Abuso Sexual y Trastornos de la Conducta Alimentaria: ¿cómo se relacionan?

Los trastornos alimentarios constituyen un problema habitual entre las víctimas de abuso sexual infantil. Conocer la relación entre ambas realidades es clave para brindar la ayuda necesaria a quienes han sufrido este tipo de experiencias traumáticas.

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Hablar de abuso sexual infantil (ASI) implica destapar una realidad que ha permanecido oculta durante demasiado tiempo. Aunque cada vez se logra arrojar más luz al sufrimiento de innumerables víctimas, lo cierto es que siguen siendo muchos los casos que permanecen invisibles en el pozo del secreto, la culpa y la vergüenza.

Cuando eventualmente se descubre que un menor de edad ha sido abusado, por lo general la sociedad manifiesta de inmediato una reacción de rechazo. Sin embargo, esta aparente condena social es meramente superficial, pues no son pocos los adultos que miran a otro lado ante la sospecha de que un niño o adolescente está sufriendo abusos. ¿Por qué sucede esto? Pues sencillamente porque poner encima de la mesa un asunto tan peliagudo es incómodo, doloroso y remueve conciencias. Reconocer que el ASI es una lacra extendida y no una cuestión anecdótica produce temor, repulsión y desconfianza.

Aceptar que podemos toparnos cada día con adultos capaces de abusar de menores es una idea insoportable, así que la respuesta fácil es obviar que esto está sucediendo. Sin embargo, lo último que las víctimas necesitan es que el problema se esconda debajo de la alfombra. No necesitan tabúes, silencios ni más secretos, sino escucha, apertura, acompañamiento y comprensión libre de juicios y culpas.

Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) suponen un reto sanitario en el mundo actual, pues cada vez son más las personas afectadas por este grupo de psicopatologías. A pesar de su nombre y su aparente foco en la comida, los TCA encuentran su raíz en aspectos mucho más profundos que nada tienen que ver con la simple búsqueda de belleza. Quienes atraviesan este infierno alimentario pueden encontrar en la comida una herramienta que les brinda sensación de control, refugio, regulación emocional…

En definitiva, la relación con los alimentos refleja muchas veces el estado emocional de la persona. Así, no sorprende que los TCA constituyan un problema frecuente en aquellas personas que han sufrido ASI. En este artículo vamos a profundizar sobre esta cuestión y reflexionaremos acerca de la relación existente entre ambas realidades.

La cruda realidad del abuso sexual infantil

El ASI está reconocido como un tipo de maltrato hacia a la infancia. Este engloba todos los actos de naturaleza sexual impuestos por un adulto sobre un niño, que por su condición de tal no posee un desarrollo madurativo, emocional y cognitivo que le permita dar consentimiento para dicha acción en la que se encuentra involucrado. El agresor se beneficia de una posición dominante para persuadir y arrastrar al menor, que se sitúa en una posición de absoluta vulnerabilidad y dependencia del adulto.

El ASI posee algunas características distintivas que lo diferencian de otras formas de maltrato hacia la infancia. Mientras que el maltrato físico y verbal puede tener una tolerancia relativa dependiendo de la sociedad y es más o menos visible, el abuso posee una tolerancia social nula y por ello se desarrolla en el más absoluto secreto. El agresor inicia el abuso con una fase de preparación, en la que prepara el terreno ganándose la confianza y el afecto de la víctima con halagos, regalos, etc.

Cuando ya ha logrado crear un vínculo “especial”, es cuando perpetra el abuso propiamente dicho y silencia a la víctima de múltiples formas. El agresor puede, por ejemplo, utilizar amenazas (“si lo cuentas, le pasará algo malo a tu familia”, “si lo cuentas, te haré más daño”, “si lo cuentas, nadie te creerá”). Estos mensajes, que pueden ser más o menos explícitos, generan un temor en el menor que le bloquea y le impide hablar de lo que sucede con otras personas. Detectar una situación de ASI es una tarea muy difícil, pues el agresor suele pertenecer al entorno de confianza del niño o niña.

