Los 7 tipos de Impulsividad (y sus características)

La impulsividad es un rasgo de la personalidad que hace que actuemos sin considerar las consecuencias de los actos, con reacciones inesperadas y rápidas ante los estímulos de la vida. Veamos cómo se clasifica.

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El origen y el desarrollo de la personalidad humana, así como todas aquellas conductas y comportamientos que derivan de la misma, es algo que siempre ha maravillado a los psicólogos y otros profesionales de los estudios de la mente. Y es que, aunque parezca algo sencillo que define nuestra forma de reaccionar ante los estímulos, lo cierto es que la personalidad tiene una gran complejidad psicológica de fondo.

Son muchos los rasgos que conforman nuestra personalidad, los cuales, además, van siendo moldeados a través de las experiencias vitales y evolucionando a partir del aprendizaje y de las situaciones que experimentamos. Y aunque no existen personalidades “buenas” y “malas”, es una evidencia que hay ciertos rasgos que pueden ocasionarnos problemas.

En este contexto, entran en juego las conocidas como debilidades personales, aquellos rasgos de nuestra personalidad que nos deja desprotegidos ante un ámbito concreto de la vida, siendo contrarios a las fortalezas y pudiendo generar problemas en nuestras relaciones personales y profesionales, consecución de metas, desarrollo de valores y relación con nosotros mismos.

Existen muchas debilidades distintas, como el egoísmo, la apatía, los celos, la envidia, la cobardía, él resentimiento, el egocentrismo, la ignorancia… Pero hay uno que, por su impacto en la vida y consecuencias que puede acarrear, es especialmente relevante a nivel psicológico. Hablamos de la impulsividad. Y en el artículo de hoy y, como siempre, de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, vamos a indagar en su naturaleza.

¿Qué es la impulsividad?

La impulsividad es un rasgo de la personalidad y una debilidad que nos hace desarrollar reacciones rápidas e inesperadas sin considerar las consecuencias de nuestros actos. Así, se trata de la carencia de autocontrol, dejándonos llevar y controlar por nuestras emociones más instintivas y, por tanto, tener tendencia a tomar decisiones de las que después podemos arrepentirnos.

En este sentido, una persona impulsiva es aquella que tiene cierta predisposición a tener reacciones inesperadas, desmedidas, rápidas y poco pensadas ante cualquier situación de la vida. La impulsividad nos hace actuar sin tener en cuenta las consecuencias de lo que hacemos, siendo movidos por los deseos que se sienten en el momento y a corto plazo. Movernos, como su propio nombre indica, por impulsos.

La impulsividad puede entenderse como un estilo cognitivo donde existe una más o menos grave predisposición a reaccionar sin un proceso de reflexión previa ante estímulos tanto internos (un deseo que aparece en un momento, por ejemplo) como externos, generalmente relacionados con situaciones que, en aquel momento, consideramos amenazantes.

Una persona impulsiva, pues, tiene una baja tolerancia a la frustración y al estrés, carece de herramientas de autocontrol, siente placer al actuar y, en muchas ocasiones, tiene tendencia a desarrollar comportamientos agresivos ya sea a nivel físico o verbal e incluso una mayor predisposición a desarrollar conductas que ponen en peligro su vida, como actividades peligrosas o consumo de drogas.

Por todo ello, podemos ver que la impulsividad puede llegar a comprometer la calidad de vida. Y si a esto sumamos que las personas impulsivas, desde fuera, suelen verse como individuos irresponsables, insensatos, inconscientes e imprudentes, queda claro que debemos trabajar para evitar que este rasgo de la personalidad limite nuestras relaciones para con las personas de nuestro alrededor y con nosotros mismos.

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Las causas detrás de la impulsividad no están del todo claras, aunque se cree que la genética juega un papel importante, al mismo tiempo que los déficits de serotonina parecen explicar su desarrollo, el cual tiene su máxima expresión durante la adolescencia, cosa que explica que sea uno de los “síntomas” comunes en psicopatologías tales como el trastorno límite de la personalidad o el trastorno bipolar, además de, aunque no sea una patología, en el TDAH.

Pero sea como sea, es obvio que prevenir la impulsividad como tal es muy complicado. Por ello, es importante establecer pautas que permitan silenciar esta tendencia a actuar de forma irresponsable. Y para ello es esencial empezar a relacionarnos correctamente con nuestros pensamientos, sentimientos y emociones, trabajar la tolerancia a la frustración, incorporar técnicas de relajación, pensar antes de actuar, valorar las consecuencias de los actos…

Manejar esto uno mismo es complicado, por lo que, para evitar que la impulsividad dé problemas tanto en la vida personal como en la vida profesional, es muy buena idea buscar ayuda de un profesional de la Psicología. La mayoría de veces, una terapia cognitiva-conductual puede dar buenos resultados, pero en casos más graves ligados a psicopatología, a este tratamiento psicológico puede incluirse también terapia farmacológica. Pero sea como sea, hay formas de evitar que la impulsividad tome el timón de nuestra vida.

