¿Cómo afecta la violencia de género a los hijos?

La violencia de género afecta principalmente a las mujeres en el marco de la pareja. Y aunque ellas sufren importantes secuelas, los menores de edad también deben ser reconocidos como víctimas y no como simples testigos.
Cómo afecta violencia género a los hijos

La violencia de género es un tipo de violencia física, psicológica sexual e institucional, ejercida hacia una persona o grupo de personas por razón de su género, sexo, orientación o identidad sexual. En un sentido amplio, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) considera que la violencia de género incluye la violencia y discriminación contra la mujer, pero también aquella dirigida a las personas LGBT, la misoginia y el sexismo.

Este tipo de violencia se puede manifestar de formas muy diferentes, como amenazas, agresiones, privación de derechos y libertades, entre otros. Además, se encuentra presente en todos los ámbitos, como la familia, la educación, los medios de comunicación, el entorno laboral, la sexualidad y, a nivel más global, en el propio Estado.

Dentro del amplio campo que abarca la violencia de género existe un subtipo de violencia muy específico, que es la violencia en la pareja. Aunque la violencia en las relaciones también puede ser sufrida por los hombres, se trata de un problema que afecta de manera mayoritaria a las mujeres.

No cabe duda de que vivimos en una sociedad patriarcal, donde de una forma más o menos manifiesta la mujer es considerada inferior al hombre. La existencia de estas creencias sociales erróneas sobre el rol de la mujer en las diferentes esferas de la vida juegan un papel decisivo en el inicio y mantenimiento de la violencia de género en las relaciones de pareja.

¿Qué es la violencia de género?

Uno de los grandes problemas de la violencia en la pareja es que esta se inicia de una manera insidiosa. Así, rara vez comienza en forma de golpes o agresiones explícitas. A menudo, la relación parte de dinámicas en las que el agresor controla a la víctima de diversas formas (convencerla para que no vea a sus amigos y familiares, revisar su teléfono, controlar los gastos, indicarle cómo debería vestir…).

Progresivamente, este tipo de violencia psicológica puede empezar a hacerse más vistosa, apareciendo insultos o amenazas verbales que generan temor en la víctima, que se encuentra cada vez más cohibida y sometida a su pareja. La violencia tiende por naturaleza a escalar e ir en aumento. Por ello, con el tiempo muchas veces terminan produciéndose agresiones físicas que pueden llegar a convertirse en auténticas palizas y terminar, en los casos más graves, con el asesinato de la víctima.

Además de la violencia física y psicológica, muchas mujeres también pueden sufrir violencia sexual por parte de la pareja. Esta puede implicar chantajes o presión para mantener relaciones sexuales, llegando en algunos casos a producirse violaciones por las que la mujer es forzada a tener sexo sin desearlo. Una vez que la mujer ha sido atrapada en una relación de estas características, para ella es realmente complicado salir. Esto se explica debido a que se produce el llamado ciclo de la violencia, que fue descrito por primera vez en 1979 por la psicóloga Leonor Walker.

Según su planteamiento, en las relaciones de violencia de género se alternan una serie de etapas que se repiten en forma de ciclo. Se puede observar una fase de acumulación de tensión, en la que el agresor considera todo lo que su pareja hace como una provocación, pudiendo mostrarse distante y frío. A continuación, se produce una explosión violenta de toda esa tensión, en la que aparecen las agresiones propiamente dichas, ya sean verbales o físicas.

Después de la violencia, es muy habitual que se produzca una etapa de “luna de miel”, en la que el agresor muestra un aparente arrepentimiento por lo sucedido, promete que no volverá a suceder y que cambiará. Este puede mostrarse cariñoso y atento, la relación parece estar en un momento idílico. Sin embargo, a medida que se asegura de haber sido perdonado, retoma el control de la situación y comienza de nuevo el ciclo con la acumulación de tensión.

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Una de las particularidades de este círculo vicioso es que cada vez que se repite, la fase de tensión y violencia va predominando sobre la de luna de miel. La víctima cada vez se siente más dependiente, se encuentra más aislada y más debilitada para luchar. Además, va integrando cada vez más la idea de que ella es la culpable de los arranques de ira del agresor. El miedo, la vergüenza, la culpa, la dependencia emocional, la justificación de los actos del agresor (estrés, alcohol…), la dependencia económica o la falta de apoyo social son algunos de los factores que impiden a una mujer víctima de violencia de género abandonar la relación.

Las consecuencias de este tipo de violencia para la mujer que la sufre son devastadoras. La víctima se siente incapaz de tomar decisiones, asume que merece el trato que recibe, siente culpa, ansiedad, se cuestiona su forma de ser, se aleja de sus seres queridos y, en definitiva, se encuentra sometida a su pareja en todos los aspectos posibles.

Aunque el dolor y sufrimiento de la mujer maltratada es indiscutible y debe ser reconocido, en ocasiones ella no es la única afectada por la violencia de género. Cuando existen menores de edad de por medio estos presencian (y también sienten) las dinámicas violentas y ven sufrir a su madre a manos del agresor, quien es muchas veces su propio padre y hacia el que pueden sentir una marcada ambivalencia. Por esta razón, ellos también deben ser reconocidos como víctimas.

