Positividad Tóxica: ¿qué es y cómo nos afecta?

La positividad tóxica encuentra su origen en la psicología positiva inaugurada por Martin Seligman. Desde esta perspectiva, la felicidad se ensalza como el único sentimiento válido, quedando las demás emociones relegadas a un segundo plano.

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La sociedad actual en la que vivimos se caracteriza por elaborar una realidad azucarada, recubierta de una máscara de felicidad perpetua donde todo es éxito y productividad. Aunque este retrato filtrado del mundo que nos rodea puede parecer inofensivo, lo cierto es que esconde más problemas de lo que parece.

La vida y la psicología humana son demasiado complejas como para resolver todos nuestros problemas con un “todo saldrá bien”. El abanico de emociones que podemos experimentar es muy amplio, por lo que más allá de la alegría existen otros muchos estados emocionales posibles. Aunque desde esta corriente positiva se suelen demonizar las llamadas emociones “negativas” (ira, tristeza, culpa…), estas no tienen nada de malo. Por el contrario, son igual de necesarias que aquellas que se etiquetan como positivas (alegría, amor, orgullo…).

Es decir, todas nuestras emociones cumplen una función y por ello no debemos prescindir de ninguna. Cada una de ellas nos transmite un mensaje y nos ayuda a responder a la situación en la que nos encontramos de manera eficaz. Sentir tristeza nos ayuda a llamar la atención de los otros y recibir su ayuda, la culpa nos impulsa a reparar el daño que hemos causado y la ira nos hace movilizarnos para defendernos ante el peligro y las amenazas.

¿Qué es la positividad tóxica?

La intensa positividad imperante en la actualidad ignora una parte necesaria de nuestra naturaleza como seres humanos y nos culpabiliza de manera implícita por sentir emociones que, además de naturales, son adaptativas. De esta manera, vivimos con unas expectativas respecto a cómo nos deberíamos sentir que no se ajustan a la realidad.

La positividad tóxica encuentra su origen en la llamada psicología positiva, una corriente inaugurada por Martin Seligman que desde sus inicios no ha estado exenta de controversia. Desde esta perspectiva, la felicidad se ensalza como el único sentimiento válido, quedando las demás emociones relegadas a un segundo plano.

Esta tendencia ha calado enormemente entre la sociedad actual, con un especial impacto en las redes sociales. En ellas, infinidad de usuarios, algunos con gran repercusión, exponen públicamente una vida repleta de vivencias envidiables, alegría, diversión, realización personal, belleza…En definitiva, vidas perfectas sin un sólo resquicio de dolor, malestar, fracaso o tristeza.

En este artículo vamos a reflexionar acerca de la positividad tóxica y la manera en la que esta se encuentra configurando un mundo cada vez más individualista y carente de empatía.

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Psicología positiva y positividad tóxica

Hace algunos años, el psicólogo estadounidense Martin Seligman impulsó el desarrolló de la llamada psicología positiva, una corriente enfocada en el estudio científico del bienestar psicológico y la felicidad, así como de las fortalezas y virtudes humanas. De acuerdo con Seligman, la psicología necesitaba dejar de enfocarse en lo patológico y empezar a indagar en aquello que nos hace felices. Para él, el pesimismo es una tendencia aprendida a lo largo de la vida que puede transformarse hacia un pensamiento más positivo.

Aunque la idea original propuesta por el estadounidense parece interesante, el discurso se ha ido distorsionando con el tiempo hasta configurar una positividad que, lejos de contribuir a nuestro bienestar, puede resultar altamente perjudicial. Así, es habitual escuchar expresiones cotidianas como “no llores”, “todo irá bien”, “todo tiene un lado positivo”, “podría ser peor”...

Estos mensajes, si bien suelen emitirse de forma bienintencionada, pueden resultar dañinos e invalidar las emociones de personas que se encuentran sufriendo por distintas circunstancias. En cierta forma, llevan implícita la imposición de la felicidad y la alegría independientemente de la situación particular de cada individuo. Cuando alguien de nuestro entorno está atravesando un momento difícil en su vida, es importante brindarle nuestra escucha, validar cómo se siente y ofrecerle un apoyo sincero sin frases vacías.

La validación emocional pasa por reconocer el sentido que las respuestas emocionales de una persona tienen dentro de su historia de vida y su contexto, desde una postura empática y libre de juicios, críticas o trivializaciones. Por ejemplo, si alguien está sufriendo por el diagnóstico de una enfermedad crónica que no es mortal, no debemos responder con un “hay personas con enfermedades peores, mira el lado bueno de lo que te pasa”, sino tratar de escuchar cómo se siente, reconocer su angustia y permitirle que comunique abiertamente su preocupación por la noticia que ha recibido.

En definitiva, cuando caemos en esta tendencia podemos cometer el error de obviar la realidad de la persona que tenemos enfrente, analizando su situación desde nuestra perspectiva sin profundizar en cómo y por qué ha llegado al punto donde se encuentra.

