Las 5 diferencias entre el SIDA y ser seropositivo

Ser seropositivo implica estar infectado por VIH, pero solo cuando este provoca una debilitación del sistema inmune podemos hablar de SIDA. Como vemos, no son lo mismo. Analizamos sus diferencias.

Diferencias SIDA ser seropositivo

La pandemia de VIH/SIDA es la quinta más devastadora de la historia. Transmitiéndose principalmente por vía sexual o parenteral (compartir jeringuillas con sangre infectada), el Virus de la Inmunodeficiencia Humana, saliendo de África en los años 80, ha provocado la muerte de 35 millones de personas.

Y a pesar de que el miedo a este virus, al menos en los países desarrollados, haya disminuido, no hay que olvidar que el SIDA sigue sin tener cura y que nuestra única protección es la prevención, a través del uso del preservativo durante las relaciones sexuales.

Aun así, el halo de estigma que rodea a esta enfermedad hace que todavía haya muchas dudas generalizadas acerca de ella. Y una de las más comunes es, seguramente, preguntarse si el SIDA y ser seropositivo es lo mismo. Y no. No lo es en absoluto.

Por ello, en el artículo de hoy, responderemos de forma muy clara y concisa a esta pregunta. Como veremos, VIH y SIDA no son exactamente sinónimos, por lo que tampoco es lo mismo ser seropositivo que sufrir SIDA. Empecemos.

¿Qué es el SIDA? ¿Qué es ser seropositivo?

Antes de analizar las diferencias concretas entre estos dos relacionados (pero distintos) términos, es muy importante definirlos individualmente. Y esto es lo que haremos a continuación. Como verás, viendo en qué consiste cada uno de ellos ya se puede ver por dónde van los tiros. Vamos allá.

El SIDA: ¿qué es?

SIDA es una enfermedad cuyas siglas se corresponden con Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. Se trata de una enfermedad de transmisión sexual o parenteral (por compartir jeringuillas con sangre infectada) causada por el Virus de la Inmunodeficiencia Humana, más conocido simplemente como VIH.

El VIH se transmite por relaciones sexuales sin protección con una persona infectada (el mayor riesgo está con el sexo anal, cuyo riesgo de contagio es del 1-2%), por compartir jeringuilas con sangre contaminada (el riesgo es del 0,007%), de la madre al bebé durante el embarazo o por transfusiones de sangre, aunque los controles sanitarios han hecho que esta última vía de contagio sea anecdótica.

Sea como sea, este virus requiere de un contacto directo con la sangre de una persona infectada. Y una vez en la nuestra, si la carga vírica adquirida es suficiente, se quedará en nuestro cuerpo. Pero, ¿nos causará una enfermedad? No. La enfermedad tarda más de 10 años en aparecer después de la infección por VIH.

Solo cuando este virus empieza a dañar de forma irreversible a las células inmunitarias hablamos de SIDA. Esta enfermedad, pues, surge cuando el virus del VIH, por sus efectos, ha hecho que no dispongamos de las suficientes defensas como para garantizar nuestra protección frente a patógenos.

Si la persona no ha detectado a tiempo la infección por VIH y ha dejado el tiempo suficiente como para desarrollar el SIDA, ya no hay nada que hacer. El SIDA es una enfermedad mortal crónica. Gracias a disponer de antirretrovirales, podemos frenar la expansión del virus para impedir que provoque el SIDA, motivo por el que poca gente termina sufriendo la enfermedad.

Sea como sea, la enfermedad del SIDA hace que estemos mucho más expuestos a las amenazas del medio, por lo que las infecciones constantes y el desarrollo de cánceres (porque nuestro sistema inmune tampoco puede atacar a las células cancerosas) es frecuente.

El SIDA tiene unos síntomas graves que consisten en fiebre, sudoraciones, pérdida enorme de peso, aparición de bultos y erupciones en la piel, debilidad y fatiga inmensas, diarrea crónica… Pero lo peor de todo es que la persona termina muriendo no por el SIDA en sí, sino por infecciones secundarias. De hecho, al no tener defensas y ya en etapas avanzadas, un simple resfriado puede matar a la persona.

En resumen, el SIDA es una enfermedad mortal crónica incurable que surge tras unos 10 años de haber sido infectado por el virus VIH, el cual, después de haber estado sin dar síntomas, empieza a dañar a las células inmunes, provocando una inmunosupresión que marca el inicio del SIDA y que, debido a las complicaciones secundarias, provoca la muerte de la persona.

SIDA

Ser seropositivo: ¿qué es?

Si queremos ser precisos, el término “seropositivo”, en el ámbito clínico, se usa para referirse a una persona que presenta anticuerpos contra un patógeno concreto. En este sentido, no es exclusivo del VIH/SIDA ni significa que la persona tenga una infección en el momento, pues puede tener los anticuerpos pero haber vencido la infección.

De todos modos, en el contexto del artículo de hoy, ser seropositivo es el término que hace referencia a una persona que tiene anticuerpos contra el virus VIH. En otras palabras, una persona seropositiva es aquella que, en su cuerpo, tiene el virus del VIH, aunque puede estar en estado latente, es decir, sin causar todavía SIDA.

Por lo tanto, el diagnóstico de la infección por VIH es posible porque, pese a que el virus se “oculta” dentro de las células inmunes, la persona ha producido anticuerpos contra él (de ahí que hablemos de seropositivo), cosa que alerta de que, en efecto, de no detener el transcurso de la infección, puede desarrollar la enfermedad del SIDA.

En un seropositivo, el virus del VIH está en el cuerpo, pero de forma latente, por lo que todavía no sufrimos la enfermedad del SIDA en sí. (Nota: una persona con SIDA también es seropositiva). Y es que aunque puede haber síntomas después de un mes de ser infectados porque el cuerpo reacciona a la presencia del virus, estos signos clínicos pueden ser fácilmente confundidos con los de una simple gripe aunque con una duración algo mayor.