Esto impide que puedan surgir sospechas, ya que de cara al exterior el adulto se comporta con normalidad e incluso puede ser cercano y cariñoso con la víctima. Todo ello, sumado al hecho de que rara vez se observan marcas físicas evidentes (algo que sí sucede con el maltrato físico), puede ayudarnos a entender cómo es posible que muchos menores sufran abusos durante años sin que nadie repare en ello.

Además de un acto deleznable, el abuso sexual hacia un menor de edad constituye, desde los primeros momentos, un delito. Cuando se produce una situación de abuso sexual hacia un niño o niña y esta es notificada a alguno de los organismos competentes (Servicios Sociales, Policía…), la prioridad será siempre la de proteger al menor, activando los mecanismos pertinentes para conseguirlo. En primer lugar, se procede a separar al niño o niña de su presunto agresor, intentando, en la medida de lo posible, preservar el derecho del menor a vivir en familia y mantener la máxima normalidad en los distintos ámbitos de su vida (escolar, sanitario, ocio…).

De forma paralela, la justicia despliega acciones que tienen como fin último determinar la responsabilidad penal del presunto agresor. Esto permitirá, entre otras cosas, que la víctima pueda comenzar su proceso de reparación para aliviar las secuelas que el abuso ha dejado. Por desgracia, son muchas las víctimas que nunca llegan a revelar su sufrimiento por diversos motivos. Muchas veces, como ya hemos comentado, el miedo es tan intenso que no logran verbalizar a ninguna persona de su entorno lo que están viviendo. Peor aún, hay quienes reúnen fuerzas para contarlo a alguien y se encuentran con una reacción desfavorable por la que no se les cree o se les culpa de lo que sucede. Así, son muchas las personas que alcanzan la edad adulta con ese “secreto” en su interior que les atormenta y les impide llevar una vida plena.

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La problemática de los trastornos de la conducta alimentaria

Los TCA constituyen una realidad ampliamente extendida, siendo cada vez mayor el número de pacientes con diagnóstico de anorexia y/o bulimia u otros trastornos alimentarios. Actualmente, los TCA y la dinámica que los caracteriza son mucho más conocidos, motivo por el cual se diagnostican casos con más frecuencia y se logra intervenir de forma más adecuada. Sin embargo, a pesar de los avances, aún no se ha dado con un tratamiento eficaz para todos los pacientes. Los terapeutas que trabajan día a día con los problemas alimentarios suelen sentirse, en ocasiones, frustrados, pues el tratamiento y la consiguiente recuperación nunca siguen un curso lineal.

Por el contrario, hasta que un paciente con TCA llega a estar totalmente recompuesto se suelen alternar mejoras y recaídas y, en general, se trata de procesos terapéuticos largos. A pesar de todo lo dicho, cada vez se obtienen más progresos. A día de hoy, alrededor del 50% llega a recuperarse totalmente de este serio problema, mientras que un 30% lo hace de manera parcial y un 20% convive de forma crónica con el trastorno. Además, los pacientes suelen recibir tratamiento con mucha más precocidad que antes, de forma que es poco habitual llegar a estadios de gran deterioro físico.

También es importante señalar que el tratamiento actual es mucho más completo que en el pasado La recuperación del estado físico es, por supuesto, esencial, pero esta es solo el primer peldaño de una larga escalera de avances por dar. La sintomatología visible, manifestada en forma de atracones y restricciones, es sólo la punta de un gran iceberg. Por esto, el tratamiento debe ir más allá de lo superficial y profundizar en aspectos nucleares como las relaciones vinculares, las emociones y los afectos de la persona.

Los TCA son, como la mayoría de trastornos psicopatológicos, multifactoriales. Esto significa que nunca tienen una causa única, sino que aparecen como resultado de la confluencia de múltiples variables. Entre los aspectos que alimentan la aparición de estos problemas se encuentran, por supuesto, las redes sociales. Estas han servido como una ventana amplificadora de los mitos sobre la comida, la perfección extrema y ciertas modas como el ayuno intermitente y el real fooding.

