Los 12 experimentos psicológicos más famosos (y perturbadores) de la historia

La historia de la ciencia y de la Psicología está llena de experimentos que, por su crueldad, a día de hoy no podrían recrearse. Un viaje al pasado para ver los experimentos psicológicos más impactantes que se han realizado.
Experimentos psicológicos más famosos

La ciencia ha progresado mucho a lo largo de la historia. Y con esto no nos referimos exclusivamente a los avances técnicos, sino a la adquisición de valores éticos y morales que, actualmente y por fortuna, ponen límites a la ciencia. No todo lo que podemos hacer debe hacerse.

Los comités de bioética de los centros de investigación y de los hospitales se aseguran de que todas las prácticas vayan acorde a los valores que deben ser respetados absolutamente siempre. Pero las cosas no siempre han sido así. La ciencia, por desgracia, no siempre ha chocado contra los muros de la ética.

Y hubo un tiempo en el que, en el contexto de una necesidad por conocer la mente humana y de comprender la naturaleza más primitiva de los seres humanos, el mundo de la Psicología fue artífice de unos experimentos que cruzaron todos los límites de la moral.

Y en el artículo de hoy emprenderemos un viaje hacia el pasado para conocer todos los misterios acerca de los experimentos psicológicos más famosos, crueles, perturbadores e impactantes de todos los tiempos. ¿Preparado?

¿Cuáles son los experimentos psicológicos más impactantes y perturbadores de la historia?

Actualmente, todos los experimentos psicológicos que se realizan deben plantearse de tal modo que no se atente contra los valores éticos de la sociedad. Y los comités se encargan de ello. Pero, como hemos dicho, esto no fue siempre así. Los estándares no siempre fueron tan estrictos, cosa que permitió que los siguientes experimentos se realizasen.

1. El Pequeño Albert (1920)

Año 1920. Universidad Johns Hopkins, Baltimore, Estados Unidos. John B. Watson, psicólogo estadounidense con enormes contribuciones en la teoría científica del conductismo, planteó un experimento que, a día de hoy, no podría realizarse de ningún modo. ¿La razón? Experimentó fobias en un bebé.

Para el experimento, conocido como “El Pequeño Albert”, seleccionaron a un bebé sano de 9 meses que no tenía miedo a los animales, pero sí que mostraba rechazo y temor a los sonidos fuertes. Para probar el condicionamiento clásico, se puso en contacto al pequeño Albert con una rata blanca, con la que se encariñó. Posteriormente, Watson empezó a inducir sonidos fuertes de un martillo chocando contra el metal cada vez que Albert estaba con la rata.

¿Qué pasó, con el tiempo? Que Albert desarrolló fobia a la rata incluso cuando ya no había sonidos. El experimento demostró que un estímulo externo puede crear una respuesta de miedo hacia un objeto que antes era neutral. Y no solo eso, sino que, a medida que se hizo mayor, Albert tuvo miedo a todos los animales peludos. Aun así, no pudo verse si arrastró las fobias a la edad adulta, pues murió a los 6 años de una meningitis no relacionada con el experimento.

2. El experimento de la Cárcel de Stanford (1971)

Uno de los experimentos psicológicos más célebres de todos los tiempos. Año 1971. Philip Zimbardo, psicólogo estadounidense de la Universidad de Stanford, California, Estados Unidos, planteó su, por desgracia, célebre experimento, que tenía el objetivo de estudiar el comportamiento de un grupo de personas en función de sus roles.

Seleccionó a un grupo de 24 estudiantes universitarios sanos tanto en lo psicológico como en lo físico que firmaron para participar en un experimento sobre la vida en las prisiones y cobrar, a cambio, 15 dólares por día. Posteriormente y al azar, el grupo se dividió en dos subgrupos: 12 prisioneros y 12 guardias. La prisión fue recreada en los sótanos del departamento de Psicología y absolutamente todo, desde la estética hasta el vestuario, era muy realista.

Los prisioneros, desde el primer día, fueron tratados como tal, cosa que incluyó ser desparasitados y que se les entregaran uniformes embarazosos. Los guardias, por su parte, recibieron instrucciones de hacer lo que fuera necesario para mantener el control sin, evidentemente, agredir a los prisioneros.

El primer día pasó sin incidentes, pero en el segundo día, todo cambió. Habían entrado tanto en sus roles que los prisioneros se rebelaron contra los guardias y estos, en sus papel como tal, se aprovecharon de su posición y abusaron psicológicamente de ellos. Los guardias inflingieron castigos (como flexiones), enviaron a los más problemáticos al confinamiento solitario y realizaron humillaciones públicas.

