Efecto Halo: ¿qué es y cómo se descubrió?

El efecto Halo es un fenómeno psicológico que consiste en la tendencia que tenemos a realizar generalizaciones erróneas a partir de una sola cualidad del objeto o sujeto que estamos juzgando.

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“Las apariencias engañan”. Esta popular cita tuvo que desarrollarse por la tendencia que tenemos las personas de realizar generalizaciones erróneas a partir de una única cualidad del objeto o sujeto que estamos analizando. Y es que en esta tendencia que tenemos a juzgar a partir de una primera impresión se esconde un claro ejemplo de sesgo cognitivo.

Los sesgos son una especie de atajos que utiliza nuestro cerebro para tomar decisiones de la forma más rápida posible, especialmente en situaciones donde existe un alto grado de incertidumbre o en las que no poseemos los suficientes datos como para emitir juicios. En este contexto, estos atajos inconscientes, involuntarios y rápidos influyen en nosotros sin que nos demos cuenta.

Existen muchos tipos de sesgos cognitivos distintos, como la tendencia a juzgar una situación en base a la información más reciente que hemos recibido, la tendencia a elegir evitar pérdidas en lugar de adquirir ganancias, la tendencia a creer algo que muchas personas creen, la tendencia a buscar aquella información que permite confirmar nuestras creencias… Pero, sin duda, uno de los sesgos más interesantes es el efecto Halo.

Un fenómeno psicológico y sesgo cognitivo basado en el error que solemos cometer de generalizar sobre una situación cuando solo conocemos una cualidad del objeto o sujeto que estamos juzgando. Así pues, en el artículo de hoy y, como siempre, de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, vamos a indagar en las bases psicológicas del efecto Halo al tiempo que descubriremos la historia detrás del polémico experimento que lo estudió en 1977. Empecemos.

¿Qué es el Efecto Halo?

El efecto Halo es un fenómeno psicológico y sesgo cognitivo a través del cual tendemos a crear una opinión y valoración global de un objeto o sujeto en base únicamente a uno de sus rasgos. Así, se trata de aquel sesgo que nos hace tender a realizar generalizaciones erróneas a partir de una sola cualidad en una persona, objeto, situación, marca, producto, etc.

Explica cómo, si identificamos un aspecto específico positivo en algo o alguien a quien no conocemos bien, es muy probable que la visión general que tengamos de aquello sea buena; mientras que si el primer aspecto que vemos es negativo, es muy probable que la visión general sea mala. Y, muchas veces, tendemos a equivocarnos a la hora de realizar esta generalización.

En este sentido, el fenómeno del efecto halo se basa en nuestra propensión a utilizar nuestra valoración sobre una característica muy específica de un objeto o sujeto para crear, a partir de esta, una valoración global del mismo. De este modo, la primera impresión interfiere en el modo en cómo valoraremos las posteriores cualidades, pues lo haremos desde el prisma de esa negativa o positiva generalización.

Por lo tanto, nuestras futuras opiniones sobre una persona o cualquier entidad van a depender de la primera impresión que nos ha generado y de la primera característica que hemos observado, momento en el que surge este efecto halo y desarrollamos la, muchas veces incorrecta, generalización.

Este fenómeno psicológico fue descrito por primera vez en los años 20 por Edward Thorndike (1874 - 1949), psicólogo y pedagogo estadounidense considerado un antecesor de la escuela del conductismo y cuyos principales aportes fueron en el aprendizaje por ensayo y error, quien analizó esta tendencia que tenemos los humanos a prejuzgar a los demás, otorgándoles o limitándoles oportunidades sin contar con suficientes datos sobre ellos. Y fue así como bautizó el concepto de “Efecto Halo”.

Posteriormente, este efecto psicológico fue estudiado en profundidad y muchos estudios desvelaron muchos ejemplos del mismo, tales como la tendencia a pensar que las personas atractivas son vistas también como más inteligentes, que las personas con rostros familiares tienen mayor probabilidad de acceder a puestos de liderazgo, que los profesores tienden a creer que los niños más oposicionistas sufren TDAH, que los anuncios de restaurantes donde se presenta el mismo como lugar saludable hace que los consumidores no se preocupen por el nivel calórico, que los entrevistadores juzgan mejor los logros profesionales si la persona va bien vestida a la entrevista de trabajo… Y muchos más.

Aun así, también se sabe que este efecto Halo se ve influenciado por el estado anímico y el humor de la persona que juzga, haciendo que sea más probable que se desarrolle en personas que, ese día, están de buen humor. Esta es una de las grandes limitaciones en lo que a influencia de este fenómeno psicológico se refiere y una de las principales razones de sus críticas.

