Sentido del oído: características y funcionamiento

Los oídos son los órganos sensoriales capaces de transformar las vibraciones acústicas en señales nerviosas que viajan hasta el cerebro, el órgano que las procesará para que podamos oír.
Sentido oído

Como seres vivos que somos, los seres humanos cumplimos con tres funciones vitales: nutrición, relación y reproducción. Y en lo que a relación se refiere, los sentidos son los mecanismos fisiológicos clave para comunicarnos con el medio y responder a lo que sucede a nuestro alrededor.

Y de entre los cinco sentidos, el del oído es uno de los que más sentido tiene (nunca mejor dicho) a nivel evolutivo y animal. Y es que disponer de estructuras que permitan convertir las vibraciones acústicas en estímulos que nos sirvan para localizar sonidos es, en todos los ámbitos de la vida, prácticamente imprescindible.

Desde huir de peligros hasta comunicarnos verbalmente con otras personas, el sentido del oído es pieza fundamental de nuestra naturaleza. Pero, ¿cómo funciona realmente? ¿Cómo convertimos las ondas del aire en impulsos nerviosos asimilables para el cerebro? ¿Qué estructuras del oído participan en ello?

En el artículo de hoy nos embarcaremos en un apasionante viaje para analizar las bases neurológicas del sentido que nos permite captar estímulos acústicos del medio y que tiene en los oídos los órganos sensoriales que lo hacen posible.

¿Qué es el sentido del oído?

Los sentidos son el conjunto de procesos fisiológicos propios del sistema nervioso que nos permiten captar estímulos del medio, es decir, percibir información de lo que sucede a nuestro alrededor para, tras ello, actuar y responder de forma adecuada a lo que pasa en el exterior.

Por lo tanto, los sentidos nacen de la interconexión de neuronas, estableciendo una ruta desde los órganos sensoriales (donde se genera y codifica el mensaje nervioso) hasta el cerebro, el órgano que descodifica la información eléctrica recibida y que, en última instancia, nos permite experimentar la sensación en cuestión.

En este contexto, cada sentido está vinculado a un órgano sensorial, que son estructuras de nuestro organismo con la asombrosa capacidad de convertir información física, química o táctil en impulsos nerviosos asimilables para nuestro sistema nervioso central.

Y de todos, los oídos son los que están especializados en el desarrollo del sentido del oído, aquel que permite convertir las vibraciones acústicas del medio en unas señales nerviosas que, tras ser procesadas por el cerebro, se traducirán en la experimentación de sonidos.

Y es que el sonido consiste en, básicamente, ondas que viajan por el aire después de que una fuente generadora del sonido haya liberado vibraciones en el medio. Estas ondas llegan a nuestros oídos y, tras la actuación de unas estructuras que analizaremos a continuación, estos órganos codifican las señales acústicas en mensajes nerviosos que serán descodificados en el cerebro.

En resumen, el sentido del oído es aquel conjunto de procesos neurológicos que nos permite convertir una información física (vibraciones en el medio aéreo) en unas señales eléctricas que, tras llegar al cerebro y ser procesadas por él, nos permitirán experimentar los sonidos en sí. Quien oye realmente es el cerebro.

Sonido

¿Cómo funciona el sentido del oído?

El resumen de su funcionamiento es muy sencillo: los oídos convierten unas vibraciones físicas en unas señales nerviosas que viajarán al cerebro y, una vez ahí, serán procesadas para experimentar la sensación del sonido.

Ahora bien, como es de esperar, las bases neurológicas de este sentido (y de todos los demás) son muy complejas. De todos modos, aquí vamos a explicarlas de forma clara y sencilla pero sin dejarnos nada importante por el camino. Por ello, dividiremos su funcionamiento en dos fases. La primera consiste en los procesos que permiten a los oídos convertir las vibraciones del aire en señales nerviosas y la segunda, en cómo este impulso eléctrico viaja al cerebro y es procesado. Vamos allá.

1. Las vibraciones acústicas se convierten en señales eléctricas

Como ya hemos comentado, lo que nosotros interpretamos como sonidos (tras la actuación del cerebro) no son más que ondas que viajan por un fluido, el cual suele ser el aire. Por lo tanto, todo empieza con unas ondas que se propagan por el aire después de que una fuente generadora de sonido las haya emitido.

Y cuando esto sucede, estas ondas llegan a nuestros oídos, que son los únicos órganos sensoriales del cuerpo capaces de convertir las vibraciones acústicas en impulsos nerviosos entendibles para el cerebro. En el caso del oído humano, es capaz de percibir sonidos desde los 0 hasta los 140 decibelios y con una frecuencia de entre 40 y 20.000 Hz. Lo que hay por debajo de los 40 Hz no lo podemos percibir (las ballenas, por ejemplo, sí) y lo que hay por encima de 20.000 Hz, tampoco (los perros, por ejemplo, sí).