Si a esto le añadimos otros ingredientes (vínculos no saludables con las figuras de apego, límites difusos de los roles en la familia, anteposición de los deseos de los otros antes que los propios, necesidad de control, baja autoestima, etc.) tenemos el caldo de cultivo ideal para que un trastorno alimentario llame a la puerta.

En muchos casos, cuando se comienza a indagar en el trabajo emocional con pacientes que sufren TCA, terminan saliendo a la luz abusos sexuales vividos en la infancia o la adolescencia. Muchas veces, los problemas alimentarios parecen guardar una relación más que relevante con dichas experiencias traumáticas. Identificar los casos en los que esto sucede es clave, pues elaborar el abuso puede ser entonces una parte crucial para que la persona logre salir del TCA.

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TCA y abuso sexual: la comida como herramienta de gestión emocional

Todos debemos afrontar, en algún momento de la vida, experiencias o eventos que resultan estresantes, intensos o dolorosos. Cada uno de nosotros contamos con un bagaje de herramientas y estrategias que nos ayudan a ser más o menos resilientes, es decir, nos permiten preservar el equilibrio mental a pesar de atravesar este tipo de vivencias. Sin embargo, cuando vivimos eventos que desbordan nuestra capacidad de asimilación, es posible que se produzca un desajuste y se rompa dicho equilibrio.

Los niños y niñas que sufren ASI atraviesan niveles de estrés desbordantes, que además afrontan en absoluta soledad. En esta tesitura, la víctima tratará de poner en marcha estrategias que no tienen otra finalidad más que sobrevivir. En este sentido, resulta especialmente frecuente el fenómeno de la disociación, por el cual el cerebro procura desconectarse para protegerse ante situaciones profundamente traumáticas y difíciles de asimilar. Así, los recuerdos de la experiencia se mantienen reprimidos, pues su dureza puede ser desbordante.

Muchas veces, la víctima puede tener la sensación de estar fragmentada, de no sentirse como una persona unificada y completa. El propio yo queda dividido en partes, de forma que la persona puede llevar una vida aparentemente normal al dejar apartados esos recuerdos traumáticos. Sin embargo, esta estrategia termina siendo desadaptativa con el tiempo, pues el individuo se muestra desconectado del mundo y de sí mismo.

De esta forma, muchas víctimas de abusos recurren a la comida como herramienta de evitación experiencial o como una estrategia para sentir placer o recuperar el control de sus emociones. Aunque todavía no está del todo claro cómo se relacionan el ASI y los TCA, es indudable que entre ellos existe una conexión. Es posible que para quienes han sufrido ASI los TCA actúen como una vía de escape al dolor. Controlar la comida o ingerirla sin control pueden ser distintas maneras de lidiar con las secuelas del trauma y dar salida a un sufrimiento que no ha sido atendido cuando tocaba.

El secreto encuentra así una manifestación simbólica a través de la comida. Si bien no es una expresión verbal, supone una señal de alerta que no debe ser ignorada. Muchas veces, la primera revelación del ASI se realiza cuando la víctima es adulta y se encuentra inmersa en un proceso terapéutico. Así, los profesionales tienen una enorme responsabilidad a la hora de acoger a sus pacientes y hacerles sentir escuchados y comprendidos en un ambiente cálido. Brindarles un vínculo seguro muchas veces es la forma de dar espacio para que la persona abra su mundo interior, descubriendo experiencias que han permanecido reprimidas demasiado tiempo.

La revelación del abuso es la puerta hacia la recuperación, siempre que la respuesta a ella sea comprensiva y no enjuiciadora. Modificar progresivamente las estrategias de supervivencia (como por ejemplo las relacionadas con el uso de los alimentos) es clave. Aunque en su momento pudieron ayudar a tolerar el sufrimiento, en la edad adulta impiden a la persona ser funcional, crecer y disfrutar de su vida con plenitud.

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