Sea como sea, lo que está claro es que este sesgo existe y que tendemos a presuponer, valorar y concluir datos sin saberlo todo de aquello que estamos juzgando, usando solo una cualidad para generalizar acerca de toda su naturaleza sin ni siquiera que dicha cualidad tenga una relación directa o de causalidad con la conclusión a la que hemos llegado.

Emitimos juicios de valor sin malas intenciones, pero lo hacemos. Generalizamos y ponemos etiquetas conociendo solo un único aspecto de una persona o entidad porque el cerebro, como sucede con el resto de sesgos cognitivo, necesita hacerse rápidamente una idea de aquello que le rodea, pues tener una visión general nos aporta seguridad y, ayudándonos a saber si debemos o no mantener las distancias con alguien o algo, pude entenderse como una estrategia de supervivencia.

Daniel Kahneman, psicólogo israelo-estadounidense célebre por sus trabajos acerca de la toma de decisiones y la Psicología del Juicio, fue uno de los primeros en señalar, en 1973, la importancia de los sesgos cognitivos y del efecto Halo a la hora de hacer juicios en situaciones de incertidumbre. Con él, junto a Amos Tversky, supimos que la mente no solo toma decisiones de forma racional, sino desde la influencia de estos sesgos.

Estaba claro que muchas veces nos dejamos guiar por la intuición pese a que esta, especialmente en el caso del efecto Halo, suela conducirnos a cometer errores. Pero todavía, 50 años después de su concepción, no teníamos una comprensión plena de cómo este fenómeno psicológico influye en nuestra conducta y patrones de pensamiento. Y fue así como se desarrolló un experimento psicológico muy conocido que despertó también polémica.

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El experimento del Efecto Halo de 1977

Era el año 1977. Richard Nisbett, psicólogo social y escritor estadounidense, y Timothy Wilson, también psicólogo social y escritor estadounidense, se proponen continuar los estudios de Edward Thorndike acerca del efecto Halo que el psicólogo había empezado en 1920. Querían comprender las bases psicológicas de este sesgo y fenómeno psicológico a través del cual tendemos a prejuzgar a las personas, objetos, marcas y entidades sin contar con suficientes datos.

Para profundizar en este sesgo cognitivo, Nisbett y Wilson desarrollaron un ensayo muy reconocido en el mundo de la Psicología que se conoció como “Experimento del Efecto Halo”. En él, usaron a 118 estudiantes universitarios (de ellos, 56 eran chicas y 62 eran chicos), a los cuales dividieron en dos grupos, pidiéndoles que evaluaran, viéndolo en una cinta de vídeo, a un profesor belga que tenía un acento inglés muy marcado.

Pero es aquí donde venía el truco. Se grabaron dos vídeos del profesor originario de Bélgica y cada grupo iba a ver solo uno de ellos. En el primero, se veía cómo interactuaba amigablemente con los alumnos que aparecían en el metraje. Pero en el segundo, se vía cómo el profesor trataba a los chicos de la clase de forma hostil. Así, unos estudiantes vieron al profesor amable y otros, al profesor más antipático.

El resto de parámetros, incluidos sus explicaciones, dominio de la materia, apariencia física y acento, eran absolutamente iguales. Y esto era lo que los estudiantes, viendo la cinta, tenían que juzgar. Después de ver los metrajes, se les pidió que calificaran dichos parámetros en una escala del 0 al 8.

Los resultados indicaron que, a pesar de que los conceptos que debían ser analizados no dependían del comportamiento del profesor, el 70% de los participantes del experimento que vieron la cinta “buena” otorgaron, de media, un 8 al profesor; mientras que el 80% de los participantes que vieron la cinta “mala” otorgaron, de media, notas cercanas al 0.

El estudio permitió a los psicólogos confirmar el efecto Halo, demostrando así que rasgos específicos influyen no solo en la percepción general que hacemos de una persona, sino también que cambian “los ojos” a través de los cuales vemos a dicho individuo, afectando pues a la percepción que vamos a tener de otros rasgos específicos.

El experimento del efecto Halo fue un estudio polémico, especialmente tiempo después, ya que los estudiantes no firmaron ningún consentimiento informado, algo que a día de hoy haría que cualquier comité de bioética prohibiera su realización. De todos modos, a diferencia de otros mucho más controvertidos experimentos psicológicos de aquella época, no supuso perjuicios en los participantes y las aportaciones fueron relevantes para la comprensión de este curioso sesgo cognitivo.

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