La Maldición de Tutankamón: ¿leyenda o terrible realidad?

La Maldición de Tutankamón es uno de los mayores misterios de la arqueología, una historia que apela a cómo muchos integrantes de la abertura de la tumba del faraón egipcio en 1922 murieron en extrañas circunstancias.

Maldición de Tutankamón

El 22 de diciembre de 1932 se estrena en los cines de Estados Unidos “La Momia”, una de las cintas de terror más emblemáticas de la historia del cine. La película nos traslada al año 1921 para contarnos la historia de un arqueólogo británico que invade la tumba de un sacerdote del Antiguo Egipto, descubriendo su cadáver momificado y, tras leer accidentalmente un pergamino mágico, reviviendo a la momia tras 3.700 años desde su fallecimiento.

En ese momento, Imhotep, disfrazado como un egipcio moderno, busca a su amor perdido, una princesa que cree que se ha reencarnado en una chica moderna. La intención de la momia es secuestrarla, matarla, momificarla para, finalmente, resucitarla y convertirla en su inmortal esposa. El film fue un éxito y a día de hoy se considera una película de culto en el cine del terror.

Pero, ¿es una casualidad que el precursor del género se encontrara en una historia que nos trasladara a la maldición de una momia? Muy pocas veces existen las casualidades. Y esta no es una de ellas. El Antiguo Egipto es mucho más que la cuna de la civilización. Prolongándose durante más de 3.000 años, es en esta era de la historia que se esconde no solo el origen del mundo actual, sino la gran mayoría de los enigmas que nos hacen cuestionarnos si hay algo más allá de la realidad que vemos.

Pero de entre todos los misterios que encierra el Antiguo Egipto, hay uno que, sin duda, destaca por encima de todos. Un misterio que, cuando lo desvelamos, hizo que hasta la persona más escéptica llegara a cuestionarse si entre esos jeroglíficos, esas pirámides y esas tumbas egipcias podía esconderse algo sobrenatural. Un misterio que, en su día, hizo tambalear al mundo entero, que puso sus ojos sobre una expedición que parecía ser el hito más grande la historia de la arqueología pero que pronto daría lugar al más puro horror.

Un misterio que explica por qué Tutankamón es el faraón más famoso de la historia aun cuando su reinado terminó cuando tenía apenas 19 años y sin haber tenido tiempo de realizar grandes gestas. Y es que Tutankamón no es conocido por lo que hizo en vida. Es conocido por lo que hizo una vez muerto. Es conocido por la maldición que desencadenó cuando en los años 20 su tumba, que había permanecido en secreto durante miles de años, fue descubierta. Es conocido por la venganza que desató sobre aquellos que habían profanado su descanso. Una historia de terror que, como cualquier historia, tiene un principio.

Tutankamón: la historia de “El Rey Niño”

Tell el-Amarna. Año 1333 a.C. Tras cerca de dos mil años desde que la civilización egipcia empezara a originarse a través de la unificación de las poblaciones del valle del Nilo, Egipto se ha convertido en el imperio más grande del mundo. En el contexto del Imperio Nuevo de Egipto, el periodo histórico que comienza con la reunificación de Egipto bajo el reinado de Amosis I, la civilización está viviendo su segunda edad de oro.

Y todo ello bajo el mandado de Akenatón, el décimo faraón de la dinastía XVIII de Egipto, quien impulsó importantes reformas políticas, trasladando la capital del imperio a Tell el-Amarna, y, sobre todo, religiosas, con una transformación radical en la sociedad egipcia, al abandonar el tan célebre politeísmo por un monoteísmo donde se convirtió al dios Atón en la única deidad oficial del Estado, en perjuicio del, hasta ese momento, predominante culto a Amón, dios de la creación.

Pero como ha sucedido tantas otras veces en la historia, un reinado así de turbulento solo podía terminar de una forma. Akenatón fue asesinado por el que consideraba su más fiel sirviente. Este suceso hizo que su hijo de nueve años se viera obligado a ocupar el trono que había dejado su padre. El nombre de aquel chico era Tutanjatón, a quien más tarde conoceríamos como Tutankamón.

Un niño se acababa de convertir en el faraón de un imperio que estaba viviendo sus días de gloria. Y bajo la tutela del visir Ay, quien se convertiría en su sucesor, devuelve la capital del país a Tebas y reinstaura el politeísmo que había caído después de la reforma monoteísta de su padre, recuperando el culto predominante hacia Amón y no hacia a Atón, momento en el que cambió su nombre a Tutankamón.

