¿Qué es la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)? Definición y principios

La Terapia de Aceptación y Compromiso es un tipo de intervención psicológica que trata de fomentar una adecuada relación con los eventos internos que se experimentan así como un compromiso con los valores personales.

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La ciencia de la psicología es, además de apasionante, increíblemente diversa. Cuando algo tan complejo como la mente y el comportamiento humano son el objeto de estudio, son muchas las perspectivas desde las que se puede abordar la salud mental de las personas. Así, no todos los profesionales de la psicología ejercen desde el mismo enfoque. Algunos ni siquiera se identifican con una escuela psicológica concreta, sino que optan por trabajar desde una perspectiva integradora.

Habitualmente, el enfoque que más popularidad ha alcanzado entre los profesionales de la psicología es el cognitivo-conductual. No obstante, hay vida más allá de este tipo de terapia. En este artículo hablaremos acerca de una propuesta terapéutica que viene pisando fuerte: la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT).

La Terapia de Aceptación y Compromiso frente a otras terapias

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) es un tipo de terapia perteneciente a las llamadas terapias de tercera generación. Este conjunto de intervenciones tuvo su origen más temprano en la década de los ochenta y no ha parado de popularizarse desde entonces. La diferencia esencial entre las terapias de primera y segunda generación y la ACT reside en el foco de interés.

Mientras que las primeras apuestan por modificar pensamientos automáticos considerados causantes del malestar, la ACT propone una actitud de aceptación y una comprensión del contexto funcional en el que se enmarca la conducta de la persona y su sufrimiento. A continuación, comentaremos en mayor detalle las distintas generaciones de terapias.

Las terapias de primera generación tuvieron su origen en los años sesenta. Su objetivo es el de superar las limitaciones propias de la terapia psicoanalítica, que hasta el momento había sido la única alternativa. Este tipo de intervenciones persiguen la modificación de la conducta de las personas, partiendo de principios del aprendizaje como el condicionamiento clásico de Watson y el condicionamiento operante de Skinner. Si bien este modelo es útil para tratar problemas como las fobias, no resulta suficiente para lograr la mejora en otros muchos problemas psicológicos. Esto dio pie a la búsqueda de un modelo de intervención más completo.

Las terapias de segunda generación aparecieron para tratar de resolver aquellos problemas que las de primera generación no pudieron. Estas se enfocan en los llamados pensamientos irracionales que ocasionan sufrimiento en la persona. Así, se pretende modificarlos para que se vuelvan más racionales y ajustados a la realidad. No obstante, estas terapias siguieron empleando técnicas propias de la primera generación.

Las terapias de tercera generación aparecieron en los años noventa, diferenciándose de las anteriores en que tratan de comprender los trastornos psicológicos desde una perspectiva funcional. En lugar de perseguir la reducción de los síntomas, pretenden reeducar a la persona de forma global. Desde este modelo no se considera que los pensamientos y emociones sean la causa del problema, sino la forma en la que nos relacionamos con dichos eventos. Lejos de luchar por evitar o reprimir nuestro malestar emocional, terapias como la ACT buscan que la persona acepte su experiencia psicológica. Combatir las propias emociones sólo contribuye a incrementar el sufrimiento y provocar problemas psicológicos, por lo que se persigue fomentar una buena relación con los eventos privados que se viven.

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Trabajo desde la ACT y conceptos centrales

Como venimos comentando, el modelo de intervención de la ACT forma parte de las terapias de tercera generación, cuyo objetivo es conseguir que la persona acepte su malestar en lugar de luchar contra él. Esta perspectiva trata de educar a la persona desde la premisa de que el dolor es una parte inevitable de la existencia, aunque es posible aceptar su presencia y seguir hacia adelante si se poseen unos valores firmes que den dirección a la propia vida.

Desde la ACT, los valores se conciben como esos aspectos que la persona considera importantes y valiosos por encima de todo. Es decir, aquellas cosas que dan sentido a su día a día más allá de las superficialidades. Cuando una persona identifica sus valores y actúa en consonancia con ellos (es decir, se compromete a cumplirlos), esto permite que deje de vivir evitando, de forma que su existencia sea mucho más gratificante y satisfactoria.

El punto central y más rompedor de esta propuesta terapéutica es que huye de la clasificación normal/anormal, pues no tiene como fin último reducir una serie de síntomas como sucede en el modelo cognitivo-conductual. El enfoque de esta intervención es mucho más amplio, pues trata de ayudar al individuo a conectar con su esencia y vivir su vida de manera más feliz. Así, el concepto de felicidad es distinto al que socialmente se suele considerar. Ser feliz no implica no experimentar malestar, sino vivir de manera plena a pesar de que exista ese malestar.

