Los 9 tipos de estrés (desencadenantes y características)

El estrés es un estado de tensión que desarrollamos como reacción a una situación percibida como una amenaza. Veamos qué clases de estrés existen en función de sus efectos y desencadenantes.
Tipos estrés

Las cifras no engañan. De acuerdo a estadísticas globales, en la población de entre 18 y 65 años, 9 de cada 10 personas afirman haber experimentado estrés en el último año. Y de estas, casi la mitad (aproximadamente un 42%) indica que los episodios de estrés son frecuentes a lo largo del tiempo. Vivimos, por desgracia, en una sociedad que incita al estrés.

Los seres humanos hemos creado unas civilizaciones con unas exigencias, unos horarios de vida y una constante avalancha de información que dista mucho de lo que la naturaleza tenía ideado para nosotros. No estamos adaptados biológicamente a la sociedad que hemos construido. Y nuestro cuerpo paga las consecuencias.

Unas consecuencias que se expresan, entre otras muchas cosas, con una pandemia de estrés que no entiende de clases sociales. Este sentimiento de tensión física y/o emocional que surge ante situaciones que percibimos como amenazas puede acabar debilitándonos a todos los niveles y dañar enormemente nuestra calidad de vida.

Pero, ¿el estrés siempre es igual? No. Ni mucho menos. Se trata de un concepto que esconde muchos matices diferentes y que, en realidad, puede expresarse de formas muy distintas y ante desencadenantes también muy variados. Y en el artículo de hoy, de la mano de nuestro equipo de psicólogos, veremos qué clases de estrés existen y cuáles son sus principales características.

¿Qué es el estrés?

El estrés es el conjunto de reacciones fisiológicas que se activan ante la vivencia de un suceso que percibimos como una amenaza o una exigencia por encima de nuestras posibilidades y que derivan en un estado de tensión física y/o emocional.

El estrés, en su justa medida, no es, en absoluto, algo malo. De hecho, es una reacción absolutamente necesaria para nuestra supervivencia, pues nos ayuda a estimularnos ante estímulos que pueden suponer un peligro. El estrés es el modo que tiene el cerebro de aumentar las posibilidades de que reaccionemos de forma rápida y precisa ante una posible amenaza.

Cuando el sistema nervioso central procesa una situación como un peligro, estimula la síntesis de adrenalina (además de la hormona cortisol), un neurotransmisor que enciende los mecanismos de supervivencia del organismo, acelerando el ritmo cardíaco, dilatando las pupilas, inhibiendo funciones fisiológicas no imprescindibles (como la digestión), incrementando la tasa de respiración, acelerando el pulso y aumentando la sensibilidad de nuestros sentidos.

Todas estas reacciones mediadas por neurotransmisores y hormonas, junto al hecho de que el cerebro focaliza la atención en la amenaza, nos ayudan a anticipar nuestras respuestas y a aumentar la probabilidad de que estas sean lo más efectivas posibles.

Como vemos, a nivel biológico, el estrés no es nada malo. Es un estado de tensión que, si bien va ligado a sentimientos negativos, permite incrementar nuestras garantías de éxito. El problema es que, en el ser humano, este estrés puede convertirse en algo crónico. En algo que no solo surge por amenazas reales, sino que siempre está ahí o apareciendo por sucesos que no son un verdadero peligro.

El estrés patológico nos debilita y agota física y mentalmente e incluso puede abrir la puerta a distintas enfermedades, de ahí que debamos adoptar medidas para conseguir reducirlo y, en caso de no ser capaces de lidiar con él, buscar atención psicológica. El estrés puede (y debe) combatirse.

¿Cómo se clasifica el estrés?

Ahora que ya hemos entendido qué es el estrés, estamos preparados para ver qué tipos existen. Como hemos visto, el estrés, por sí solo, no es negativo. Por ello, veremos cómo se clasifica de acuerdo a este parámetro y a muchos otros. Estas son las principales clases de estrés que podemos experimentar las personas.

1. Estrés positivo

Como ya hemos comentado, el estrés no es siempre algo negativo. Y por estrés positivo entendemos aquellas reacciones fisiológicas ligadas al estrés pero que nos hacen estar motivados y con más energía. En muchas ocasiones, un punto controlado de estrés es muy bueno para que demos el máximo de nosotros mismos.

Siempre y cuando seamos nosotros quien lleva el control de la situación y el estrés no nos domina, este puede ser positivo. Aunque la situación en sí sea amenazante y nos genere temor, este grado de estrés nos dará ese extra de atención que necesitamos.

2. Estrés negativo

El estrés negativo es aquel que asociamos generalmente con el concepto de “estrés”. También conocido como distrés, el estrés negativo es aquel que no va asociado a sensaciones positivas de motivación y energía, sino a la sensación de que algo va a salir mal. Es el estrés ganando la partida e inhibiendo nuestras facultades.