Parecía que el joven estaba destinado a convertirse en uno de los grandes faraones de la historia, pero después de tan solo diez años de reinado, todo se torció. Era el año 1323 a.C. Y Tutankamón, con apenas 19 años, falleció. Fue enterrado en el Valle de los Reyes, una necrópolis donde eran sepultados los faraones del Imperio Nuevo en sus emblemáticas tumbas, pero sin dejar constancia del motivo de su prematura muerte. Se ha hablado de una infección por malaria, de un accidente con un carruaje, de una septicemia e incluso de un asesinato. Pero, aunque lo parezca, este no es el gran misterio alrededor de Tutankamón.

El misterio, y la explicación a porqué, con tan solo diez años reinando y sin haber realizado contribuciones tan importantes como otros faraones, es el nombre más reconocido del Antiguo Egipto, radica en lo que sucedió una vez muerto. Tutankamón no destacó en vida. Lo hizo, por desgracia, en la muerte. Y nuestra historia continúa en este mismo Valle de los Reyes, pero más de tres mil años después de que la tumba de Tutankamón fuera sellada.

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El conde de Carnarvon y Howard Carter: el principio de la aventura

Era el año 1912. Theodore Davis, abogado y financiero estadounidense figura clave en las excavaciones arqueológicas en el Valle de los Reyes desde 1902, declara públicamente que la necrópolis había sido explorada por completo y abandonó la búsqueda de nuevas tumbas y yacimientos de la civilización egipcia.

En el siglo XVI nació un enorme interés por el Antiguo Egipto, algo que hizo que, a pesar de las restricciones legales, las exportaciones de momias resultaran un negocio floreciente, cosa que inevitablemente derivó no solo en una explotación del valle, sino en los saqueos de tumbas, que ya habían ocurrido antes de que naciera este interés por la cultura egipcia.

De una forma u otra, todo había derivado en que, después de 400 años, no pudieran encontrarse nuevas tumbas y que las que se descubrían, hubieran sido profanadas siglos atrás. Parecía que el Valle de los Reyes iba a abandonarse. Y hubiera sido así de no ser porque entró en escena alguien que cambiaría para siempre la historia de la Arqueología.

Su nombre era George Herbert, conde de Carnarvon, un aristócrata inglés. En 1903, debido a un accidente de coche, su salud se vio deteriorada y, aconsejado por los médicos, decidió buscar un lugar alejado del clima húmedo y frío de Inglaterra. Y movido por su pasión por la fotografía, eligió Egipto como el lugar para recuperarse.

Y ahí, en un momento en el que había mucho misterio alrededor del Antiguo Egipto, donde se hablaba de enigmas en las profundidades de las pirámides e incluso de maldiciones de las momias, el aristócrata se convirtió en un entusiasta de la egiptología. Y fue entonces cuando conoció al otro gran protagonista de esta historia: Howard Carter.

Carter era un célebre arqueólogo y egiptólogo inglés que se negaba a creer que el Valle de los Reyes hubiera sido explorado por completo. Era consciente de que los exhumadores y las expediciones pasadas lo habían profanado prácticamente todo. Pero él sabía, estudiando los árboles genealógicos de las familias de faraones, que tenía que quedar algo. Alguien importante del imperio tenía que estar descansando bajo la arena.

Quería organizar una nueva expedición al Valle. Tenía el conocimiento. Solo le faltaba el dinero. Pero, por suerte o por desgracia, su camino se cruzó con el del conde de Carnarvon, quien apasionado por lo que Carter le planteaba y ante la posibilidad de hacer historia, no dudó en financiar el proyecto. Así, Howard Carter y George Hebert reprendieron la exploración del valle de los Reyes.

Pero las cosas no fueron sencillas al principio. Aun así, su primer hallazgo, que podría parecer insignificante, llega cuatro años después en las inmediaciones de la tumba KV54. Un empleado de la expedición de, limpiando la entrada a la tumba, encuentra una vasija con un nombre: Tutankamón. Carter vio por primera vez luz en el camino.

No había ningún registro de su existencia. Pero fuera quien fuera, era una persona importante. Y su tumba tenía que estar ahí. Por fin tenía algo. Pero no la pudieron encontrar. Y con el estallido de la Primera Guerra Mundial, todo se detuvo. Pero durante todo ese tiempo, Carter solo tenía una obsesión y un nombre en su cabeza: Tutankamón.

