Tratamiento con morfina: qué es, indicaciones y efectos secundarios

La morfina es una potente droga opiácea que puede usarse como medicina para aliviar el dolor de moderado a fuerte. Veamos la información importante de esta sustancia analgésica que altera el modo en que procesamos el dolor.
Tratamiento con morfina

La morfina es una potente droga opiácea que fue aislada por primera vez de la planta de la amapola del opio en diciembre de 1804 gracias a los trabajos de Friederich Sertürner, farmacéutico alemán que le dio el nombre de “morfina” en honor a Morfeo, el Dios griego del sueño, pues esta sustancia producía una intensa somnolencia.

En 1817, Sertürner, a través de su compañía, comercializó la morfina como un analgésico y como una opción de tratamiento para la adicción al alcohol y al opio. Rápidamente se convirtió en el analgésico de preferencia para aliviar el dolor, con un uso muy extendido durante la Guerra de Secesión en Estados Unidos entre 1861 y 1865.

Y a pesar de que unos 400.000 soldados terminaron siendo adictos a la morfina, los médicos seguían usándola como analgésico, antitusivo, antidiarreico e incluso para tratar problemas respiratorios. Pero con el tiempo, se descubrió la fuerte adicción que causaba, motivo por el que empezó su control a comienzos del siglo XX.

Hoy en día, la morfina es considerada una potente droga ilegal que, aun así, sigue siendo una de las drogas con prescripción médica más usadas en todo el mundo debido a sus efectos fisiológicos a la hora de modificar el modo como el cerebro procesa el dolor. Y en el artículo de hoy analizaremos toda la información química importante acerca de los tratamientos con morfina.

¿Qué es la morfina?

La morfina es una potente droga opiácea que se utiliza con frecuencia en el ámbito clínico para el tratamiento del dolor de moderado a fuerte. Se trata del alcaloide que se encuentra en mayor porcentaje en el opio, un extracto de la exudación blanca y lechosa que se obtiene de las cápsulas de la amapola o adormidera.

En el ámbito médico, la morfina únicamente se utiliza para el tratamiento de unos dolores tan fuertes que no pueden controlarse con el uso de otros medicamentos analgésicos. Y es que se trata de una sustancia narcótica muy potente que genera una intensa adicción química.

La morfina, cuya estructura molecular es C17H19NO3 y su nomenclatura IUPAC (International Union of Pure and Applied Chemistry), (5α, 6α)-didehidro-4,5-epoxi-17-metilmorfinan-3,6-diol, actúa sobre los receptores opioides, modificando el modo en el que el cerebro procesa el dolor.

Cuando la morfina llega a estos receptores, reduce las descargas de impulsos eléctricos entre los nociceptores, las neuronas especializadas en el procesamiento y transmisión de los mensajes dolorosos, “adormeciendo” al sistema nervioso central para que la percepción del dolor sea más baja. La morfina, pues, ralentiza la comunicación entre neuronas.

El tratamiento se realiza a través de una administración en una solución líquida (cada 4 horas), en tabletas de liberación prolongada (cada 8-12 horas) y en cápsulas de liberación prolongada (cada 12-24 horas), siendo su consumo por vía oral. También puede administrarse a través de una inyección por vía intramuscular o intravenosa. La biodisponibilidad por vía oral es del 25%, mientras que por vía intravenosa, del 100%.

Sea como sea, pese a que la morfina siga siendo utilizada para mitigar los dolores más fuertes en pacientes que necesiten unos poderosos efectos analgésicos, su utilización va decreciendo a favor de otras drogas sintéticas que presentan menos efectos adictivos.

Morfina
Estructura molecular de la morfina.

¿Cuándo se realiza un tratamiento con morfina?

La morfina es una droga ilegal que se utiliza legalmente con fines medicinales. Es un poderoso analgésico que, en el ámbito hospitalario, puede ser recetado para tratar dolencias que cursan con un dolor de moderado a fuerte que no puede ser aliviado con otros fármacos analgésicos.

En este sentido, el tratamiento con morfina puede contemplarse en pacientes en estado terminal que sufren dolor, enfermedades óseas que ocasionan dolor, casos de cáncer que cursan con dolor, el dolor asociado a golpes, el dolor en el infarto agudo de miocardio, el dolor postoperatorio y, al fin y al cabo, cualquier dolor intenso (agudo o crónico) de moderado a fuerte que limita la vida del paciente y que no puede mitigarse con otros medicamentos.

Antes de iniciar el tratamiento, es importante revisar el historial clínico en busca de alguna de estas situaciones que requieren de un control especial: lesiones cerebrales, taquicardia supraventricular, hipertrofia prostática, disfunción de la vesícula biliar, historial de dependencia a drogas, hipotensión, asma crónica, depresión respiratoria aguda, pancreatitis, fallos renales, inflamación intestinal grave, hipotiroidismo y presión intracraneal aumentada. Todas estas son contraindicaciones o, al menos, situaciones que requieren de un control exhaustivo si se toma morfina.