Pero en ese momento, el virus ya está en su cuerpo, quedándose en “modo reposo” y entrando en una fase asintomática que puede durar más de 10 años. Durante todo este tiempo, la persona es seropositiva. Y está a tiempo de frenar la expansión de la infección mediante la administración de antirretrovirales, unos medicamentos que, si bien no matan al virus (ningún fármaco puede hacerlo), contienen su replicación, haciendo que la infección se detenga en esta fase asintomática.

Por lo tanto, pese a que una persona seropositiva seguirá siendo seropositiva el resto de su vida (el VIH siempre estará en la sangre y podrá contagiarlo a otras personas), estos medicamentos permiten que nunca desarrolle el SIDA y que pueda vivir una vida prácticamente normal, más allá del hecho de requerir de medicación de por vida.

En resumen, ser seropositivo significa que estamos infectados por VIH, aunque este virus todavía no ha provocado el desarrollo de la enfermedad del SIDA. Se tienen anticuerpos contra el virus pero aún no hay una manifestación clínica clara ni se sufre la inmunosupresión mortal, por lo que en esta etapa latente, la administración de antirretrovirales puede frenar la expansión del virus y, por lo tanto, impedir que la persona sufra SIDA.

Seropositiva

¿En qué se diferencia el SIDA de ser seropositivo?

Después de haberlos definido individualmente, seguro que las cosas han quedado muy claras. Aun así, para que dispongas de la información de forma más concisa, hemos preparado una selección de los principales aspectos que diferencian a ambos términos.

1. No todos los seropositivos tienen SIDA; pero todas las personas con SIDA son seropositivas

La diferencia clave y la más importante. Como hemos visto, una persona seropositiva es aquella que sufre una infección por VIH. Pero esto no implica que sufra SIDA. De hecho, si eres seropositivo pero inicias a tiempo el tratamiento con antirretrovirales, jamás sufrirás SIDA.

En este sentido, ambos términos hacen referencia a la presencia del virus del VIH en el cuerpo. Tú puedes ser seropositivo (tener anticuerpos contra el VIH) y no padecer la enfermedad del SIDA. Pero no puedes tener SIDA sin ser seropositivo, es decir, sin tener el VIH en tu interior.

2. El SIDA es una enfermedad; ser seropositivo, no

Una aclaración muy importante. Y es que una persona seropositiva no está enferma. Como hemos visto, ser seropositivo implica que el virus del VIH está en estado latente, sin provocar síntomas (más allá de unos similares a una gripe al principio). Por lo tanto, una persona seropositiva no sufre ninguna complicación grave.

Estas solo aparecen cuando, tras 10 años de estado asintomático, el virus empieza a atacar de forma agresiva a las células inmunes. Solo cuando la infección provoca esta inmunosupresión hablamos de SIDA y, por lo tanto, de una enfermedad.

3. Los síntomas del SIDA son mucho más graves

Esta idea se plasma de una forma muy clara: una persona con SIDA muere de SIDA; una persona seropositiva no muere por ser seropositiva. El VIH solo es grave cuando desencadena la inmunosupresión y provoca, por lo tanto, la enfermedad del SIDA. Mientras esté en estado latente, no da señales de su presencia.

Como hemos visto, una persona seropositiva que todavía no padece la enfermedad puede sufrir, el primer mes tras la exposición al virus, un cuadro clínico similar a una gripe algo más larga, pero con unos síntomas leves que se reducen a fiebre, dolor de cabeza y molestias musculares. Después de esto, la persona puede estar más de 10 años sin sufrir ningún problema de salud vinculado a la presencia del VIH en su cuerpo.

Ahora bien, en caso de no frenar su expansión, aparece el SIDA. Y en ese momento, los síntomas ya son graves: fiebre constante, sudoraciones nocturnas, diarrea crónica, pérdida enorme de peso, debilidad enorme, aparición de bultos y erupciones en la piel… Por no hablar de que la persona tiene un riesgo muy elevado de morir por infecciones o enfermedades secundarias, siendo la tuberculosis, la meningitis, los trastornos neurológicos, las infecciones parasitarias, la neumonía, las enfermedades renales y el sarcoma de Kaposi las más frecuentes.

4. Cuando eres seropositivo, el tratamiento es posible; cuando hay SIDA, no

Cuando una persona es seropositiva, está a tiempo de que el tratamiento con antirretrovirales sea efectivo y evite la aparición de la enfermedad del SIDA. Pero en caso de que se padezca ya la enfermedad, no hay tratamiento posible. Como hemos dicho, el SIDA es una enfermedad mortal crónica. Ser seropositivo es crónico, pero no es mortal y, además, se puede mantener el virus en estado latente gracias a estos fármacos que, si bien no lo matan, inhiben su replicación.

5. Una persona seropositiva tiene anticuerpos; una persona con SIDA, una inmunosupresión

Como hemos comentado, una persona se considera seropositiva cuando tiene anticuerpos contra el VIH, cosa que denota una infección por este virus que será crónica pero contenible gracias a los antirretrovirales. En cambio, una persona con SIDA, además de, evidentemente, disponer de anticuerpos (sigue siendo seropositiva), sufre una grave inmunodepresión, pues el virus ha empezado a aniquilar a las células inmunitarias, dejando a la persona totalmente “desnuda” ante el ataque de patógenos y el desarrollo de tumores malignos.

VIH
El VIH siempre estará en el cuerpo. Si se frena su expansión, seguiremos siendo seropositivos, pero evitaremos la aparición del SIDA.
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