Las 5 diferencias entre Autismo y TDAH (explicadas)

El autismo y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) son dos condiciones neurológicas rodeadas de un gran estigma que hace que exista desconocimiento en lo que a diferencias clínicas se refiere.

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La naturaleza humana es increíblemente compleja. Y es que todo aquello que emerge del cerebro y que define nuestra forma de ser, de responder a los estímulos, de percibir la realidad que nos rodea, de relacionarnos con los demás y de definir nuestra propia autoimagen sigue siendo, pese a los increíbles avances en las ciencias neurológicas, uno de los mayores enigmas de la ciencia.

Y si a este desconocimiento le sumamos el estigma que, por desgracia e inexplicablemente teniendo en cuenta que estamos en pleno siglo XXI, sigue rodeando a la salud mental, condiciones clínicas que mezclan ambos elementos, sin duda, son cuestiones muy complejas para la sociedad en general. Y pocos trastornos definen tan bien esta situación como el trastorno del espectro autista y el TDAH.

El trastorno del espectro autista es una condición relacionada con el desarrollo del cerebro que afecta al modo cómo la persona percibe y socializa con los demás, derivando en problemas en la comunicación y la interacción social. El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), una enfermedad crónica que provoca dificultad para mantener la atención y comportamientos impulsivos e hiperactivos.

No es de extrañar, viendo sus definiciones, que estas condiciones cuyo impacto lo solemos relacionar con la infancia suelen confundirse a nivel de población general. Por ello, en el artículo de hoy y, como siempre, de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, vamos a indagar en las bases clínicas del autismo y del TDAH y a presentar, en forma de puntos clave, sus principales diferencias.

¿Qué es el autismo? ¿Y el TDAH?

Antes de entrar en profundidad y presentar las diferencias entre conceptos en forma de puntos clave, es interesante (y también importante) que nos pongamos en contexto y comprendamos, de manera individual, en qué consisten cada una de estas condiciones clínicas. Veamos, pues, qué es exactamente el trastorno del espectro autista y el TDAH. Empecemos.

Trastorno del espectro autista (TEA): ¿qué es?

El trastorno del espectro autista es una condición relacionada con el desarrollo del cerebro que afecta a la manera cómo la persona percibe y socializa con los demás, derivando en problemas en la comunicación y la interacción social. Es una afección neurológica que comienza en la niñez y que dura toda la vida.

Así, interfiere en la manera en la que se comporta la persona, interactúa con otros, se comunica y aprende. Ya no hablamos simplemente de “autismo”, pues sabemos que no hay una única manifestación, sino que nos movemos en un espectro con gran variedad de signos clínicos y manifestaciones. De ahí que hablemos de trastorno del espectro autista.

Así, a día de hoy, dentro del concepto de “espectro autista” se incluye lo que antes conocíamos como autismo a secas, síndrome de Asperger, síndrome de Rett, síndrome de Savant, trastorno desintegrativo infantil… Así, todos ellos han sido categorizados dentro de este trastorno del espectro autista (TEA).

Así, el trastorno del espectro autista es un desorden persistente y heterogéneo del neurodesarrollo que da señales generalmente antes de los 2 años. Los “síntomas” más habituales a nivel de comunicación e interacción social son, a pesar de que como decimos hay una enorme diversidad, la falta de expresiones faciales, la carencia de expresión de emociones, la falta de empatía, la reticencia a iniciar y mantener conversaciones, la tendencia al aislamiento, la reticencia a las caricias y abrazos, el desarrollo de una voz cantarina (a un ritmo anómalo), dificultades para comprender la comunicación no verbal, la evitación del contacto visual, la repetición de palabras, la dificultad para entender preguntas o indicaciones sencillas…

A nivel de comportamiento, se pueden observar obsesiones por una actividad específica, realización de movimientos repetitivos, realización de actividades que pueden causar daño, el desarrollo de rutinas muy específicas que deben cumplirse siempre, problemas en la coordinación, mayor sensibilidad al sonido y a la luz…

Los trastornos del espectro autista no tienen una única causa conocida, pero sabemos que el factor genético es uno de los más importantes. Sea como sea, no hay forma de prevenir su desarrollo. Pero los tratamientos actuales, basados en terapias de comunicación y de comportamiento, así como, en ciertos casos, medicamentos para controlar los síntomas, pueden ayudar a maximizar la capacidad del niño para crecer y desarrollar habilidades. Cuanto antes empiece, menor será el impacto en la vida adulta.

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Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH): ¿qué es?

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad, más conocido como TDAH, es una enfermedad crónica que provoca dificultad para mantener la atención y comportamientos impulsivos e hiperactivos. Se trata de un trastorno neurológico que afecta a millones de niños en el mundo y que muchas veces continúa en la edad adulta.

Y es que si bien los síntomas a veces disminuyen con la edad, los niños con TDAH, además de las manifestaciones propias del trastorno, pueden desarrollar baja autoestima, tener un bajo rendimiento escolar o tener relaciones interpersonales problemáticas. Por regla general, el TDAH da muestras de su existencia antes de los 12 años, notándose, en ciertas ocasiones, ya desde los tres años.