En este sentido, otro concepto clave de la ACT es el de rigidez psicológica. Desde este modelo, se entiende que algunos individuos tienden a mostrar mayor rigidez psicológica que otros, en el sentido de que suelen evitar aquello que piensan o sienten en lugar de aceptarlo. Esta estrategia puede dar resultado a corto plazo, pero a medio y largo plazo no hace más que alimentar el malestar. La evitación no es una estrategia adaptativa porque favorece la entrada en una espiral en la que cuánto más se lucha por reducir el malestar, más grande se hace.

Como es de esperar, las personas que viven únicamente enfocadas en pelear con sus problemas se distancian de los valores esenciales que guían sus vidas, lo que favorece la aparición de sufrimiento. Por ello, el proceso de terapia debe ir orientado a fomentar una mayor flexibilidad, de manera que la persona logre conectar de nuevo con aquello que valora, aceptando que el malestar es una parte más de la vida. En resumen, podríamos recoger todo el marco teórico de la ACT en las siguientes premisas básicas:

  • El sufrimiento es condición necesaria en la vida.
  • El lenguaje y la hiperreflexividad aleja a la persona de su realidad, pudiendo favorecer la aparición de un trastorno.
  • La evitación experiencial es la base común de muchos problemas psicológicos.
  • Lograr el bienestar no se consigue luchando contra ciertos síntomas, sino promoviendo que el cliente oriente su vida hacia los valores esenciales que le permiten aceptar el sufrimiento y darle significado.
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Ámbitos de aplicación y principios de la ACT

La ACT permite abordar infinidad de problemas psicológicos, aunque cada uno se aborda de manera distinta de acuerdo con las características y necesidades del paciente y su terapeuta. En general, se considera que este tipo de terapia es particularmente útil en problemas como los siguientes: trastornos de ansiedad, trastornos adictivos, cuadros psicóticos y trastornos que requieran un cambio de conducta. La ACT se sustenta sobre una serie de principios esenciales.

  • Aceptación: Este principio hace referencia al hecho de que la persona acepte su experiencia emocional. En lugar de negar, reprimir o luchar contra sus eventos internos, se relaciona con ellos desde una visión compasiva.

  • Defusión cognitiva: La persona percibe sus pensamientos como lo que realmente son, palabras. En lugar de asumir su veracidad, toma distancia respecto a ellos para interpretar los eventos de manera más racional.

  • Experiencia presente: La persona aprende a concentrarse en el aquí y el ahora, con su atención puesta en lo que sucede a su alrededor y no en el pasado o el futuro.

  • El “yo observador”: La persona adopta una postura libre de juicios hacia sí misma, como un observador externo, alejándose de la concepción del yo que se tiene.

  • Claridad de valores: La persona aprende a clarificar esos aspectos esenciales en su vida con honestidad, identificando lo que realmente valora más allá de las cuestiones superficiales.

  • Acción comprometida: El cliente se involucra en acciones que sean coherentes con sus valores personales, en lugar de vivir acorde a las convenciones y normas procedentes del exterior.

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Conclusiones

En este artículo hemos hablado acerca de la Terapia de Aceptación y Compromiso. Este modelo de terapia comenzó a desarrollarse en los ochenta y forma parte de las llamadas terapias de tercera generación. Se trata de una forma de entender la terapia y el bienestar psicológico de manera totalmente diferente a las terapias de primera y segunda generación.

Desde la ACT no se busca atacar una serie de síntomas, sino mejorar la forma en la que el individuo se relaciona con sus eventos internos a la vez que vive su vida acorde a sus valores personales. La premisa básica de este modelo es que ser feliz no es algo relacionado con la ausencia de sufrimiento, sino con la capacidad para llevar una vida plena a pesar de que el sufrimiento está ahí, pues este es parte necesaria de la vida.

Las personas que combaten o luchan contra sus eventos internos en lugar de aceptarlos tienden a sufrir malestar psicológico, pues entran en una espiral por la que cuánto más intentan acabar con su malestar, más intenso se hace. Así, se entiende que la base de muchos trastornos psicológicos es la evitación experiencial, es decir, la incapacidad para aceptar los eventos internos que se experimentan. Por ello, la terapia debe ir orientada a fomentar la flexibilidad psicológica y la conexión con los valores personales.

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