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El descubrimiento de la tumba KV62 y el renacer de Tutankamón

Llegó el año 1921. Tras cerca de una década donde el único descubrimiento relevante había sido una vasija con un nombre inscrito, el lord de Carnarvon, que se sentía estafado por Carter y que estaba perdiendo gran parte de su fortuna en un sueño que cada día parecía diluirse más, dice abandonar. Al recibir la noticia, Carter viajó hasta el castillo de Highclere, la residencia del conde en Hampshire, Inglaterra, para convencerle de que no lo hiciera. Un año más. Eso es lo que le pidió. Y, para bien o para mal, el conde aceptó.

Howard Carter regresó a Egipto, sabiendo que tenía un año para encontrar la tumba de aquel faraón desconocido. Y fue así como el 1 de noviembre de 1922, un chico trabajando en la expedición encontró algo. Un escalón. Era el primer descubrimiento significativo en diez años de trabajo. Carter, con miedo y a la vez entusiasmo, soñaba sobre dónde les iba a conducir ese escalón.

Durante los días siguientes, continuaron cavando, haciendo ciertas las sospechas. Era una escalera que descendía hacia las profundidades de la montaña. Carter cada vez era más consciente de que estaban dando con la entrada a la tumba intacta de un faraón. Y finalmente, llegaron al final de la escalera, para encontrarse con un muro lleno de jeroglíficos. No había dudas. Al otro lado de esa pared, tenía que haber algo. Algo que ningún humano habría contemplado en los últimos miles de años.

Carter envió un telegrama al lord de Carnarvon para que viajara inmediatamente a Egipto, pues no iba a abrir esa cámara sin él. Así, al llegar, los excavadores pudieron por fin derribar el primer muro, mostrando así un pasillo que conducía hacia un siguiente muro. Fuera lo que fuera que escondía esa tumba, era importante. Y cuando se acercaron a ese siguiente muro, Carter leyó ese nombre que lo había obsesionado durante años. Tutankamón.

Ansioso, fue él mismo quien empezó a tirar abajo ese muro, sin saber que estaba a punto de liberar el mal. Al perforar el primer agujero, todas las velas que portaban se apagaron, pues el aire, atrapado en el interior durante miles de años, fue liberado. Entraron a la cámara para descubrir un tesoro que había permanecido en la oscuridad durante más de tres mil años. Eran las primeras personas en verlo.

Todos estaban impresionados, pero Carter estaba dándose cuenta de que apenas habían empezado. Aquello era simplemente la antecámara de la tumba, una sala que contenía todo aquello que, de acuerdo a la religión egipcia, podía necesitar el faraón en el más allá. Había que encontrar la sala donde descansara, cuya entrada estaría oculta.

Para ello, tuvieron que retirar todos los tesoros de la antecámara, algo que representó el evento mediático más grande de los años 20 en todo el mundo. Medios de comunicación de decenas de países se desplazaron al Valle de los Reyes para documentar cómo se había descubierto una tumba, la KV62, completamente intacta tras más de 3.000 años con unos tesoros valorados en decenas de millones de dólares. Era el descubrimiento arqueológico más importante de la historia. Y aun quedaba por encontrar el faraón.

Con la antecámara vacía, pudieron empezar la búsqueda. Estaba oculta. Parecía como si aquellos que lo hubieran sepultado se hubieran encargado de que nadie pudiera despertar al faraón. Pero Carter, viendo una pared resguardada por dos centinelas, tuvo una corazonada. Y en efecto. Después de dos semanas, dieron con la entrada. Era el 26 de noviembre de 1922. Detrás de esa pared se encontraba la cámara funeraria.

Y en ella, tres ataúdes, uno dentro del otro, hasta llegar al principal, 130 kg de oro macizo. Carter sabía que estaba a unos instantes de realizar el hallazgo más importante de su vida. Y con el corazón en un puño, abrió el sarcófago. Y ahí estaba, con su máscara de oro. Tutankamón. La tumba había sido abierta. Una tumba con una inscripción que rezaba lo siguiente: “la muerte perseguirá a aquel que perturbe la paz del faraón”. Una simple amenaza, pensaron. Ojalá hubieran tenido razón.

