Conflictos bélicos y Salud mental: las 7 consecuencias psicológicas de la Guerra

La guerra constituye un evento traumático tanto para militares como población civil. Además de los daños y pérdidas materiales, son muchas las secuelas psicológicas que los conflictos armados dejan a su paso.

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La guerra constituye un conflicto social en el que dos o más grupos humanos masivos se enfrentan de una forma violenta, utilizando para ello el uso de armas de todo tipo, lo que genera importantes daños materiales y humanos.

Los conflictos bélicos forman parte de las relaciones internacionales desde el origen de la humanidad, aunque en las sociedades modernas estos han alcanzado un nivel de complejidad mucho mayor, pues se dispone de medios técnicos más avanzados y una población más numerosa. Esta forma de enfrentamiento organizado de los grupos humanos puede producirse por diferentes motivaciones, como la ideología, la religión o el deseo de mantener o cambiar las relaciones de poder y resolver disputas económicas y territoriales.

Guerra, humanidad y mente

Todo conflicto armado refleja el fracaso del ser humano a la hora de gestionar sus conflictos. Lejos de suponer una solución efectiva, las guerras implican pérdidas estratosféricas a todos los niveles. Siempre que los medios hablan de este tipo de enfrentamientos geopolíticos, los titulares suelen enfatizar los avances militares, las declaraciones de las personalidades políticas o las reacciones de la comunidad internacional. Sin embargo, hay un aspecto que pasa mucho más desapercibido, y es el impacto que la masacre tiene sobre la salud mental de la población.

Las muertes, la destrucción sin límites, las carencias de bienes de primera necesidad, la tensión permanente y el riesgo de perder la propia vida y la de los seres queridos constituyen una seria amenaza para nuestro equilibrio psicológico. Así, experimentar una guerra en primera persona deja una huella profunda en el alma, incluso cuando se ha logrado sobrevivir y escapar.

Un conflicto armado destroza las esperanzas y los planes de toda una generación y obliga a una comunidad a romper con sus raíces y empezar de cero en un escenario ajeno y desconocido. La identidad se desdibuja y no hay certeza sobre nada, pues el hogar ya no es hogar, sino un terreno abrasado por el odio.

Lo cierto es que en occidente las guerras se han estado percibiendo como un evento lejano o propio de otra época. Sin embargo, son muchas las naciones en el mundo que en pleno siglo XXI continúan enzarzadas en sangrientos conflictos bélicos. El estallido de la guerra ruso-ucraniana nos ha recordado que el conflicto armado aún existe y que puede poner en peligro toda esa vida que habíamos dado por sentado. La situación actual nos ha quitado la venda de los ojos y nos ha puesto en tensión, pues hemos recordado que ni siquiera quienes vivimos en países avanzados somos inmunes a la barbarie.

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¿Quiénes sufren las consecuencias de la guerra?

Lo cierto es que la guerra afecta a toda la comunidad implicada en el conflicto, sin lugar a excepción. No obstante, la población civil es aquella que más sufre sus secuelas, pues siendo ajena al escenario geopolítico de tensión, vive en sus carnes la destrucción y el caos.

La población civil siempre representa la mayoría de las víctimas de una guerra. De ella, quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad son las mujeres y los niños. Si bien ellos no son enviados para combatir en el campo de batalla, eso no significa que estén exentos de sufrimiento. Su situación de desigualdad en condiciones de paz implica que en tiempos de guerra ellos sean el blanco más fácil y el arma de guerra perfecta.

Los secuestros, abusos, violencia sexual y tráfico de seres humanos se disparan en este tipo de escenarios. El cuerpo de las mujeres es utilizado como un terreno sobre el que demostrar quién tiene el poder y quien puede llegar a ejercer el máximo daño posible. Por su parte, los más pequeños también pueden manifestar un desarrollo retardado con abundantes conductas regresivas, una marcada ansiedad, agresividad y trastornos del sueño o déficits en el aprendizaje, fruto de las carencias educativas y el trauma psicológico vivido.

El impacto psicológico de las guerras

A continuación, vamos a comentar algunas de las consecuencias psicológicas más comunes que pueden producirse en las víctimas de una guerra.

1. Desensibilización a la violencia

Las personas que experimentan un conflicto armado en primera persona sufren la violación de sus derechos más básicos y viven inmersas en una realidad en la que sólo hay odio y violencia. Aunque al principio esto puede ocasionar rechazo y malestar, cuando la guerra se perpetúa durante mucho tiempo es posible que la población llegue a asumir como normal la conducta violenta y despiadada.

