Los 3 tipos de Resiliencia (y cómo desarrollarlos)

La resiliencia es una capacidad que permite a ciertas personas mantener un funcionamiento adaptativo frente a la adversidad. Esta resistencia al estrés favorece la salud mental y la satisfacción vital está determinada por diversos factores y es posible entrenarla.

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La vida puede ser, en ocasiones, muy difícil. Nadie está exento de atravesar momentos difíciles, estresantes e, incluso, traumáticos. Si bien el sufrimiento siempre aparece en algún momento de la vida de todas las personas, la manera en la que se lidia con él varía en cada una de ellas. Es decir, ante experiencias similares, hay individuos que responden de una forma más adaptativa que otros al estrés.

Aunque en psicología se suele estudiar ampliamente la psicopatología del ser humano, también existe un ámbito centrado en indagar sobre la psicología positiva y la promoción de la salud mental. De esta manera, se intenta conocer aquellos factores que ayudan a las personas a ser más resistentes a la adversidad.

En esta dirección, se presenta un concepto muy interesante: hablamos de la resiliencia. En psicología, la resiliencia hace referencia a la capacidad que las personas tienen de recuperarse y mantener una conducta adaptativa después de haber vivido un suceso estresante. En otras palabras, es la habilidad para mantener las funciones físicas y psicológicas adecuadas en situaciones críticas.

En términos generales, las personas resilientes son capaces de hacer de las situaciones adversas oportunidades de aprendizaje. Suelen tener recursos para lidiar con la realidad que tienen frente a ellas, toman acción para salir adelante, se muestran realistas, se conocen a sí mismas y poseen buenas habilidades de gestión emocional. Todo ello favorece una mejor salud física y mental, así como unos mayores niveles de satisfacción con la propia vida.

La buena noticia es que esta cualidad que llamamos resiliencia se puede entrenar. Aunque algunos factores que favorecen la resistencia al estrés son innatos, otros son modificables y pueden aprenderse. Además, no existe una diferenciación dicotómica entre personas resilientes y no resilientes. Más bien, resiliencia y vulnerabilidad al estrés son dos extremos de un continuo amplio que admite mucha diversidad en este sentido. Debido a la importancia que la resiliencia tiene para nuestra salud y calidad de vida, en este artículo vamos a definir los diferentes tipos de resiliencia que existen y cómo podemos desarrollarlos.

¿Qué es la resiliencia?

La resiliencia se define en psicología como la capacidad de algunas personas para recuperarse y mantener una conducta adaptativa tras haber vivido un suceso estresante. Dicho de otra forma, es la habilidad para mantener un funcionamiento adaptativo en situaciones críticas. En definitiva, las personas resilientes se adaptan mejor a los traumas, amenazas u otras fuentes significativas de estrés.

El concepto de resiliencia no es fácil de acotar, ya que se trata de una cualidad relativa y dinámica. Es decir, la capacidad de ajuste de una persona ante la adversidad puede ser diferente en cada una de las etapas de su vida o estar presente en ciertas áreas vitales y no en otras. Por ejemplo, hay quienes son altamente resistentes al estrés en su ámbito laboral y, sin embargo, son vulnerables en el plano personal.

La capacidad de ser resiliente no es algo absoluto que se adquiere una vez y ya no es posible perder. Como venimos comentando, esto es resultado de un proceso dinámico de interacción entre la persona y su entorno. Es por este motivo que es posible trabajarla y entrenarla. No obstante, se han identificado algunos factores que se relacionan con mayores niveles de resiliencia. Entre ellos destacan:

  • Buen control de impulsos
  • Vivir rodeado de personas resilientes
  • Empatía
  • Buenas habilidades sociales
  • Autoestima y autoconcepto adecuados
  • Perseverancia
  • Ambiente familiar estable
  • Sentirse querido y cuidado
  • Afiliación religiosa

Las condiciones opuestas a estos factores de protección actuarían como factores de riesgo que reducen la resiliencia. Por ejemplo, tener un pobre control de impulsos, baja autoestima o sentirse solo. El balance que cada persona tenga de factores de riesgo y protección determinará su grado particular de resiliencia. Cuando priman los factores protectores, la persona tendrá una buena resistencia al estrés, lo que se traduce en diversos beneficios:

  • Menor probabilidad de sufrir trastornos del estado de ánimo, como por ejemplo depresión.
  • Mejor capacidad de afrontamiento de los problemas.
  • Mayor nivel de satisfacción vital.
  • Mejor rendimiento laboral.
  • Tendencia a asumir más riesgos en la vida.
  • Mejor salud física y mental.
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¿Qué clases de resiliencia existen?

Aunque se suele hablar de resiliencia en general, lo cierto es que podemos diferenciar varios tipos. Vamos a conocerlos.

1. Resiliencia natural

Este tipo de resiliencia hace referencia a una fuerza vital innata. Las personas resilientes naturalmente tienen una tendencia espontánea a explorar, aprender, jugar... Son personas que aprenden de los errores que cometen y aceptan el fracaso y la pérdida como parte de la vida.

