Los 7 tipos de Castigos (y cuándo deben aplicarse)

En la infancia, los castigos son necesarios para aprender a no tener comportamientos que pueden traernos problemas en la vida adulta. Veamos cómo se clasifican en función de sus bases psicológicas.

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A veces es necesario castigar a los niños con el objetivo de corregir determinadas actitudes desadaptativas que si arrastramos a la vida adulta pueden traernos problemas. A todos nos han castigado alguna vez, pues es un método para adecuar nuestro comportamiento a la convivencia y una estrategia para aprender a relacionarnos con la gente que nos rodea.

A nivel psicológico, podemos entender el castigo como una técnica de modificación de la conducta basada en el conductismo, postura que afirma que el comportamiento humano depende de los estímulos y de las consecuencias que recibamos. Así, a través del conductismo, castigamos para que se influya en la frecuencia de un comportamiento para disminuirlo o erradicarlo.

Siempre y cuando la dureza del castigo sea proporcional a la gravedad del comportamiento desadaptativo y, evidentemente, no haya violencia física ni verbal, los castigos nos ayudan a tener conductas más adaptativas. Ahora bien, ¿todos los castigos son iguales? No. Ni mucho menos.

Y en el artículo de hoy, con el objetivo de conocer de qué formas pueden implementarse estos castigos tan necesarios para la educación de un hijo, vamos a profundizar en las bases psicológicas de las distintas clases de castigos. Empecemos.

¿Cómo se clasifican los castigos?

Los castigos son técnicas de modificación del comportamiento basadas en el conductismo, la postura que defiende que la conducta humana depende de los estímulos y consecuencias que recibamos del entorno. Así, aplicados generalmente en la infancia como forma de educación, los castigos son métodos que buscan corregir una conducta desadaptativa que puede acarrear problemas en la vida adulta.

Por tanto, castigando esperamos influir, a través del conductismo, en el comportamiento del niño para influir en la frecuencia de dicha conducta para disminuirla o erradicarla, siendo así una estrategia educativa que penaliza los actos desadaptativos y fomenta la implantación de otros adaptativos. Pero dependiendo de cómo se implementen y qué estrategias psicológicas usemos, los castigos pueden tomar muchas formas distintas.

1. Castigo positivo

Un castigo positivo es aquel en el que se aplica sobre el niño un estímulo desagradable después de que haya realizado la conducta desadaptativa. Por tanto, castigamos exponiéndolo a una situación aversiva para él que va a percibir como una consecuencia negativa de su comportamiento. A través del conductismo, esto va a hacer que disminuya la frecuencia de esta conducta o que la suprima del todo.

Cada vez que el niño desarrolla una conducta desadaptativa, no deseada o prohibida, presentamos un estímulo desagradable que, por supuesto, debe ser coherente y proporcional a la gravedad de su comportamiento. En esto se fundamentan los castigos positivos.

Y la modificación de la conducta se consigue por la voluntad del niño de escapar de ese estímulo que le resulta desagradable. Así pues, el castigo sirva para que, a través del conductismo, la evitación de la situación aversiva sea, de alguna manera, el motor que impulsa el cambio esperable en su conducta para que empiece a desarrollar comportamientos que, en su entorno, sean más adaptativos.

Para que estos castigos positivos sean eficaces, es importante que se realicen inmediatamente después de la conducta castigable (no puede llegar tiempo después ya que entonces el conductismo no funciona), que se feliciten también las conductas adaptativas para demostrar que valoramos su cambio de actitud, que ante la misma conducta desadaptativa se aplique siempre el mismo castigo, que el castigo vaya acorde a la gravedad de la conducta sin ser desproporcionados y que se apliquen de la misma forma para todos, algo importante especialmente si hay hermanos.

Del mismo modo, es esencial también tener mucho cuidado con qué convertimos en un estímulo negativo, pues jamás deberíamos castigar con algo que no debería convertirse en un estímulo que perciba como malo. Es decir, nunca habría que castigar con comer verdura, con ir a dormir o con hacer los deberes. Porque el conductismo hará que perciba la alimentación saludable, el momento de ir a la cama o la educación como un sufrimiento. Y no debemos hacer eso.

Asimismo, los castigos físicos y psicológicos no deben tolerarse en ningún contexto y jamás implementarlos en nuestros hijos. Y es que la violencia, en cualquiera de sus formas, no es educación; es maltrato infantil. Por mucho que los castigos positivos puedan ser duros, siempre debemos respetar la integridad emocional y, por supuesto, física del niño.