Esta indiferencia y naturalidad hacia el odio es muy peligrosa, pues la población civil termina por replicar el modelo de comportamiento que observa a su alrededor. Esto es particularmente devastador en los más pequeños, quienes se desarrollan como personas en un contexto traumático que les enseña a herir desde sus primeros años de vida.

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2. Estrés postraumático

La guerra constituye un evento que desborda los recursos psicológicos de la población debido a su gravedad. Por ello, no es sorprendente que una de las consecuencias psicológicas más comunes en las personas que han pasado por esta situación sea el desarrollo del Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT). Este trastorno psicológico es habitual no sólo en la población civil, sino también en los militares.

El TEPT aparece cuando una persona vive un episodio que pone en riesgo su integridad o la de alguien cercano, como es el caso de las guerras, las catástrofes naturales, las agresiones sexuales, la pérdida o enfermedad grave de un allegado, etc. Nuestro organismo responde ante las amenazas del entorno con una respuesta de lucha/huída, ya que de esta manera logra protegerse de la adversidad. El cuerpo se pone en tensión y libera determinadas sustancias que provocan que nuestro corazón se acelere, aumentando nuestra presión arterial y el ritmo de nuestra respiración.

Normalmente, cuando el peligro ha cesado nuestro organismo es capaz de volver a su estado basal. Sin embargo, cuando el estrés vivido ha sido muy intenso es posible que esta recuperación no se produzca. De esta forma, las personas con TEPT pueden seguir experimentando un intenso miedo y estrés a pesar de que la situación traumática haya finalizado.

El TEPT se caracteriza por la presencia persistente de determinados tipos de síntomas. Así, las personas que lo sufren suelen reexperimentar lo sucedido a través de pesadillas, flashbacks o pensamientos intrusivos. Esto hace que se pongan en marcha estrategias de evasión, como tratar de evitar lugares y estímulos que recuerden la experiencia traumática.

En general, el TEPT también da lugar a un estado continuo de alerta, por lo que es frecuente que se den problemas de sueño, así como inestabilidad emocional e irascibilidad. Añadido a todo esto, no es extraño que la persona afectada pierda el interés por la vida, tenga problemas de concentración, pensamientos negativos, sentimientos de culpa o problemas para recordar detalles del evento traumático.

3. Desarraigo y pérdida de la identidad

La guerra interrumpe la vida de las personas y pone en riesgo sus vidas. Es por ello que muchos civiles se ven en la necesidad de huir desesperadamente a otros lugares para estar a salvo. Aunque escapar permite dejar atrás el horror del conflicto, abandonar el hogar y los orígenes puede constituir una experiencia traumática en sí misma.

El proceso de exilio no es en absoluto fácil y muchas veces la llegada al lugar de destino es vivida con enorme angustia y confusión. De esta manera, dejar atrás el lugar al que uno pertenece puede diluir el sentido de identidad, de forma que la persona pierde el sentido de quién es y de su lugar en el mundo. Esto puede ocasionar una profunda crisis existencial que puede ser difícil de resolver.

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4. Ausencia de un plan o trayectoria vital

En la línea de lo anterior, la guerra llega arrasando todo a su paso, lo que pone en un paréntesis la vida de la población. Así, las personas afectadas pueden llegar a sentir que no tienen una dirección o sentido en sus vidas, como si se encontrasen en medio de un océano a la deriva. La incertidumbre y el caos alrededor impiden tener anclajes seguros a los que aferrarse, porque nada está garantizado. Todo ello puede ocasionar un profundo sufrimiento psicológico, pues se sobrevive en el día a día sin metas o ilusiones futuras que brinden esperanza.

5. Depresión mayor

El sufrimiento de la guerra trae consigo, como es de esperar, el desarrollo de numerosos trastornos psicológicos en las personas. La depresión mayor es uno de los más comunes, ocasionando en quien lo sufre un estado de profunda tristeza, incapacidad para disfrutar, un marcado sentimiento de culpa e inutilidad y la percepción de que no existe ningún tipo de control sobre el entorno y los eventos que suceden. En los casos más graves, pueden aparecer ideas e intentos suicidas y conductas autolíticas.

6. Trastornos de ansiedad

La ansiedad es otra de las consecuencias más comunes en las víctimas de una guerra, que viven en un continuo estado de alerta, con problemas de sueño y concentración, fatiga y episodios de crisis que pueden resultar muy angustiantes.

7. Esquizofrenia

La esquizofrenia es otro de los problemas que pueden afectar a las víctimas de un conflicto. Se trata de un trastorno psicótico en el que aparecen delirios y alucinaciones que distorsionan la percepción de la realidad. La persona se desconecta del mundo que le rodea y muestra una conducta y pensamiento desorganizados.

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