Pero centrémonos en el oído humano. Se trata de una estructura dividida en tres regiones: oído externo (recibe las vibraciones), oído medio (conduce las vibraciones) y oído interno (transforma las vibraciones en señales eléctricas). Y para entender cómo generamos los sonidos a partir de las ondas, debemos hacer un recorrido por estas tres regiones (solo hablaremos de las estructuras de los oídos implicadas directamente en la audición).

En primer lugar, las vibraciones llegan al pabellón auditivo (la oreja), que actúa como una antena para recoger tantas ondas como sea posible y conducirlas al conducto auditivo. Este conducto auditivo es un un tubo con un diámetro de 10 mm y una longitud de 30 mm que conduce las vibraciones desde el exterior hasta el tímpano, que es la estructura que marca la frontera entre oído externo y medio.

Por ello, en segundo lugar, las vibraciones acústicas tienen que atravesar el tímpano, que es una membrana elástica que, tras la llegada de las ondas sonoras, empieza a vibrar. Como si fuera un tambor. Y gracias a esta vibración y a la acción de los tres huesecillos del oído (los huesos más pequeños de todo el cuerpo conocidos como martillo, yunque y estribo), las ondas llegan al oído medio.

En tercer lugar, las vibraciones llegan a la cavidad timpánica, una región hueca llena de aire y recubierta de mucosa con la función de servir de medio para que las vibraciones continúen su viaje en dirección a la ventana oval, una membrana que marca la frontera entre el oído medio y el interno. Tiene la misma función que el tímpano, que es el de reconducir las vibraciones.

En cuarto lugar, pues, cuando las vibraciones han atravesado la membrana de la ventana oval, entran ya en el oído interno. En este momento, entra en juego la cóclea, también conocida como caracol, una estructura en forma de espiral que constituye una serie de canales que giran sobre ellos mismos y con la importantísima función de amplificar las vibraciones.

Esta cóclea está llena de un fluido. Por ello, a partir de este punto, las vibraciones dejan de transmitirse a través del aire y pasan a fluir a través de un medio líquido, cosa que, junto a la amplificación conseguida, es vital para generar las señales nerviosas.

En quinto lugar, tras haber avanzado por la cóclea, nos encontramos con el órgano de Corti, la estructura que, por fin, se encarga de convertir las vibraciones que fluyen por el líquido en impulsos nerviosos que viajarán hasta el cerebro.

¿Cómo lo consigue? Este órgano de Corti está formado por un tejido mucoso del que sobresalen unas células ciliadas, las cuales son extremadamente sensibles a las vibraciones. Es decir, dependiendo de cómo se la vibración que llegará del líquido, se moverán de una forma u otra.

Y estas células ciliadas comunican, por su base, con unas terminaciones nerviosas. Estas neuronas receptoras captan los movimientos de las células ciliadas y, dependiendo de cómo hayan vibrado, generarán un impulso eléctrico con unas características nerviosas. En otras palabras, crean una señal nerviosa a la medida de la vibración de las células ciliadas.

Por lo tanto, es mediante estas células ciliadas y, en concreto, con las neuronas asociadas, que tiene lugar la conversión de la información acústica en una señal eléctrica. Y en esta señal nerviosa está codificada la información que debe viajar al cerebro para ser procesada.

Oído sentido

2. Las señales eléctricas viajan al cerebro

Después de que las neuronas de las células ciliadas hayan generado un impulso eléctrico a la medida de la vibración física captada, este mensaje tiene que llegar al cerebro para ser procesado y experimentar el sonido en sí. Recordemos que el sonido solo existe en el cerebro.

Y esta llegada al cerebro se consigue mediante la sinapsis, un proceso bioquímico mediante el cual las neuronas se transmiten la información. La neurona de la célula ciliada que ha generado el impulso, debe pasarle esta información a la siguiente neurona de la red del sistema nervioso.

Para hacerlo, libera al medio unos neurotransmisores, que serán captados por esta segunda neurona, la cual, al leerlos, sabrá cómo tiene que activarse, que será con el mismo impulso eléctrico que la primera neurona. Y así una y otra vez, millones de veces, hasta llegar al cerebro.

La sinapsis es tan increíblemente rápida que estos impulsos nerviosos viajan a través de las autopistas neuronales a más de 360 km/h. Y en el caso del sentido del oído, esta autopista tiene nombre y apellido: nervio auditivo.

Este nervio auditivo es el conjunto de neuronas que comunican el oído con el cerebro. Recoge la información nerviosa generada por las neuronas de las células nerviosas y, a través de esta sinapsis, se transmite el mensaje el cerebro.

Una vez ahí, por mecanismos que todavía no comprendemos del todo, el cerebro descodifica y procesa la señal eléctrica para percibir el sonido. Por lo tanto, en cuestión de milésimas de segundo, hemos conseguido convertir una vibración del aire en la experimentación de un sonido.

Sinapsis oído
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