En apenas unos días, todo se convirtió en un infierno. Los prisioneros mostraron signos de depresión y de ansiedad y los guardias cada vez eran más sádicos en sus métodos. El experimento tuvo que ser detenido a los 5 días. Una muestra de cómo, sin límites, la crueldad humana impera por encima de todo.

3. El experimento de Asch (1951)

Año 1951. Solomon Asch, psicólogo polacoestadounidense pionero en Psicología social, quiso estudiar la conformidad en el ser humano. Por ello, en la Universidad de Swarthmore, ideó un experimento para ver hasta qué punto podemos cambiar nuestro pensamiento para no ir en contra del grupo.

Se realizaron 50 rondas del experimento. En cada una de ellas, un participante se ponía en un aula con otras personas (que en realidad eran actores) para, en teoría, realizar una prueba de lógica. Cada persona en el aula tenía el cometido de decir cuál de las tres líneas de un dibujo era la más cercana a la longitud de referencia. La respuesta correcta era más que evidente.

El individuo de estudio, evidentemente, sabía la respuesta. Pero, ¿qué pasó? Que todos los demás integrantes del aula (actores) dijeron la respuesta incorrecta. Asch quería ver si, en su grupo, el individuo de estudio se conformaría con dar la evidentemente incorrecta respuesta o sería el único del aula en dar la evidentemente correcta respuesta correcta.

¿El resultado? 37 de los 50 participantes se conformaron con las respuestas incorrectas a pesar de saber que la correcta era otra. No es demasiado cruel, pero sí célebre y, de igual modo, no podría realizarse hoy porque no hizo firmar ningún consentimiento informado.

4. El efecto Bystander (1968)

Año 1968. John Darley y Bibb Latané, psicólogos sociales, querían comprender, a raíz del asesinato de Kitty Genovese, una mujer de Nueva York apuñalada delante de su casa ante muchos testigos que no hicieron nada, por qué los testigos de los crímenes no tomaban acción cuando los presenciaban.

Por ello, diseñaron un experimento conducido en la Universidad de Columbia que recibió el nombre de “El efecto Bystander” o “Efecto espectador”. Un participante fue enviado a una sala donde se le dejó solo para rellenar una encuesta. Pero esto solo era la excusa. Cuando estaba solo, un humo (inofensivo) empezó a entrar en la habitación. ¿Qué hizo? Avisar rápido.

Pero cuando se repetía este mismo escenario pero no con una persona sola, sino con un grupo, la cosa era bien distinta. Las personas tardaban mucho más en reaccionar y pedir ayuda. Asombrados, llevaron el experimento más allá.

Ahora, lo que hicieron fue repetir la misma mecánica pero poniendo a una persona en una sola teniendo lo que él creía que era una conversación telefónica. En realidad, estaba escuchando una grabación en la que se escuchaba a alguien teniendo convulsiones.

Cuando la persona estaba sola en la sala, llamaba rápidamente diciendo que la persona estaba sufriendo una emergencia médica. Cuando estaba en grupo, tardaba mucho más. Evidentemente, se trató de un experimento poco ético que puso a los participantes en riesgo de daño psicológico pero que nos demostró este potente efecto espectador.

5. El experimento Milgram (1961)

Año 1961. Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, quería comprender cómo fue posible que tanta gente participara en los crímenes del Holocausto nazi. Quería entender cómo la obediencia a las autoridades podía hacer que personas normales cometieran tales actos de crueldad.

Para ello, diseñó un experimento en el que los participantes creyeron acudir a un estudio sobre la memoria. Cada examen se realizaba con dos personas que adquirían el rol de profesor o de alumno, aunque uno de ellos siempre era un actor, por lo que solo una persona de cada ensayo era “real”. Y se manipulaba de tal forma que el profesor siempre fuera la persona genuina y el alumno, el actor.

Pero, ¿qué hicieron? Profesor y alumno fueron enviados a salas distintas. Al profesor se le dijo que tenía que hacer un test al alumno y que cada vez que se equivocara, debía apretar un botón. Un botón que, se le dijo, enviaba una descarga eléctrica al alumno cuya intensidad se iba a incrementar por cada respuesta fallada. Tenían la orden de apretar el botón a pesar de causar daño a un ser humano.

El test empezó y, aunque no había descargas de verdad (evidentemente), el profesor seguía apretando el botón cada vez que el alumno fallaba. A pesar de escuchar los gritos de dolor, el profesor seguía dando descargas eléctricas sin importarle el sufrimiento de su alumno. Si las descargas hubieran sido reales, todos los participantes hubieran terminado matando a sus aprendices.