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La Venganza de Tutankamón: las muertes de la maldición

El Cairo. 5 de abril de 1923. Han pasado seis meses desde la abertura de la tumba de Tutankamón. Y a pesar de que el mundo entero estaba alabando la hazaña de Carter y su equipo, hubo ciertos sectores que, movidos por la superstición, creyeron que los arqueólogos se habían condenado a sí mismos. Decían que, al haber perturbado el descanso del faraón, su furia y su venganza iba a caer sobre ellos. Cuentos para asustar a los niños. Eso pensaron todos los del equipo. Hasta que esa noche de abril, empezó el terror.

Tras un apagón en la ciudad de El Cairo, los trabajadores del Hotel Continental-Savoy realizaron una inspección de las habitaciones para ver que todo estaba en orden. Y fue así como al abrir una de ellas, encontraron el cadáver de un hombre. Era el Lord de Carnarvon. Había fallecido en la habitación del hotel sin aparente explicación pero con unas extrañas marcas en el rostro y una inflamación de los ojos y de las fosas nasales que aterrorizó a los trabajadores.

La autopsia determinó que el aristócrata que había financiado la expedición del Valle de los Reyes había muerto a causa de una septicemia bacteriana, una enfermedad infecciosa bacteriana que afecta a la piel, originada por una infección por streptococcus pyogenes al cortarse una picadura de mosquito en la mejilla mientras se afeitaba.

La muerte del conde, una persona muy conocida, empezó a alimentar a aquellos que, desde el primer momento, creyeron que Tutankamón iba a vengarse. Y aunque Carter consideraba que eran simples supersticiones, cuando inspeccionando la momia encontró una cicatriz en su mejilla en el mismo lugar donde el conde se había cortado, su mentalidad científica empezó a tambalearse. Pero las cosas extrañas no habían hecho más que empezar.

Las muertes iban a seguir llegando. El hermanastro del conde, Aubrey Herbert, falleció por envenenamiento de la sangre. El encargado de radiografiar la momia, Archibald Douglas Reid, también fue encontrado muerto. Arthur Mace, que abrió la cámara real junto a Howard Carter, murió poco después en El Cairo, en circunstancias extrañas, cayendo en coma y falleciendo de neumonía. El magnate americano de los ferrocarriles Geogre Jay Gould, presente en la tumba, falleció de neumonía 24 horas después de abrir la tumba. Arthur Calendar, amigo de Carter, también murió de neumonía. El egiptólogo George Benedite falleció de una caída en el valle de los reyes. Incluso la esposa del lord de Carnarvon murió a causa de una picadura de insecto.

Uno a uno, las 50 personas presentes o implicadas indirectamente en la abertura de la tumba iban muriendo. Las supersticiones parecían ser ciertas. Era como si el faraón estuviera vengándose de aquellos que perturbaron su descanso. Meses después de la profanación de la cámara de Tutankamón, sucedieron una serie de muertes en circunstancias inexplicables, momento en el que la prensa dijo que eran consecuencia de la exhumación de la tumba del faraón. La maldición de Tutankamón se convirtió en un fenómeno mediático.

Se llegaron a atribuir más de treinta fallecimientos a dicha maldición, siendo una historia apoyada por el propio Arthur Conan Doyle, escritor y médico británico. De repente, el hallazgo de la tumba del faraón se convirtió en una historia de horror. Pero la comunidad científica no quiso oír lo que esas supersticiones tenían que contar. Todo había sido una fatídica serie de casualidades que nada tenían que ver con la profanación de la tumba de Tutankamón. Pero cuando un suceso similar ocurrió tiempo después, la casualidad dejó de ser un argumento para explicar esas muertes.

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Aspergillus flavus: ¿el verdadero asesino de la tumba?

Cracovia, Polonia. 13 de abril de 1973. Con el consentimiento del arzobispo de Cracovia, quien más tarde se convertiría en el papa Juan Pablo II, se abrió la tumba de Casimiro IV, quien fuera duque de Lituania y rey de Polonia entre 1447 y 1492. En unos tiempos en los que las investigaciones históricas en Polonia eran muy complicadas por los trámites legales, poder inspeccionar los restos del rey que descansaba en las catacumbas de la catedral de Cracovia fue todo un logro para la arqueología polaca.

Pero, de nuevo, estaba a punto de desatarse una maldición. Y es que diez de los doce científicos que estuvieron presentes en la abertura de la tumba del rey fallecieron al poco tiempo a causa de infecciones o ataques cardíacos. Solo sobrevivieron el doctor Edward Roszyckim y Boleslaw Smyk, microbiólogo polaco que iba a ser el responsable de desvelar el misterio de la tumba no solo de Casimiro IV, sino del propio Tutankamón.

