Los 10 tipos de Enfado (y sus características)

El enfado es una emoción de índole negativa que desarrollamos hacia una persona o situación que nos ha ocasionado un daño, por lo que emergen sentimientos de disgusto, repulsión e incluso ira.

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Las personas somos, para bien y para mal, seres emocionales. Esas reacciones psicofisiológicas que se desencadenan tras el procesamiento mental de los estímulos que nos rodean y que determinan el modo cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con el entorno es lo que conocemos como emociones. Así, las reacciones emocionales son parte esencial de nuestra naturaleza.

Existen muchos tipos distintos de emociones, las cuales, como sabemos, pueden clasificarse como primarias (las más innatas y relacionadas con la supervivencia) o secundarias (las que requieren de procesos mentales y sentimentales más complejos). Sea como sea, todos conocemos las grandes emociones como la alegría, la envidia, la tristeza, la melancolía, la nostalgia, el disgusto, el aburrimiento, la admiración, etc.

Todas ellas cumplen con un propósito. No hay emociones positivas y negativas. Pero sí hay algunas que, por el impacto que tienen en nuestro bienestar psicológico y también en las relaciones que desarrollamos con los demás, pueden considerarse de índole más perjudicial. Y en este contexto, una de las más importantes es el enfado.

Una emoción que desarrollamos hacia una persona o situación que nos ha ocasionado un daño, cosa que hace que emerjan sentimientos de disgusto, repulsión e incluso ira que conforman el estado emocional que conocemos como “estar enfadado”. Ahora bien, ¿existe solo una forma de enfado? No. Ni mucho menos. Y en el artículo de hoy, de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, vamos a indagar en las bases psicológicas del enfado y en su clasificación en distintas clases. Empecemos.

¿Qué es el enfado?

El enfado es una emoción de índole negativa que desarrollamos hacia una persona o situación que nos ha ocasionado algún daño, siendo así un estado emocional que genera sentimientos internos dañinos pero que también se proyecta con repulsión, disgusto e incluso ira hacia el desencadenante de dicha situación. Estar enfadado es encontrarse en este estado emocional de mala disposición hacia alguien o algo.

El enfado, como emoción primaria, cumple con un propósito evolutivo, que en este caso es el de desencadenar, ante un estímulo que consideramos como amenazante, una respuesta fisiológica que puede ser de huida o de lucha. Ya dependerá de cada persona el modo cómo se maneja y termina proyectándose.

Sea como sea, lo que está claro es que nos enfadamos cuando tenemos la sensación de encontrarnos amenazados de forma física, cuando alguien intenta humillarnos, cuando una situación va en nuestra contra, cuando nos frustramos con nosotros mismos por no conseguir una meta, cuando nos mienten… Hay infinidad de situaciones que pueden desencadenar en nosotros este estado emocional.

A nivel biológico, el desarrollo del enfado se explica tanto por un incremento en la actividad de la amígdala, que induce un estado de hipersensibilidad que puede durar horas o días, como por una síntesis de catecolaminas (principalmente adrenalina), unos neurotransmisores que inducen un aumento de la energía que es la que nos lleva, muchas veces, a explotar de forma verbal e incluso física cuando estamos enfadados.

Además, el enfado es una de las emociones más difíciles de canalizar, en parte, porque se alimenta a sí misma y, en este estado en el que sentimos disgusto hacia algo o alguien, es común que cualquier acción del mismo sea interpretada como una nueva amenaza. Ahora bien, el enfado, por mucho que pueda tener un impacto negativo, no es una emoción mala. Ni mucho menos.

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Como venimos diciendo, el enfado es una emoción primaria, por lo que, por su propia naturaleza, es adaptativo y nos ayuda a responder ante estímulos del medio, en este caso ante amenazas hacia nuestra integridad física o moral. Lo que hace que, en ocasiones, este enojo se convierta en algo tóxico y dañino tanto para nosotros como para la gente de nuestro alrededor es precisamente no saber manejarlo.

El enfado es un estado emocional que debe ser canalizado correctamente dentro de unos márgenes que permitan mantener relaciones saludables con los demás. Por ello, es importante gestionar los enojos pensando unos segundos antes de actuar, aprendiendo a ser asertivo (defender nuestros derechos de una forma respetuosa libre de agresividad), relativizando los problemas, entrenando el sentido del humor y, si crees que es necesario, buscando ayuda psicológica por parte de un profesional.

Y el primer paso para saber si somos capaces de gestionar bien los enfados es comprender que estos pueden manifestarse de muchas formas distintas dependiendo de cómo manejemos las situaciones y de cuál sea el propósito del estado emocional del enojo. Y esto es precisamente en lo que vamos a profundizar a continuación.

¿Qué clases de enfados existen?

