¿Cómo evitar las adicciones en la adolescencia? Las 5 claves para los padres

La adolescencia es una etapa llena de cambios donde hay una especial vulnerabilidad al desarrollo de conductas adictivas. Algunas pautas pueden reducir el riesgo de los más jóvenes a caer en estos comportamientos de riesgo.

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La adolescencia es una etapa de la vida compleja, ya que en ella se concentran infinidad de cambios físicos, psicológicos y sociales de gran intensidad. En este momento comenzamos a abrirnos al mundo exterior y a vivir numerosas experiencias nuevas, lo que muchas veces da lugar a conductas de riesgo. Una de las problemáticas más frecuentes en este momento del desarrollo tiene que ver con los comportamientos adictivos, que implican el abuso de sustancias o de elementos como el juego y las redes sociales.

Cuando hablamos de adicciones, es habitual pensar en personas adultas. Sin embargo, las conductas adictivas suelen iniciar en la adolescencia, a edades cada vez más tempranas, entre los 13 y los 15 años. El consumo de alcohol, tabaco y otras drogas está bastante extendido entre los más jóvenes, aunque el abuso de las redes y los juegos en línea no se queda atrás.

¿Por qué los adolescentes son vulnerables a sufrir adicciones?

Los adolescentes son particularmente vulnerables a sufrir adicciones por dos motivos esenciales. Por un lado, se encuentran en una etapa en la que buscan encontrar su propia identidad, motivo por el cual comienzan a diferenciarse de su núcleo familiar. Esto conlleva que muchos adopten una actitud de rechazo o desafío de las normas así como de los propios padres como figuras de autoridad.

Añadido a esto, el desarrollo cerebral en la adolescencia aún no ha culminado, lo que se traduce en una incapacidad para controlar los impulsos y planificar y decidir con vistas al medio y largo plazo. Todo esto se combina con una interacción social mucho más movida que en las etapas anteriores. De esta forma, los vínculos con los pares se hacen especialmente fuertes, hasta el punto de ser estos la guía de referencia para decidir cómo actuar.

Por ello, hay una probabilidad considerable de dejarse influir por el grupo a la hora de iniciarse en conductas adictivas de diverso tipo. Las conductas adictivas aparecen con mayor probabilidad ante la presencia de determinados factores de riesgo. Los adolescentes con historia familiar de consumo, con escasas habilidades sociales o que afrontan situaciones de cambios intensos (divorcio de los padres, ruptura con la pareja, cambio de centro escolar o de vivienda…) tienen un riesgo superior que el resto de caer en las redes de la adicción a las drogas o las tecnologías.

En este sentido, el objeto de la adicción parecería actuar en algunos casos como una vía de escape ante eventos altamente estresantes que el adolescente no es capaz de gestionar. En el caso particular de la adicción a las drogas, son las sustancias legales como el alcohol y el tabaco las que comienzan a consumirse primero por su fácil accesibilidad. Sin embargo, estas actúan con el tiempo como una puerta de entrada a las drogas ilegales como la marihuana y la cocaína.

Las investigaciones parecen indicar que el inicio precoz en el consumo de drogas ilegales se asocia con otros problemas secundarios, como el deterioro de la salud mental, las conductas sexuales de riesgo y las conductas delictivas. Debido a la enorme vulnerabilidad de los adolescentes a caer en este tipo de conductas adictivas, es esencial adoptar medidas preventivas que potencien los recursos de cada adolescente y permitan reducir lo máximo posible el riesgo de iniciarse en estos comportamientos.

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Cómo evitar las adicciones en la adolescencia

Gracias a las investigaciones que se han realizado en el campo de las adicciones, se conoce que este tipo de conductas son evitables si se realizan las intervenciones pertinentes de manera precoz. En este sentido, resulta esencial actuar sobre los factores de riesgo que incrementan la probabilidad de que el adolescente se inicie en las conductas adictivas. Aunque hemos adelantado algunos factores de riesgo, podemos contemplar los siguientes:

  • Nivel social: Los factores de riesgo sociales que más destacan son el entorno desfavorecido, la facilidad para acceder a sustancias y la dificultad para acceder a las fuentes de ayuda disponibles.

  • Nivel familiar: En este sentido, es preciso señalar la influencia de los antecedentes familiares de conductas adictivas, el apoyo y la ayuda que el adolescente recibe de su entorno en la vida diaria, el estilo afectivo y educativo de la familia, etc.

  • Nivel personal: Aunque hasta la fecha no se ha podido concluir que exista una personalidad de adicto como tal, sí que se conocen algunas características personales que pueden aumentar el riesgo. Entre ellas cabe señalar la elevada impulsividad, la baja tolerancia a la frustración o las dificultades para regular las propias emociones.

Ahora que ya hemos comentado los diferentes aspectos que pueden incrementar el riesgo de que un adolescente caiga en algún tipo de adicción, vamos a ver qué pautas se pueden adoptar para prevenir este problema.