No obstante, esto no siempre ha sido así. Hasta hace poco los menores eran considerados meros testigos, pero no víctimas directas de esta lacra. Sin embargo, los estudios al respecto han permitido entender el profundo impacto que la violencia de género tiene en niños y adolescentes. La importancia de reconocer su sufrimiento es crucial, ya que así pueden recibir la atención psicológica que necesitan para sanar las secuelas de esta experiencia tan traumática.

Consecuencias de la violencia de género en los hijos: víctimas, no testigos

Como venimos comentando, hasta hace muy poco los menores de edad no eran reconocidos como víctimas de la violencia de género sufrida por sus madres. Sencillamente, se creía que eran testigos que no estaban sufriendo la violencia en primera persona. Gracias a la investigación al respecto, se conoce mucho más acerca de cómo afecta esta experiencia a los menores, lo que ha permitido reconocer su estatus de víctimas, así como su necesidad de recibir atención psicológica especializada.

Lo cierto es que el alcance de esta violencia es tal que, muchas veces, los efectos se observan aunque los menores no hayan estado presentes en las agresiones propiamente dichas. Esto se explica porque las dinámicas violentas alteran el estado de la familia , generan tensiones y crean roles con un poder repartido de forma asimétrica entre la madre y el agresor.

Los niños ven en sus adultos de referencia la guía emocional a la que seguir. Cuando la madre sufre violencia, su estado psicológico le impide responder de forma saludable a las necesidades de sus hijos, puede generar importantes efectos en su salud mental que no son ajenos a los hijos y todo ello repercute en el vínculo que les une. Algunos estudios han llegado a detectar que, ya en el embarazo, la exposición de la madre a la violencia de género puede repercutir en el crecimiento del feto.

De acuerdo con Graham-Bermann y Levendosky (2011), las secuelas de la exposición a la violencia de género se producen en todas las etapas del desarrollo y abarcan aspectos fisiológicos, emocionales, cognitivos y conductuales. Además, estas se manifiestan en relaciones con los iguales, con los padres, las figuras de autoridad, la pareja y la sociedad en general. Conozcamos algunas de ellas:

1. Primeros años: 0-2 años

Los niños más pequeños pueden desarrollar un estilo de apego inseguro, que puede ser de tipo evitativo, ambivalente e incluso desorganizado. Puede aparecer la sensación de haber sido abandonados emocionalmente, lo que les impide confiar en los demás y establecer vínculos saludables con ellos. Además, en esta edad el malestar emocional se suele exteriorizar en forma de irritabilidad.

2. Infantil: 2-6 años

En los niños de edad infantil pueden producirse alteraciones en su sistema de respuesta al estrés. Esto puede generar una marcada reactividad emocional, pudiendo en algunos casos desarrollarse Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT). Esta afectación también puede dar pie a problemas de conducta de diverso tipo.

Además, en esta franja de edad puede producirse un deterioro de las habilidades cognitivas, pudiendo verse reducido el cociente intelectual. También puede aparecer un deterioro de la memoria explícita, así como pobres habilidades verbales. Es común que existan dificultades para integrar normas y límites, así como para adquirir hábitos básicos de autocuidado.

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3. Edad escolar: 6-12 años

En esta edad también observamos el desajuste del sistema de respuesta al estrés que ya comentamos con anterioridad. La sintomatología de estrés postraumático puede llegar a cronificarse en esta etapa, pudiendo establecerse patrones de conducta problemáticos, como por ejemplo la hiperactividad.
Debido al tipo de modelos de conducta que se han aprendido en casa, pueden aparecer conductas agresivas hacia los demás, con dificultad para cumplir las reglas. También puede producirse aislamiento social y estados emocionales de tristeza, ansiedad, depresión, así como sentimientos de culpa. A nivel académico el rendimiento puede verse mermado y se puede observar baja autoestima.

4. Adolescencia: 12-18 años

En la etapa de la adolescencia las víctimas pueden llegar a mostrar problemas más severos, consecuencia de haber vivido la violencia de género durante muchos años. Los síntomas de TEPT pueden complicarse y configurar un cuadro de trauma complejo, llegando a producirse somatizaciones que alteran la salud física.

Los adolescentes que viven la violencia de género en casa pueden encontrar muchas dificultades para formar relaciones sanas con los padres, desarrollando escasa confianza hacia los demás. Puede producirse un curioso fenómeno conocido como parentalización, por el cual los menores invierten roles con sus padres y actúan como si ellos fuesen adultos encargados de cuidar de sus progenitores.

Esto se debe a que han perdido su infancia por culpa de la violencia, lo que les ha obligado a adquirir una madurez y conciencia de la realidad demasiado tempranas. Algunos adolescentes pueden mostrar patrones externalizantes, por los que manifiestan su malestar hacia los demás en forma de ira. A veces la rabia se dirige al agresor, pero otras veces a la madre por no haberles protegido. Es habitual que aparezcan conductas de riesgo, como el consumo de sustancias tales como el alcohol u otras drogas.

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