¿Qué pasaría si se detienen las corrientes marinas? Causas y consecuencias

Las corrientes oceánicas son esenciales en la circulación del agua e influyen en la temperatura de toda la Tierra. Si, por efecto del cambio climático, estas se detuvieran, habría graves consecuencias para el planeta.

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Aumento del nivel del mar, acidificación de los océanos, retrocesos en los glaciares, extinción de especies, desertificación de ecosistemas, deshielo ártico, incremento de las temperaturas, más periodos de sequía, mayor incidencia de eventos meteorológicos extremos… Son muchas las consecuencias que el cambio climático actual está teniendo en la Tierra y en la vida que la habita.

Y es que desde que empezara la era industrial, la temperatura media del planeta ha aumentado 1°C. Y aunque parezca un hecho anecdótico, lo cierto es que este calentamiento global, que ha sido impulsado en un 95% por la actividad humana (especialmente la quema de combustibles fósiles), ha hecho que estemos sumidos en un cambio climático que ha tenido, tiene y, por desgracia, seguirá teniendo efectos devastadores para el planeta.

Los expertos llevan años alertando de que, de no actuar ya, en 2035 entraremos en un punto de no retorno en el que no podremos evitar que, de cara a finales de siglo, la temperatura media de la Tierra se incremente 2 °C más. Y ante esta situación, podríamos hacer frente a una caída del clima del planeta por la alteración sobre las famosas corrientes marinas.

Si las corrientes oceánicas se detuvieran por las causas que analizaremos en el artículo de hoy, podríamos sufrir un desastre climático sin precedentes, pues determinando la circulación de agua por los océanos e influyendo en las temperaturas de todo el planeta, las corrientes marinas son claves para el clima de la Tierra. Y sin ellas, todo se vendría abajo.

El Protocolo de Kioto: ¿son suficientes los objetivos?

El 11 de diciembre de 1997 se celebró en Kioto, Japón, una conferencia que, en el contexto de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio climático, tuvo como objetivo la implantación de un acuerdo internacional de reducción de la emisión de los gases de efecto invernadero.

Este compromiso por parte de los países industrializados se estableció a través del conocido como Protocolo de Kioto. Fue el primer tratado internacional de reducción de gases de efecto invernadero y, desde su entrada en vigor en febrero de 2005, se ha logrado una reducción del 22,6% de las emisiones de estos gases.

Pero, por desgracia, esto no ha sido suficiente. La actividad humana ha impulsado un calentamiento global que nos hace estar sumidos en un cambio climático que ha tenido, tiene y tendrá consecuencias devastadoras para nuestro hogar en el Universo.

Conocemos los efectos que el cambio climático tiene en el planeta y en las vidas que lo habitan. Aumento del nivel del mar, incremento de las temperaturas, más periodos de sequía, extinción de especies, mayor incidencia de eventos climatológicos extremos, deshielo ártico… Pero hay una que, pese a que todavía no hemos presenciado, podría hacer caer el clima y, con él, la civilización humana, como si de un castillo de naipes se tratara. Y es que todo se derrumbaría en el momento en el que alteráramos el más efímero equilibrio de la Tierra: las corrientes oceánicas.

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¿Qué son las corrientes marinas y por qué son tan importantes?

Tendemos a pensar que los océanos son sistemas estáticos y poco más que inmensas extensiones de agua. Pero nada más lejos de la realidad. Los océanos están vivos y controlan el clima de toda la Tierra a través de las corrientes oceánicas, aquellos flujos de agua de los océanos que fluyen grandes distancias y que, juntas, crean la cinta transportadora oceánica.

A escala planetaria, este cinturón de corrientes oceánicas determina la circulación de los océanos e influye en la temperatura de las regiones por las que viaja. El propio hemisferio norte debe su clima templado a la corriente del Atlántico Norte. En ella, cuando el calor del Sol llega al ecuador, el agua templada sube hacia el norte. En este camino, se enfría y aumenta su salinidad hasta que, cerca del ártico, este enfriamiento es suficiente para que, por simple densidad, el agua se hunda y la corriente la lleve de nuevo al Atlántico Sur para reiniciar el ciclo.

Este tan efímero equilibrio determina el clima de toda la Tierra. Pero como cualquier equilibrio tan delicado, es propenso a romperse. El calentamiento global está haciendo que el hielo ártico se esté derritiendo a una velocidad de casi 300.000 millones de toneladas al año. Y aunque al ser hielo flotando en el mar, esto no provoca un aumento en su nivel, el deshielo del Polo Norte sí que está provocando una desestabilización de los océanos.