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1. Construir una autoestima adecuada

Desde la primera infancia los niños y niñas comienzan a formar el concepto de sí mismos, algo especialmente relevante para su autoestima. Poseer una adecuada autoestima depende estrechamente del entorno donde se da la crianza, ya que para conseguirla es preciso que los hijos se sientan desde los primeros momentos acompañados, queridos, comprendidos, etc, manteniendo una comunicación fluida y abierta con su familia.

Fomentar una óptima autoestima es una manera de ayudar a los hijos a poseer una imagen adecuada de sí mismos, lo que les permite sentirse válidos y cómodos en su piel. Comenzar este trabajo desde los primeros años de vida permitirá que, al llegar la adolescencia, estos transiten de una mejor forma por esta fase del desarrollo sin demasiados riesgos.

2. Comunicación de calidad

La adolescencia es una etapa repleta de miedos, inseguridades, dudas, etc. Es una fase que todos y cada uno de nosotros debemos atravesar, aunque contar con padres disponibles y cercanos puede hacer este proceso mucho más sencillo. Los padres que mantienen una comunicación fluida y natural con sus hijos adolescentes permiten a sus hijos reducir su miedo e incertidumbre, lo que les permite asimilar los cambios físicos y psicológicos de la adolescencia de una forma más calmada y sosegada.

En un momento en el que los hijos tienden a distanciarse y buscar refugio en los iguales antes que en su familia, mantener el diálogo es una manera de no ver debilitado el vínculo y hacer ver a los adolescentes que no están solos. Por supuesto, mantener una comunicación adecuada no está reñido con mantener unas normas y un control en casa.

De hecho, la comunicación permite negociar esas normas básicas para que el adolescente no las perciba como una imposición sin sentido, sino como una pauta básica a cumplir para garantizar su bienestar. Hablar, hablar y hablar con los hijos adolescentes es el mejor escudo para que estos no se vean en la tesitura de buscar en las drogas o la tecnología la salida a su malestar.

Las familias deben tratar de seguir un estilo educativo democrático, que respete el desarrollo de los hijos y su intimidad sin perder de vista la necesidad de límites y control. Educar desde una postura autoritaria o demasiado exigente solo ayudará a tensar aún más la cuerda y enfriar la relación paterno-filial, lo que llevará al adolescente a buscar el amparo de otras personas o por otros medios, como las drogas.

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3. Inculcar valores

Es esencial que el entorno cercano del adolescente, especialmente el familiar, le inculque un conjunto de valores esenciales. Los jóvenes necesitan tener límites, pero también un sentido o dirección. La familia debe ser un modelo adecuado para el hijo, permitiendo que este tenga referencias y modelos a seguir.

Esto explica por qué aquellos adolescentes procedentes de entornos familiares complicados corren un mayor riesgo de caer en conductas adictivas. Ofrecer referentes y valores esenciales es otra de las formas de prevenir que un adolescente se inicie en este tipo de comportamientos de riesgo.

4. Interésate por el mundo de tu hijo

Es normal que, al llegar la adolescencia, los hijos comiencen a ser más independientes y pasen más tiempo fuera de casa. El instituto, las actividades extraescolares, el tiempo con los amigos… Es fácil que los padres sientan que han desconectado con sus hijos. Sin embargo, es fundamental que estos traten de interesarse por la vida de sus hijos adolescentes (aquí de nuevo recordamos la importancia de la comunicación), ya que deben conocer su entorno, las personas con las que se relacionan, los lugares que frecuentan, sus gustos y aficiones, etc.

No se trata de controlar de manera asfixiante al adolescente, ya que esto es contraproducente. Más bien, la clave es tener una visión global de su vida y de su contexto para saber que todo está en orden. De igual manera, mantener una comunicación fluida con el centro escolar y su entorno social es básico para que, en caso de que algo vaya mal, pueda detectarse lo antes posible.

La mejor forma de conocer el mundo de un hijo adolescente es hablando directamente con él. Para favorecer un clima relajado de comunicación es recomendable practicar actividades en familia. Además, fomentar las actividades y el deporte con los iguales también es de ayuda para mantener una rutina ordenada y estable.

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5. Romper el tabú en torno a las drogas

Las drogas, al igual que otros temas, están rodeadas de un gran tabú. Es por ello que abordar esta cuestión es realmente difícil para muchos padres. Sin embargo, no hablar de ellas solo ayudará a que el adolescente se informe y busque por sus propios medios, lo que puede ocasionar el efecto contrario al deseado. Todo lo prohibido genera más deseo, por lo que lo ideal es poder hablar de las drogas con naturalidad. Si el adolescente pregunta, se le debe responder y aprovechar cualquier momento propicio para sacar el tema y discutirlo con tranquilidad. Cuando son los padres los que brindan la información, se evita obtener datos erróneos sobre las drogas que pueden llevar a confusión.

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