Los síntomas varían entre leves, moderados y graves, al tiempo que puede manifestarse de tres formas distintas: predominancia de falta de atención, predominancia de conductas impulsivos e hiperactivas o un combinado de ambas. Cabe destacar que la incidencia es mayor en hombres que en mujeres y que, mientras que las niñas son más propensas a que manifiesta con falta de atención, los niños tienden a mostrar más comportamientos hiperactivos.

Sea como sea y a nivel general, un niño o niña con TDAH suele distraerse fácilmente, se olvida de las tareas diarias, está en constante movimiento, habla demasiado, interrumpe conversaciones o se entromete en juegos, no tolera esperar su turno, le cuesta permanecer sentado, le molestan las actividades que requieren de concentración, parece no escuchar, es incapaz de prestar atención a los detalles…

Las causas detrás del TDAH siguen sin estar claras, pero sí que se sabe que, además de la genética, los factores ambientales podrían jugar un papel importante. De ahí que, hasta cierto punto, la prevención sea posible: evitar, durante el embarazo, cualquier cosa que pueda dañar al feto (no fumar y no beber alcohol), proteger al hijo de la exposición a contaminantes y, durante los primeros cinco años de vida, limitar la exposición a las pantallas (aunque todavía no está del todo clara su relación).

Como decimos, los síntomas suelen disminuir con la edad. Pero precisamente para procurar que el impacto del TDAH interfiera en la vida adulta es importante, si bien es un trastorno crónico que no tiene cura, abordar el problema desde la infancia con medicamentos para controlar la sintomatología, terapia o una combinación de ambos.

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Trastorno del espectro autista y TDAH: ¿en qué se diferencian?

Tras haber definido individualmente ambas condiciones, seguro que sus diferencias han quedado más que claras. Aun así, por si necesitas (o simplemente quieres) disponer de la información con un carácter más visual y esquemático, hemos preparado la siguiente selección de las principales diferencias entre el autismo (al que nos referiremos como TEA, de trastorno del espectro autista) y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad en forma de puntos clave. Vamos allá.

1. El TDAH es reconocida como enfermedad; el TEA, no

Son solo palabras, es cierto. Pero es importante tener en cuenta que el trastorno del espectro autista no se considera una enfermedad. Es una condición relacionada con el desarrollo del cerebro que afecta a la interacción social y a la comunicación, pero no es una patología. En cambio, el TDAH sí que es reconocido como una enfermedad, como un trastorno neurológico crónico que provoca dificultad para mantener la atención y comportamientos impulsivos e hiperactivos.

2. La sintomatología es distinta

Ambos trastornos destacan por tener una sintomatología muy variable que depende mucho del caso en concreto. Aun así y pese a que a veces las manifestaciones pueden ser parecidas, sí que hay una serie de “síntomas” muy definitorios de cada una de las condiciones.

Mientras que el TEA afecta a la comunicación y a la interacción social (carencia de expresión de emociones, tendencia al aislamiento, desarrollo de rutinas muy específicas, falta de empatía, reticencia a las caricias, dificultades para entender la comunicación no verbal…), el TDAH se manifiesta con dificultades para mantener la atención y comportamientos impulsivos e hiperactivos (tendencia a distraerse, incapaz de prestar atención de los detalles, hablar demasiado, olvidar las tareas diarias, interrumpir conversaciones…).

3. Un niño con TDAH habla todo el tiempo; uno con TEA tiene problemas para expresar emociones

Una de las señales que más permiten diferenciar el TDAH del trastorno del espectro autista es que mientras que un niño con TDAH suele hablar todo el tiempo e incluso interrumpir y entrometerse en conversaciones ajenas, un niño con TEA hace todo lo contrario. No solo es que hable poco, sino que suele aislarse y tener problemas para expresar sus emociones.

4. Un niño con TDAH evita las rutinas; uno con TEA, las necesita

Otra diferencia importante es que mientras que un niño con TEA desarrolla rutinas y rituales muy específicos cuyo incumplimiento genera en él malestar; a un niño con TDAH le pasa todo lo contrario. No tolera las rutinas y todas aquellas actividades repetitivas le generan malestar, huyendo de ellas.

5. El TDAH es más prevenible que el TEA

Las causas detrás del trastorno del espectro autista son, en gran parte, desconocidas. Y es que la genética es el principal factor que lo explica, por lo que no hay una prevención posible. En el TDAH, en cambio, si bien evidentemente la genética juega un papel esencial, tiene factores ambientales detrás que también juegan un rol importante.

De ahí que, en cierta medida, el TDAH pueda prevenirse evitando, durante el embarazo, exponer al feto a tóxicos (como el tabaco o el alcohol) que puedan dañarlo, protegiendo al hijo de los contaminantes y toxinas (como la pintura de plomo) y limitando, durante los primeros cinco años de vida, la exposición a pantallas. Esto es importante, pues el TDAH puede derivar en complicaciones potencialmente graves en la vida adulta por el bajo rendimiento escolar, la tendencia a realizar conductas peligrosas, el incremento del riesgo de abusar de sustancias, la baja autoestima, etc.

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