Cómo nos puede perjudicar la positividad tóxica

Negar continuamente cómo nos sentimos implica luchar todo el tiempo contra nuestros propios estados emocionales, sin permitirnos aceptar cómo nos sentimos en cada momento de forma abierta.

Tratar de ocultar o hacer desaparecer emociones como la tristeza o la ira sólo permitirá acrecentar el malestar. Con el tiempo, esta estrategia termina por desgastarnos y generarnos un doble sufrimiento. Por un lado, la emoción en sí misma que tratamos de eliminar; por otro, la culpa que sentimos por experimentarla.

Es por este motivo que una buena salud mental requiere aceptar como naturales los momentos de tristeza, enfado, frustración, fracaso, etc. En definitiva, integrar las dificultades y los tropiezos como una parte más de la vida nos hace el camino más fácil. Tal y como adelantamos anteriormente, el abanico de emociones que poseemos es muy diverso y todos y cada uno de los estados que experimentamos nos ayudan a obtener información sobre el entorno y nosotros mismos.

Por todo lo que venimos comentando, esta positividad llevada al extremo puede dañarnos de diferentes formas:

  • Deterioro de la salud física y mental: La evidencia científica apunta a que la represión de nuestras emociones puede generar elevados niveles de estrés en el organismo. En los casos más severos, no reconocer ni dar salida a nuestras emociones puede aumentar el riesgo de desarrollar problemas psicológicos como la depresión.

  • Aislamiento social: Recibir continuamente mensajes subliminales que nos hacen sentir culpables por no estar felices puede inhibir nuestra tendencia a buscar ayuda. Así, puede que no nos sintamos capaces de pedir apoyo a las personas de nuestro entorno o a un profesional de salud mental por temor a sentirnos juzgados.

  • Menor habilidad para resolver conflictos: La positividad tóxica trata de ignorar la existencia de conflictos, desviando el foco únicamente hacia lo positivo. De esta manera, es posible que nos sintamos incapaces de afrontar este tipo de situaciones en la vida real, optando por obviarlas en lugar de resolverlas de manera eficaz.

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Alternativas a la positividad tóxica

La pregunta que cabe hacernos en este momento es si realmente existe una manera alternativa de lidiar con nuestras emociones. La respuesta es: sí.

  • Aceptar la ambivalencia: Rara vez una situación nos genera únicamente sentimientos “positivos” o “negativos”. La vida no suele darse en términos de blanco o negro y nuestras emociones tampoco. Más bien, solemos movernos en una escala de grises, donde hay cabida para distintos tipos de emociones de forma simultánea. Por ello, es interesante aprender a aceptar la ambivalencia que podemos sentir en determinados momentos y reconocer que no siempre nos limitamos a sentir únicamente alegría o satisfacción. Por ejemplo, un cambio de trabajo puede despertarnos una enorme ilusión por el nuevo empleo y, a la vez, profunda tristeza por el puesto que abandonamos.

  • Expectativas ajustadas a la realidad: Esperar que en la vida todo nos vaya increíblemente bien, sin tropiezos o caídas, implica adoptar unas expectativas muy alejadas de la realidad. Esto puede producir una enorme frustración por no alcanzar ese ideal que se supone otras personas consiguen. En su lugar, parece más adecuado optar por una visión realista, marcándonos metas razonables y potencialmente alcanzables, sin idealizaciones.

  • Validación emocional: Como ya comentamos, la validación emocional es esencial para nuestra salud mental y la de los demás. Así, en lugar de premiar las emociones calificadas como positivas y castigar aquellas etiquetadas como negativas, es necesario aceptar que todos nuestros estados emocionales son necesarios y cumplen una función. Aceptar cómo nos sentimos o cómo se sienten los demás es un primer paso para comenzar a gestionarlas de la manera adecuada.

Conclusiones

En este artículo hemos hablado acerca de la positividad tóxica, una tendencia que ha ido en aumento en los últimos años y se ha ido distorsionando a partir de la noción de psicología positiva de Martin Seligman. Esta manera de concebir las emociones y la vida parece inofensiva. Sin embargo, puede resultar altamente dañina, pues es fácil caer en la invalidación de los estados emocionales propios y de los demás cuando estos no pertenecen a las mal llamadas emociones positivas.

Desde esta positividad llevada al extremo se califican erróneamente las emociones como positivas o negativas, ensalzando la felicidad como el estado central y demonizando otros como la tristeza o la rabia. Desde esta perspectiva se tiende a ocultar u obviar las emociones desagradables, de manera que estas no son reconocidas y por tanto no son adecuadamente gestionadas. Dado que todas las emociones cumplen una función necesaria, ignorar algunas de ellas puede suponer una amenaza para nuestra salud mental.

La sociedad actual se encuentra impregnada de esta visión de positividad radical, que ha calado especialmente en el mundo de las redes sociales, donde se nos ofrece una realidad filtrada, azucarada y censurada.

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