6. El experimento de los primates de Harlow (1950)

Año 1950. Harry Harlow, psicólogo de la Universidad de Wisconsin, quería comprender la naturaleza de la dependencia materna. Por ello, ideó un experimento que, evidentemente, sería impensable a día de hoy, consistió en separar a un mono Rhesus bebé de su madre.

Tras ello, pusieron en contacto al mono con dos “madres” falsas. Una hecha de tela y otra de alambre, imitando a una hembra de su misma especie. La madre de tela no aportaba nada al bebé más allá de confort, pero la madre de alambre era la que tenía integrado un sistema para alimentarlo. Vieron cómo el mono pasaba la mayor parte del día con la madre de tela y solo se acercaba a la de alambre una hora al día, a pesar de la clara asociación de esta con la comida.

Esto, junto a las técnicas para asustar a los bebés y obligarlos a correr hacia una de las dos madres y a experimentos de aislamiento de los monos para ver cómo los que se habían criado aislados del grupo tenían problemas para aparearse, hizo que, en 1985, sus experimentos se detuvieron.

7. El experimento de la indefensión aprendida (1965)

Año 1965. Martin Saligman, psicólogo y escritor estadounidense, realizó un experimento muy cuestionado debido, de nuevo, al maltrato animal de fondo. Para comprender la naturaleza de la indefensión aprendida (la condición de un humano o animal que ha “aprendido” a comportarse pasivamente), realizó un estudio con perros.

El experimento consistió en poner a un perro en un lado de un recuadro dividido en dos mitades separadas por un barrera muy baja. Entonces, administraron una descarga eléctrica al perro que podía evitarse si saltaba la barrera. Los perros aprendieron rápido a evitar ser electrocutados.

Después, a estos mismos perros que habían aprendido a evitar las descargas, se les dieron descargas eléctricas que no podían evitar de ninguna manera. Al día siguiente, volvieron a ser puestas en el recuadro con la barrera. Ahora, pese a poder escapar de las descargas eléctricas saltando, no hicieron ningún intento para escapar de ellas. Simplemente se quedaron en el sitio, llorando mientras eran electrocutados. Un horrible experimento que demostró el concepto de la indefensión aprendida.

8. El experimento del muñeco Bobo (1961)

Año 1961. Albert Bandura, psicólogo canadiense de la Universidad de Stanford, decide realizar un experimento para estudiar la naturaleza de la agresividad y demostrar que los niños aprenden las conductas agresivas por imitación. Un marco teórico interesante que, por desgracia, se convirtió en un experimento poco ético.

El muñeco Bobo era un juguete hinchable de unos 150 cm de alto que, al ser golpeado, se levantaba fácilmente. El estudio consistió en seleccionar 36 niños y 36 niñas de entre 3 y 5 años para dividirlos en tres grupos: 24 expuestos a un modelo agresivo, 24 expuestos a un modelo no agresivo y 24 eran de grupo control.

Pero, ¿qué significa modelo agresivo? Cada niño entró a una habitación acompañado de un adulto. Una habitación que consistía en una sala de juegos con actividades muy atractivas y, en una esquina, el muñeco Bobo. En el modelo no agresivo, el adulto no hizo caso al muñeco Bobo, pero en el modelo agresivo, el adulto, de repente, se levantaba y empezaba a golpearlo e insultarlo.

¿Qué pasó, entonces? Lo esperado. Los pequeños, especialmente los niños, imitaron el comportamiento y agredieron física y verbalmente al muñeco Bobo de muchas formas distintas. El experimento demostró que las personas no solo aprendemos por conductismo (por recompensa o castigo), sino también por observación e imitación.

A pesar de la falta de ética del propio experimento, debemos considerar que, a raíz de este estudio, se iniciaron muchas investigación para profundizar en el modo cómo los niños pueden ser influenciados para toda su vida al experimentar situaciones agresivas en el hogar.

9. El experimento del efecto Halo (1977)

Año 1977. Los psicólogos Richard Nisbett y Timothy Wilson se proponen continuar un estudio iniciado 50 años antes acerca de un concepto conocido como “El efecto Halo”, un fenómeno descrito en los años 20 por el psicólogo Edward Thorndike y que consiste en cómo las personas solemos prejuzgar a los demás, otorgándoles o limitándoles oportunidades sin contar con suficientes datos sobre ellas.

Para profundizar en este concepto psicológico, Nisbett y Wilson desarrollaron el conocido como “Experimento del efecto Halo”. Usaron a 118 estudiantes universitarios (56 chicas y 62 chicos) y los dividieron en dos grupos, pidiéndoles que evaluaran a un profesor belga que tenía un acento inglés muy marcado.

Pero aquí venía el truco. Se grabaron dos vídeos del profesor belga. En uno de ellos, se veía cómo interactuaba amigablemente con los alumnos de la cinta. Y en el otro, se veía cómo se comportaba de forma hostil. A los estudiantes del experimento se les mostró una u otra.