2. Resiliencia adaptativa

Esta resiliencia es aquella que se pone en marcha cuando las circunstancias requieren adaptación o cambio. Los momentos duros de la vida son los que nos obligan a construir este tipo de resiliencia, que permite a la persona crecer ante la adversidad y obtener un aprendizaje de las experiencias dolorosas.

3. Resiliencia aprendida

La resiliencia aprendida es aquella que resulta de un aprendizaje intencional. Es la resiliencia entrenada, que se obtiene mediante técnicas y actividades. Por ejemplo, realizar ejercicios de respiración puede ser de ayuda para aumentar la resistencia al estrés. Todos poseemos en mayor o menor grado los tres tipos de resiliencia. Sin embargo, cuando la capacidad de resistencia es baja es posible que aparezcan problemas de salud física y mental. Por ello, puede ser necesario desarrollarla.

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Cómo entrenar la resiliencia

En ocasiones es necesario cultivar la resiliencia, ya que como hemos comentado esta capacidad además de necesaria es susceptible de ser entrenada. Veamos cómo lograrlo.

1. Haz ejercicio

Practicar deporte es una buena forma de reducir el estrés. Es un buen antídoto para lidiar con la fatiga y el cansancio (no sólo físico, también mental), lo que te ayudará a incrementar tu tolerancia al estrés y, por ende, a ser más resiliente.

2. Inicia experiencias nuevas o diferentes

Otra forma de aumentar tu resiliencia es exponerte a experiencias nuevas. Afrontar desafíos y retos es una estrategia ideal para ponerte a prueba, aprender y explorar tus límites. Cada persona debe buscar sus propias experiencias, que pueden ir desde comenzar una actividad nueva hasta emprender e iniciar un negocio. Salir de la comodidad y la rutina es una manera eficaz de volverte más resiliente, pues deberás aprender de los errores, manejar conflictos y tolerar la frustración.

3. Entrena tus habilidades de resolución de problemas

Resolver problemas puede ser realmente difícil, pero esta es una habilidad que se puede trabajar y guarda gran relación con la resiliencia. Disponer de un protocolo para afrontar los problemas que se nos presentan es útil para afrontar las situaciones estresantes de una manera más adaptativa. Lo ideal es que definas concretamente el problema y valores todas las posibles soluciones posibles y sus consecuencias esperadas. Una vez hecho esto, elige la opción que te reporte el mejor balance de pros y contras. Si la solución que has elegido no funciona, repite el proceso.

4. No olvides el autocuidado

Es fácil olvidar el cuidado de uno mismo, especialmente en los momentos de estrés. Sin embargo, es esencial reservar un pequeño rato cada día para el autocuidado. Piensa en lo que deseas y necesitas, busca actividades que te hagan sentir bien o te relajen. Ejemplo de ello puede ser realizar algo de ejercicio, leer un buen libro o tomarte un café. Como ves, son actividades muy simples, pero pueden marcar la diferencia. Cuidar de ti te ayudará a ser mucho más resiliente, pues estarás listo para afrontar situaciones difíciles.

5. Márcate metas realistas

Como ya comentamos antes, una de las características de las personas resilientes es que son realistas. No viven de expectativas alejadas de la realidad, sino que son capaces de plantearse metas desafiantes y asequibles al mismo tiempo. Por ello, una buena forma de entrenar tu resistencia al estrés puede ser probar a hacer planes realistas con pasos a seguir previamente establecidos que te permitan lograr objetivos. Establecer metas ambiguas o demasiado ambiciosas solo servirá para generar frustración y estrés.

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Conclusiones

En este artículo hemos hablado acerca de un concepto muy estudiado en psicología: la resiliencia. Este hace referencia a la capacidad de algunas personas de funcionar de forma adaptativa frente a situaciones adversas, estresantes o traumáticas. La vulnerabilidad y la resiliencia constituyen dos extremos de un continuo, de forma que cada persona posee un grado determinado de resiliencia. Aunque hay algunos aspectos innatos que favorecen esta capacidad, la resiliencia es susceptible de ser entrenada.

Entre las medidas más útiles para aumentar la tolerancia al estrés se encuentran: hacer ejercicio, marcar metas realistas, trabajar el autocuidado o iniciar experiencias nuevas y desafiantes. Además, es posible diferenciar entre tres tipos de resiliencia. Por un lado, aquella natural, que es la fuerza vital innata de cada persona. Por otro lado, la adaptativa, que es la que se forja ante las experiencias adversas de la vida. Finalmente, la aprendida, que es la que se logra mediante el trabajo intencional.

Se han identificado factores de protección que ayudan a las personas a ser resilientes. Entre ellos destacan sentirse querido y cuidado, poseer buenas habilidades sociales, una adecuada autoestima, poseer un ambiente familiar estable, ser empático, practicar alguna religión o ser perseverante. El concepto de resiliencia se ha convertido en un importante objeto de estudio de la psicología. Desde esta ciencia no solo se busca comprender la psicopatología, sino también aquellas condiciones que favorecen la salud mental de las personas.

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