El médico también debe saber si la persona es alérgica a la morfina o a cualquier otro medicamento, si actualmente esta está tomando algún fármaco, si alguna vez ha sufrido una obstrucción intestinal, convulsiones, dificultad para tragar o problemas hepáticos y si está en época de lactancia.

La morfina generalmente se administra como sulfato de morfina, con una solubilidad de 60 mg/ml, o como clorhidrato de morfina. Y, como hemos visto, sus vías de administración pueden ser orales (por líquido, tabletas o cápsulas), intramusculares, intravenosas, intrarraquídeas, respiratorias, rectales o subcutáneas. Aun así, la vía de administración será elegida por el equipo médico dependiendo de las necesidades, así que en este aspecto no hay de qué preocuparse.

Efectos morfina

¿Qué efectos secundarios tiene el tratamiento con morfina?

La morfina es una droga con un gran poder adictivo, cosa que, junto con el hecho de que presenta efectos secundarios potencialmente graves, hace que su uso solo se recomiende cuando sea de extrema necesidad y no haya otra alternativa.

El dolor de cabeza, la sensación de aturdimiento, los mareos, la boca seca, el nerviosismo, la reducción de las pupilas, la somnolencia y los cambios de humor son efectos secundarios relativamente frecuentes que, si bien no son graves, en caso de que sean extrañamente intensos no desaparezcan con el tiempo, deberíamos comunicarlos a nuestro médico.

Por otro lado, existen otros efectos secundarios algo menos comunes pero ya graves que, en caso de presentarse, debemos solicitar atención médica de inmediato: convulsiones, respiración lenta, largas pausas entre respiraciones, urticaria, sarpullido, picazón en la piel, irregularidad en la menstruación, incapacidad de lograr o mantener una erección, debilidad y fatiga general, falta de apetito, náuseas, vómitos, dificultad para respirar, alucinaciones, fiebre, confusión, taquicardia, temblores, espasmos, rigidez muscular, diarrea, pérdida de coordinación, agitación, pérdida del deseo sexual, dolor al orinar, desmayos, ronquera, visión borrosa, inflamación de ojos, garganta, labios, boca o rostro y coloración azulada o púrpura de la piel.

Generalmente, los problemas más graves asociados a su consumo se producen las primeras 24-72 horas tras el inicio del tratamiento y en cualquier momento del mismo en el que la dosis se vea incrementada. Evidentemente, para reducir el riesgo de efectos secundarios graves es importante no beber alcohol ni tomar otros medicamentos mientras dura el tratamiento.

Como hemos dicho, la morfina es una droga que rápidamente genera adicción, con una dependencia que suele surgir después de 1-2 semanas de administrar dosis terapéuticas (y algunas veces surge en apenas 2 o 3 días). Por ello, es importante estar preparado psicológica y físicamente para esta dependencia.

Es importante no detener su consumo repentinamente, pues de hacerlo pueden surgir los síntomas típicos del síndrome de abstinencia tales como ansiedad, calambres estomacales, dilatación de las pupilas, debilidad, ojos llorosos, sudoración, insomnio, vómitos, diarrea, aceleración del ritmo cardíaco y de la respiración, secreción nasal, dolor de espalda y de articulaciones, etc.

El médico indicará al paciente cómo disminuir gradualmente la dosis para evitar, dentro de lo posible, este síndrome de abstinencia y superar, de la forma más ligera posible, la adicción que un tratamiento relativamente prolongado de morfina puede ocasionar.

Morfina tratamiento

¿Cómo actuar en caso de sobredosis?

Ante una sobredosis de morfina, la persona debe ponerse inmediatamente en contacto con la línea de ayuda de control de envenenamiento de su localidad y, en caso de que la víctima de la sobredosis presente síntomas de emergencia, habría que llamar a los servicios de emergencia.

Los síntomas generales de la sobredosis por morfina suelen consistir en desmayos, náuseas, piel húmeda y fría al tacto (porque la acción de la morfina sobre el sistema nervioso también estimula una bajada de la temperatura corporal que, en caso de sobredosis, se hace especialmente relevante), visión borrosa, baja del ritmo cardíaco, contracción de las pupilas, debilidad en extremidades, incapacidad para responder a los mensajes, somnolencia (e incluso quedarse dormido y no poder despertar), respiración lenta y/o irregular y dificultad para respirar.

Estas suelen ser las señales de una sobredosis de morfina, la cual, evidentemente y en casos más graves, puede resultar mortal, siendo el edema pulmonar la causa más frecuente de defunción ante una sobredosis. La dosis máxima de morfina diaria es de 360mg.

En caso de urgencia, la naloxona es el medicamento usado como antídoto, un fármaco de rescate que revierte los efectos que ponen en peligro la vida en caso de sobredosis, especialmente aquellos vinculados a la depresión respiratoria. La naloxona bloquea los efectos de los opiáceos en sangre, pero debe usarse con mucha precaución y solo en casos de un cuadro de sobredosis grave.

Sobredosis morfina
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