Como decimos, el enfado no se manifiesta de una sola forma. En función de cómo lo gestionamos, de su impacto en nuestro bienestar y relaciones y del propósito del enfado en sí, la Psicología ha sido capaz de desarrollar una clasificación de este estado emocional. Nosotros la hemos recogido y, a continuación, presentamos los principales tipos de enojo que existen.

1. Enfado adaptativo

El enfado adaptativo es aquella forma saludable del mismo y la que cumple con un propósito evolutivo. Es sano enfadarnos tanto con nosotros mismos como con los demás siempre y cuando controlemos nuestros sentimientos y proyectemos nuestro enfado de una forma asertiva, respetando a las personas de nuestro entorno pero comunicando el porqué de nuestro malestar.

Las agresiones físicas o verbales, las injusticias, las traiciones, las frustraciones, las faltas de respeto… Todas estas situaciones pueden (y hasta deben) desencadenar en nosotros un enfado que nos va a ayudar a huir (escapar de aquello que nos hace daño) o luchar, es decir, actuar para que la situación en cuestión cambie.

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2. Enfado desadaptativo

El enfado desadaptativo es aquella forma no saludable del mismo y la que no cumple con un propósito evolutivo. Cuando el enfado se cronifica, lo proyectamos hacia los demás sin asertividad, hacemos pagar a personas de nuestro alrededor que no tienen culpa de nada, va ligado a una dañina hipersensibilidad y, en definitiva, se convierte en un rasgo patológico ya casi ligado a nuestra personalidad, es el momento de tomar medidas. Unas medidas que, en ocasiones, deben pasar por recibir apoyo de un profesional.

3. Enfado justificable

El enfado justificable es aquel que emerge como consecuencia de una situación que realmente ha atentado contra nuestra integridad física y/o moral. Que sea justificable no significa que sea necesariamente adaptativo. Para ello, debemos saber manejar la situación y responder a la amenaza con asertividad.

4. Enfado instrumental

El enfado instrumental es aquel que usamos como herramienta para conseguir algo que queremos. Es decir, forzamos la proyección de estar enfadados a pesar de que realmente no lo estemos con el objetivo de usar este enfado para el beneficio personal. Puede ser muy valioso, especialmente en lo que a educación de hijos se refiere (enfadarnos visiblemente cuando hace algo mal a pesar de no estar realmente enfadados para que así aprenda), pero debemos evitar que se convierta en algo tóxico como en el manipulativo que veremos más adelante.

5. Enfado agresivo

El enfado agresivo es aquel en el que este estado emocional va más ligado a la ira, es decir, a una agresividad ya sea física o verbal. Proyectamos nuestra frustración y enfado con conductas agresivas hacia los demás, especialmente hacia los responsables de nuestro malestar. La agresividad física nunca está justificada, pero la verbal, en ocasiones, puede ser la única forma de canalizar nuestro enfado. Siempre y cuando sea puntual y justificado, este enfado agresivo a nivel verbal puede ser una forma adaptativa de manejar la injusticia que hemos vivido.

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6. Enfado silencioso

El enfado silencioso es aquel en el que no proyectamos la más mínima agresividad. El enfado, como su nombre indica, está silenciado. Nos lo guardamos todo para nosotros mismos, algo que, evidentemente, no es sano. No solo porque, siempre de forma asertiva, debemos comunicar nuestra frustración, sino porque callándonos solo hacemos que, tarde o temprano, todo explote.

7. Enfado pasivo-agresivo

El enfado pasivo-agresivo es una forma patológica de proyectar la frustración que consiste en expresar sentimientos negativos de forma indirecta en lugar de abordarlos directa y abiertamente. Existe una desconexión entre lo que decimos y lo que hacemos. A simple vista, parece no existir un enfado, pero este se enmascara en conductas de una pasividad tóxica que busca hacer daño de forma insidiosa.

8. Enfado por molestia

El enfado por molestia es aquella forma en la que nos enfadamos de forma justificada porque una persona o situación nos ha hecho daño a nivel físico o emocional. Es el que emerge como consecuencia de frustraciones en nuestra vida diaria, aunque es importante parar y reflexionar acerca de si estas molestias que desencadenan en enfados son realmente justificadas o no.

9. Enfado secundario

El enfado secundario es aquel en el que este estado emocional emerge como consecuencia de no saber gestionar una emoción en concreto. Así, el enfado no sale de una amenaza o molestia externa, sino que es una emoción secundaria que nace de la frustración de no poder canalizar una emoción que sí que ha sido desencadenada. Es habitual que la tristeza nos lleve a estar enfadados. Este enfado sería de carácter secundario.

10. Enfado manipulativo

El enfado manipulativo es un tipo de enfado instrumental donde fingimos estar enfadados con alguien con el objetivo de manipularlo y obligarlo a hacer algo en nuestro beneficio que solo hace por el miedo a vernos enfadados. Evidentemente, se trata de un comportamiento patológico que hace que la relación, sea de la naturaleza que sea, se convierta en algo tóxico.

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