Nos hace anticiparnos a una amenaza creyendo que el desenlace va a ser negativo para nosotros, por lo que la ansiedad empieza a tomar el control, nos desequilibra, neutraliza nuestras habilidades, nos genera emociones negativas de tristeza y de ira y, en definitiva, reduce las posibilidades de que salgamos con éxito de esa situación.

Estrés negativo

3. Estrés agudo

El estrés agudo es aquel que 9 de cada 10 personas experimentan, mínimo, una vez al año. Se trata de, como su propio nombre indica, una situación puntual en la que, por distintas causas, experimentamos un episodio momentáneo de estrés. Se trata de un estrés a corto plazo que, además, desaparece rápidamente.

Pudiendo ser positivo o negativo, el estrés agudo puede surgir los momentos antes de una entrevista de trabajo o de un examen importante, antes de salir a jugar un partido de fútbol, cuando estamos peleando con nuestra pareja, cuando creemos que nos están siguiendo por la calle, etc. Los desencadenantes son muy variados pero no hay un trastorno de fondo, pues este estrés agudo es una reacción normal del organismo.

4. Estrés agudo episódico

Una variación del anterior pero que ya denota un problema de estrés que debería ser abordado. El estrés agudo episódico es aquel que, siendo propio de personas que, por presión propia y/o de la sociedad, viven con exigencias irreales, se manifiesta con episodios más o menos recurrentes de estrés agudo.

Es decir, se trata de una situación en la que los episodios de estrés agudo aparecen de forma repetitiva con mayor o menor frecuencia, haciendo que la persona tenga que vivir en un continuo estado de ansiedad que se manifiesta con pesimismo, irritabilidad, negatividad, dolores de cabeza, hipertensión arterial, presión en el pecho, nerviosismo… Requiere de tratamiento en manos de un psicólogo, pues esta forma de estrés es siempre negativa y sin abordaje puede acabar comprometiendo la salud física y emocional a muchos niveles.

Estrés agudo episódico

5. Estrés crónico

La forma más grave de estrés. El estrés crónico es aquel que no se caracteriza por la aparición recurrente de episodios de estrés agudo, sino que la persona vive inmersa en un continuo estado de estrés del que no puede salir. Cuando el estado de estrés continúa por semanas o meses, hablamos de estrés crónico. Ahora bien, sus desencadenantes suelen ser situaciones extremas: guerras, secuestros, encarcelamientos, pobreza extrema…

Es una forma de estrés que, estando ligada a la máxima desesperanza, es la más destructiva de todas, dejando unas secuelas físicas y emocionales cuyos efectos se alargan durante toda la vida. De hecho, está claramente asociado a la depresión, al aumento del riesgo de suicidio, a la inseguridad extrema, a las enfermedades digestivas, cutáneas y cardíacas e incluso al cáncer.

6. Estrés físico

Tendemos a pensar en la vertiente más psicológica del estrés. Y aunque realmente sea esa la que se adhiere más a la definición, el estrés puede ser también meramente físico. El estrés físico es el conjunto de alteraciones fisiológicas que se producen a nivel orgánico por la influencia de estímulos mecánicos o químicos. Estamos hablando, pues, de las lesiones y de sus síntomas.

Los traumatismos, el frío, las fracturas óseas, la fatiga, los desequilibrios hormonales, las infecciones, las cirugías, la deshidratación, el abuso de sustancias, la falta de oxígeno, la contaminación ambiental… Son muchos los desencadenantes que pueden dejar a nuestro cuerpo en estado de estrés físico sin que haya ese componente de ansiedad.

7. Estrés psicológico

El estrés psicológico es el más conocido y es el que está ligado a reacciones emocionales y cognitivas vinculadas al estrés. Son todas aquellas reacciones desagradables que experimentamos a nivel psicológico cuando percibimos una amenaza y que, como hemos visto, pueden ser positivas (si nos ayudan) o negativas (si nos inhiben).

El miedo, la frustración, la tristeza, la rabia, la culpa, el exceso de información, el ajetreado ritmo de vida, la envidia, la autocrítica, la ansiedad, los ataques de pánico, las exigencias de la sociedad… Son muchos los desencadenantes que pueden dar lugar a este estrés psicológico.

Estrés psicológico

8. Estrés psicosocial

El estrés psicosocial es una forma de estrés psicológico que surge de problemas más o menos graves en lo que a nuestras relaciones personales se refiere. Sus desencadenantes no se encuentran en nosotros mismos, sino en las relaciones que tenemos y, por lo tanto, puede ser más difícil de manejar que el meramente psicológico.

Estar sin trabajo, haber perdido a un ser querido, estar pasando por una ruptura amorosa o un divorcio, sentirse solo, tener problemas familiares o con amigos… Son muchos los desencadenantes que pueden dar pie a este estrés vinculado a nuestra vertiente más social.

9. Estrés psicoespiritual

Por último, el estrés psicoespiritual es aquel que se experimenta en momentos de crisis existencial, de dudar de los valores de uno mismo, de no encontrar un camino en la vida, de tener dificultades para encontrar la felicidad y, en definitiva, circunstancias asociadas al concepto más espiritual de nuestra psicología.

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