¿Qué clases de impulsividad existen?

Una vez entendidas las bases psicológicas generales de la impulsividad, llega el momento de profundizar en el tema que nos ha reunido hoy aquí, que es el de descubrir qué tipos de personas impulsivas existen. Y es que este rasgo de la personalidad no se expresa siempre de la misma manera. Dependiendo de sus bases comportamentales, la impulsividad puede clasificarse en distintas familias cuyas particularidades vamos a explorar en profundidad a continuación.

1. Impulsividad motora

La impulsividad motora es aquella en la que los comportamientos impulsivos están fundamentados en respuestas físicas que pueden comprometer la salud de la persona o de terceros. La persona impulsiva a nivel motor es aquella que no mide las consecuencias de sus actos físicos, por lo que actúa precipitadamente sin planificar nada, pudiendo terminar sufriendo daños. Todo aquello que implique actos motores de carácter impulsivo, como pegar a alguien o subirse a un coche estando bebido, es parte de la impulsividad motora.

2. Impulsividad verbal

La impulsividad verbal es aquella en la que los comportamientos impulsivos no están fundamentados en respuestas físicas, sino en la verbalización. Es decir, una persona impulsiva verbalmente es aquella en la que la impulsividad se fundamenta en hablar sin pensar en lo que decimos. No valoramos el daño que nuestras palabras pueden hacer o en las consecuencias que aquello que expresamos verbalmente puede tener.

Así, se basa en decir lo primero que se nos pasa por la cabeza y tienen tendencia a no dejar hablar a otras personas e incluso a tener una dañina sinceridad, pues no tener filtro hace que solamos decir cosas que hacen daño a los demás y de las que posteriormente podemos arrepentirnos.

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3. Impulsividad reactiva

La impulsividad reactiva apela a todos aquellos comportamientos impulsivos que emergen como una reacción a un estímulo. Así, para que desarrollemos conductas de impulsividad, debe existir una activación emocional de carácter negativo. Es decir, algo en nuestro entorno nos lleva a actuar de una forma rápida e inesperada.

Por tanto, las agresiones verbales o físicas no son premeditadas ni planificadas, sino que surgen en el momento de recibir una provocación o de percibir algo que interpretamos como amenazante para nuestra integridad y/o dignidad. Las personas con esta impulsividad tienen ciertos rasgos de victimización y tendencia, como vemos, a presentar conductas agresivas de ira, enfado y hostilidad ante las situaciones de la vida que considera negativa con, además, sesgos que hacen que tenga predisposición a considerarlo todo como un ataque.

4. Impulsividad proactiva

La impulsividad proactiva apela a todos aquellos comportamientos impulsivos que emergen sin una reacción a un estímulo. Es decir, para que desarrollemos conductas de impulsividad, no es necesario que exista una activación emocional de carácter negativo. En esta, aparecen conductas agresivas como una proacción, es decir, sin que entre en juego una provocación previa real o imaginaria.

Por tanto, las agresiones verbales o físicas sí que son premeditadas y planificadas, aunque tengan este inherente carácter de impulsividad, y son desarrolladas y justificadas por la persona como herramienta para, a través de la agresión, conseguir algo que quiere. En lugar de la victimización, un rasgo habitual es el de la tendencia a la agresividad.

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5. Impulsividad no planificadora

Por impulsividad no planificadora entendemos aquel rasgo común en las personas que solo se preocupan por el futuro más a corto plazo, sin pensar a medio ni mucho menos a largo plazo. Los comportamientos impulsivos no se basan en la agresividad, sino simplemente en la búsqueda del placer más inmediato. Priorizan el “ahora” y el bienestar del presente sin valorar las consecuencias que esto pueda tener en el futuro.

6. Impulsividad cognitiva

La impulsividad cognitiva es aquella forma que no se expresa con conductas físicas o verbales, quedando reducida al plano mental. Así, consiste en todos aquellos pensamientos e ideas que desarrollamos de forma impulsiva y que, de una forma indirecta, pueden condicionar nuestra conducta. Ser incapaces de controlar nuestras emociones e ideas. En esto se fundamenta la impulsividad cognitiva.

7. Impulsividad ligada a psicopatología

Como hemos dicho, la impulsividad es un rasgo de la personalidad que, por mucho que represente una debilidad personal, no deja de ser una característica más de una persona. Ahora bien, hay veces en las que esta impulsividad es un “síntoma” de un trastorno psicológico. En ese momento, hablamos de impulsividad ligada a psicopatología, como puede ser el trastorno límite de la personalidad, el trastorno bipolar o, aunque no sea una patología como tal, el TDAH.

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