Ejemplos de castigos positivos tenemos reñir al niño (estímulo desagradable) cuando se mete en una pelea con otro niño (conducta desadaptativa) o expulsarlo del aula (estímulo desagradable) cuando se porta mal en clase (conducta desadaptativa). Como vemos, ante un comportamiento no deseable, imponemos un castigo desagradable para él.

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2. Castigo negativo

Un castigo negativo es aquel en el que al niño se le quita un estímulo agradable después de que realice una conducta desadaptativa. Así, lo castigamos no exponiéndole a un estímulo desagradable, sino impidiéndole exponerse a uno que le resulta placentero. Así, en este caso y a diferencia del anterior, lo que hace que disminuya la frecuencia de la conducta negativa a través del conductismo es el hecho de no poder recibir un estímulo agradable.

En esencia, un castigo negativo es aquel en el que quitamos al niño un estímulo positivo. Porque cuando castigamos, no solo tenemos la opción de exponerlo a algo que no le gusta, sino también de privarle de algo que le gusta tener o que le gusta hacer. Al fin y al cabo, el conductismo actuará de la misma manera.

Los castigos negativos, también llamados costes de respuesta, son aquellos que disminuyen la conducta no deseada a través de suprimir una conducta que para el niño es agradable, ya sea salir con los amigos, jugar a la consola, comer su comida favorita, ver la televisión… Estamos quitando estímulos agradables, no añadiendo estímulos desagradables.

En este sentido, la modificación de la conducta se obtiene a través de la voluntad del niño de evitar esa pérdida de nuevo en un futuro. Para que funcione, debemos vigilar qué le quitamos, pues tiene que ser algo, ya sea un objeto físico o una situación, que realmente tenga significado y peso para él, pues de lo contrario el castigo no tendrá ningún efecto.

Por supuesto, también tenemos que vigilar que sea algo cuya pérdida no le suponga un impacto emocional demasiado fuerte ni ningún trauma, pues como hemos dicho, la violencia, aunque sea psicológica, no tiene cabida en la educación. Un ejemplo de castigo negativo sería el de prohibir al niño que juegue a videojuegos durante el fin de semana (estímulo agradable que quitamos) si no ha hecho los deberes del colegio durante la semana (conducta desadaptativa).

3. Castigo físico

Un castigo físico es un tipo de “castigo positivo” (aunque resulte irónico este nombre) en el que el estímulo desagradable que implementamos es un acto de violencia física hacia el niño, como por ejemplo una bofetada. Como hemos dicho, ningún tipo de violencia física tiene cabida en la educación. Y no solo es que estos castigos basados en la violencia no sirvan para cambiar la conducta, sino que podemos normalizar el uso de la violencia en el niño y abrimos la puerta al maltrato infantil.

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4. Castigo humillante

Los castigos humillantes son aquellos en los que el estímulo desagradable que implementamos se basa en la humillación. Es decir, esperamos que el niño cambie su conducta después de sentirse humillado, ya sea después de estar encerrado en su habitación o ponerse de cara a la pared. Son castigos que no aportan ningún beneficio y que en determinados niños pueden suponer un impacto emocional muy fuerte y desproporcionado, haciendo no solo que no cambie la conducta desadaptativa, sino que se sienta agredido psicológicamente.

5. Castigo sancionador

Los castigos sancionadores son aquellos en los que el estímulo desagradable se basan en una sanción, como por ejemplo quitarles la consola, retirarles la paga o dejarlos sin móvil un tiempo. Siempre y cuando sean proporcionados, estos castigos sancionadores pueden ser útiles para disminuir la conducta desadaptativa. Aun así, debemos ir con cuidado y manejar bien la situación, pues estos castigos, de tipo negativo como hemos visto, son los que más problemas de convivencia pueden acarrear.

6. Castigo educativo

Los castigos educativos son aquellos que tienen un componente más de educar, como su propio nombre indica. Requieren de más paciencia y tiempo ya que no son tan rápidos como los sancionadores, pero también son los que dan mejores resultados a largo plazo y los que también implementan conductas adaptativas. Se basan en enseñar al niño que debe ser él mismo quien solucione las consecuencias de su mal comportamiento, como por ejemplo ayudar a un compañero con el que se ha portado mal o recoger la habitación después de desordenarla.

7. Castigo verbal

Los castigos verbales son aquellos que se fundamentan en el uso de la violencia verbal, ya sea a través de gritos e incluso de insultos. No tienen ningún beneficio como técnica educativa, sino que fomentan que los niños aprendan a reaccionar así ante la frustración y crean un mal clima en el hogar. Se puede ser duro con las palabras pero sin llegar a ser hiriente.

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