La superficie del océano en el atlántico norte, donde se produce esta transición en la corriente oceánica, está pasando a tener mucha agua fría, algo que cada vez dificulta más su dilución y el proceso de hundimiento bajo la corriente cálida. En el momento en el que se rompa el equilibrio y el agua no pueda hundirse, la corriente se detendrá. Todo el sistema oceánico se desestabilizará, el clima caerá y, con él, nosotros.´´

No es cuestión de si sucederá. Es cuestión de cuándo. Y lo peor es que cuando llegue el momento, no percibiremos nada. Simplemente, el océano estará en silencio. Y la cuentra atrás para la caída del clima de la Tierra habrá empezado.

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¿Qué sucedería si se detuvieran las corrientes oceánicas?

Como siempre, los primeros en darse cuenta de que algo extraño está sucediendo serían los animales. Los veríamos nerviosos, al tiempo que al alzar la vista al cielo, observaríamos miles de pájaros abandonando las costas y buscando refugio en el interior de los continentes. Un presagio de lo que está por venir.

Los oceanógrafos descubrirían que las boyas del atlántico norte muestran un descenso brusco de más de 10 grados en la temperatura del agua, creyendo u obligándose a creer que se trata de un error. Pero cuando una detrás de otra empezaran a indicar lo mismo, todas las alarmas se encenderían.

Pero ya sería demasiado tarde. En un tiempo, Europa sufriría una ola de frío sin precedentes. Londres, por su ubicación, sería de las primeras grandes ciudades en hacer frente a tormentas de nieve con una intensidad jamás registrada. Poco a poco, las temperaturas en todo el continente europeo se desplomarían al tiempo que desde las estaciones espaciales, los tripulantes, asombrados, verían como toda Europa queda cubierta de nieve.

Los eventos climatológicos extremos serían cada vez más graves y llegarían más lejos. Habría granizadas en las que del cielo se precipitarían bolas de hielo grandes como puños que causarían inmensos destrozos y la muerte de aquellas personas que fueran sorprendidas por la súbita tormenta.

No habría ya dudas de que el clima en nuestro hogar ha caído y que estamos a merced de la naturaleza más cruel y feroz que hayamos presenciado. Se formarían decenas de huracanes que arrasarían con todo y que nos demostrarían que, en esta guerra, desencadenada por nuestros atentados contra el medio ambiente, no tenemos absolutamente nada que hacer. Solo intentar huir.

Pero en ese momento y con todo el mundo siendo consciente de que estamos siendo presa de la furia del planeta, a las poblaciones costeras del hemisferio norte llegarían lluvias torrenciales y olas gigantes capaces de sepultar ciudades enteras bajo el agua.

Bajo este panorama desolador, todo el hemisferio norte entraría en una nueva edad de hielo. Y las asombrosas imágenes que se verían desde el espacio serían apenas un espejismo que encierra un enorme horror. Millones de personas atrapadas en la nieve morirían de hipotermia al tiempo que la civilización colapsaría y los gobiernos caerían.

Todos intentarían huir al sur. Pero con temperaturas muy por debajo de los 0 grados centígrados, no todos lo conseguirían. Muchos perecerían en estas travesías. Y otros pocos se salvarían, llegando a tierras al sur donde la temperatura se ha mantenido más estable.

Esos denominados países del tercer mundo se convertirían en la esperanza de precisamente aquellos que les dieron dicha etiqueta. Y todos los que una vez impidieron o estuvieron en contra de la entrada de inmigrantes a sus tierras lucharían por su vida para emigrar a aquellos países que, al parecer, tanto odiaban.

La civilización debería volver a resurgir. Nadie sabe cuánto tiempo tomaría al clima volver a estabilizarse y cuándo llegaría el fin de esta nueva edad de hielo. Lo único que sabemos es que es una cuestión de tiempo que nos convirtamos en nuestros propios verdugos y que silenciemos a los mares. Y en cuanto esto ocurra, todo aquello que hemos creado caerá bajo el peso de la naturaleza. Esa naturaleza que siempre hemos menospreciado y maltratado se revelará contra nosotros. Porque la naturaleza es sabia. Y antes de que acabemos con ella, ella terminará con nosotros.

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