Smyk, al abrir la tumba del rey polaco se dio cuenta de algo: había señales de putrefacción en la parte interna del ataúd de madera. Y fue entonces cuando una idea pasó por su cabeza. ¿Y si aquello que había matado a los arqueólogos de la tumba del faraón egipcio y del rey polaco eran unos microorganismos que habían permanecido vivos en el interior de esos ataúdes? ¿Y si lo que habíamos llamado maldición podía reducirse a una simple infección?

Poca gente apoyó esta teoría. ¿Cómo iban unos gérmenes a resistir dentro de las tumbas durante miles de años a la espera de infectar un cuerpo humano vivo? Puede parecer ficción de nuevo. Pero es ahora cuando nos damos cuenta de que la realidad, como tantas otras veces, supera y es incluso más aterradora que cualquier leyenda.

Aspergillus flavus es una especie de hongo saprofítico, lo que significa que crece sobre materia orgánica en descomposición. Con un tamaño de entre 2 y 3 micrómetros, se encuentra de forma natural en muchos ambientes, incluso en el interior de las casas. Un hongo que vive bien en espacios cerrados, oscuros y con una temperatura moderada y estable. Las tumbas de Tutankamón y de Casimiro IV serían, pues, perfectas para ellos.

Y como todos los hongos, se reproducen mediante la liberación de esporas. Unas espiras que pueden ser inhaladas por una persona, llegando así a los pulmones y pudiendo provocar una aspergilosis, una extraña enfermedad fúngica en la que Aspergillus se aprovecha de una inmunodebilitación para colonizar los pulmones y provocar una neumonía que, sin tratamiento inmediato, puede resultar letal.

Ahora bien, seguían quedando dos incógnitas en esta historia. ¿Por qué, si sabíamos que estos hongos solo provocaban neumonía en pacientes que sufrían alguna patología respiratoria previa o una inmunodebilitación severa, habrían causado la muerte a personas sanas? ¿Y cómo esos hongos habrían resistido sin oxígeno y sin nutrientes durante miles de años dentro de esas tumbas? Ambas preguntas tenían una misma respuesta.

En condiciones extremas de falta de oxígeno y de nutrientes, Aspergillus flavus puede formar esporas de resistencia capaces de permanecer viables durante siglos, manteniendo el hongo en un estado latente. Las esporas habrían esperado miles de años en esa tumba sin oxígeno hasta que, cuando los arqueólogos la abrieron, el aire entró, la cámara se oxigenó y los hongos despertaron.

Se cree que, durante esta hibernación, los hongos podrían haber incrementado su virulencia, cosa que explicaría que, además de afectar a personas inmunodebilitadas como el propio Lord Carnarvon, que no olvidemos que se retiró a Egipto por su débil estado de salud, también podría haber ocasionado la muerte de personas sanas.

Esta teoría no solo explicaba por qué tantas personas habían muerto de neumonía, sino por qué algunas muertes habían llegado tantos meses después de la abertura de la tumba. Y es que sabemos que las esporas de este hongo podían permanecer latentes en los pulmones, algo que concuerda con el hecho de que el conde de Carnarvon no presentara síntomas de infección hasta el mes de abril. Incluso el hecho de que el cuerpo presentara inflamación en ojos y fosas nasales concordaba con un proceso de sinusitis invasiva por dicho hongo.

Por desgracia, poca gente apoyó esta teoría. O bien por desconocimiento o por esa tendencia a sentirnos atraídos por lo paranormal, el mundo quería seguir creyendo en aquella maldición. Quería seguir creyendo que Tutankamón había desatado su venganza sobre aquellos que habían profanado su lugar de descanso.

Pero cuando, llegados al año 2016, diversos estudios internacionales encontraron especies de Aspergillus viviendo de forma saprofítica sobre momias del museo arqueológico de Zagreb, en restos momificados de la familia Kuffner en una cripta de Sládkovičovo en Eslovaquia y en momias Chinchorro del desierto de atacama en Chile, las momias artificiales más antiguas jamás encontradas, tuvimos que rescatar de nuevo la teoría.

Así, actualmente y pese a que siga sin poder confirmarse, lo más probable es que que la denominada venganza de Tutankamón fuera la naturaleza renaciendo de sus propias cenizas. Y cuando lo pensamos en profundidad, tal vez esto es más aterrador que cualquier maldición.

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