencias, pues esta crisis puede resultar fatal para la persona.

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