Después de ver una de las dos cintas, se les pidió que calificaran la apariencia física y acento en una escala del 0 al 8. Los resultados indicaron que, a pesar de que los conceptos a analizar no dependían del comportamiento, el 70% de los participantes que vieron la cinta “buena” dieron un 8 al profesor; mientras que el 80% de los que vieron la cinta “mala” dieron notas cercanas al 0. El estudio confirmó este efecto Halo.

10. El experimento de la Cueva de los Ladrones (1954)

Año 1954. Muzaref Sherif, psicólogo turco, se propuso estudiar las dinámicas que adoptan los grupos humanos cuando se enfrentan a un conflicto. Realizó, en un campamento de verano, un experimento con un grupo de chicos preadolescentes que no sabían que participan en un estudio psicológico. Al llegar al campamento, fueron divididos en dos grupos.

Los dos grupos solo entraban en contacto cuando se realizan actividades deportivas, pero el resto del día se mantenían bien separados. Los psicólogos, enmascarados como monitores, empezaron a crear un ambiente de tensión entre ambos grupos, haciendo que se enemistaran.

Posteriormente, Sherif orquestó problemas, como por ejemplo falta de agua, una situación que requirió que ambos grupos se unieran. Cuando se enfrentaron a un conflicto común, la tensión desapareció y todos se hicieron amigos. Puede parecer un experimento poco inofensivo, pero no olvidemos que no solo no firmaron el consentimiento informado, sino que los chicos no sabían que participaban en un experimento psicológico.

11. El experimento Monstruo (1939)

Año 1931. Wendell Johnson, psicólogo, actor y autor estadounidense, y su equipo se propusieron descubrir las causas detrás de la tartamudez. Puede parecer un propósito inofensivo, pero las prácticas fueron horribles. Y es que el estudio se basó en intentar que unos huérfanos se hicieran tartamudos. Buscó a niños de entre 5 y 15 años de un orfanato en Iowa.

Para el experimento, trabajaron con 22 huérfanos, 12 de los cuales no eran tartamudos. La mitad de ellos estuvieron con un profesor que fomentó el aprendizaje positivo, pero la otra mitad estuvo con profesores que, continuamente, les decían a todos que eran tartamudos. Se pensaba que los que no eran tartamudos terminarían por serlo.

Finalmente, los que recibieron un aprendizaje negativo desarrollaron problemas en el habla por el nerviosismo y estrés que las clases les generaban y de autoestima que arrastraron toda su vida. Uno de los experimentos más polémicos de toda la historia que tiene el nombre de “Experimento Monstruo” por toda la controversia que Wendell Johnson, el monstruo, generó.

12. El experimento de los Ojos (1968)

Año 1968. Jane Elliott, maestra de una escuela de primaria en Iowa (no era psicóloga), quiso dar a sus alumnos, a raíz del asesinato de Martin Luther King, una experiencia práctica para entender la discriminación. Lo que iba a ser una simple actividad en el aula se acabó por convertir en uno de los experimentos más célebres de la historia de la Psicología.

La profesora dividió a la clase en dos grupos: uno con los alumnos con los ojos de color azul y el otro con los ojos de color oscuro. Al día siguiente, Jane Elliott dijo en clase que un artículo científico acababa de demostrar que los niños con ojos marrones eran más limpios e inteligentes que los de ojos azules.

Esto bastó para que el grupo de chicos con ojos marrones se sintiera superior y que los chicos con ojos azules mostraran evidencias de inseguridad. A partir de ahí, la profesora dijo que los chicos con los ojos azules no podían beber de las mismas fuentes porque podrían contagiar sus defectos. Los chicos con los ojos marrones crearon alianzas y empezaron a manifestar comportamientos de exclusión hacia los de ojos azules, que además de sentirse inseguros, bajaron su rendimiento académico.

La siguiente semana, la profesora decidió revertir la situación y afirmar que un nuevo estudio científico había dicho que los realmente más inteligentes eran los chicos de ojos azules. Sin embargo, estos, tras haber experimentado la discriminación, no fueron tan duros con los de ojos marrones como ellos lo habían sido con ellos.

Finalmente, la profesora dio por terminado el experimento e incitó a todos los alumnos a abrazarse como iguales y a explicar por qué creían que habían asesinado a Martin Luther King. Seguramente, la intención de Jane Elliott era pura y, aunque muchos estudiantes dijeron que aquella experiencia les cambió la vida para bien, lo cierto es que rompió con todos los límites de la ética. Una lección de vida a cambio de sufrir en carnes propias la discriminación.

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