El Experimento del Pequeño Albert: ¿en qué consistió este cruel estudio?

El experimento del pequeño Albert fue un polémico estudio que John B. Watson, psicólogo estadounidense fundador del conductismo, desarrolló en 1920 para determinar, con un bebé de once meses, si podían infundirse fobias en el ser humano.

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Galileo Galilei, físico, astrónomo y matemático italiano que, en el siglo XVII desarrolló el método científico marcando el nacimiento de la ciencia, dijo una vez que “el fin de la ciencia no es abrir la puerta al saber eterno, sino poner límite al error eterno”. Y no se nos ocurre mejor cita para empezar este viaje por el lado más oscuro de la Psicología que esta.

Y es que a lo largo de estos 400 años desde que la ciencia moderna naciera, si bien hemos progresado mucho en lo que a conocimientos técnicos y prácticos se refiere, la lección más valiosa que hemos aprendido es que no todo lo que puede hacerse, debe hacerse. Así, la adquisición de valores éticos y morales ha hecho que, por suerte, pongamos límites a la ciencia.

Hoy en día, los comités de bioética se aseguran de que todas las prácticas vayan acorde a unos valores sobre la vida humana que deben respetarse siempre. Pero esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que, con una necesidad enfermiza de desvelar los secretos de la mente humana, la Psicología fue artífice de unos experimentos que rompieron con todos los principios morales.

Son muchos los estudios psicológicos que cruzaron los límites de la moralidad, pero, sin duda, hay uno que destaca por encima de todos. Estamos hablando del famoso experimento del pequeño Albert. Un estudio tremendamente controvertido por un simple motivo: su propósito fue el de infundir fobias en un bebé. Y en el artículo de hoy nos sumergiremos en su historia para descubrir exactamente qué ocurrió en este atroz experimento.

Los perros de Pávlov: ¿qué es el condicionamiento clásico?

Antes de sumergirnos en el experimento, debemos ponernos en contexto. Y para ello, debemos viajar hasta el siglo XIX. Era el año 1897. Iván Petróvich Pávlov, fisiólogo ruso ganado del Premio Nobel en Medicina en el año 1904 por su trabajo en la fisiología de la digestión, se encontraba precisamente estudiando este proceso en perros.

Mientras analizaba la fisiología de la digestión en perros, algo que le valdría dicho Premio Nobel, Pávlov se dio cuenta de un extraño comportamiento que estos canes con los que estaba trabajando desarrollaban. El fisiólogo ruso vio que, cuando se acercaba la comida, los perros empezaban a salivar. Pávlov vio que la visualización de la comida generaba en ellos una respuesta fisiológica.

Y movido por esta curiosidad, se propuso analizar hasta qué punto podía llegar este aprendizaje asociativo. Así, a partir de ese momento, cada vez que ponía la comida a los perros, hacía también sonar una campana. Y como esperaba, los perros comenzaron a asociar este sonido con la llega de comida.

Tanto fue así que, tras un tiempo, bastaba con hacer sonar la campana para que empezaran a salivar. Los perros salivaban sin tener delante la comida. Habían asociado el sonido de la campana con el hecho de que, en breves, iban a comer. Así pues, estos animales estaban dando una respuesta (salivar) a un estímulo (el sonido de la campana).

Y fue en este contexto que nació el famoso término del condicionamiento clásico, un tipo de aprendizaje por asociaciones en el que un estímulo neutro (aquel que inicialmente no produce ninguna respuesta, como la campana) termina por convertirse, por asociación con un estímulo incondicionado (aquel que produce una respuesta de forma natural, como la comida), en un estímulo condicionado, aquel que puede evocar una respuesta en el organismo.

Con ello, Pávlov no solo fue clave para el nacimiento de la escuela conductista, sino que fue el primero en aplicar la metodología científica al estudio del comportamiento, algo que, hasta aquel entonces, no había sucedido. Así, el conductismo nació como una apuesta muy prometedora. Aun así, el interés de Pávlov se centraba en la fisiología, no tanto por la Psicología humana.

El responsable de que estas investigaciones conductistas llegaran a occidente, que se hicieran universalmente conocidas y que el conductismo fuera una pieza esencial dentro de la Psicología fue John B. Watson, psicólogo estadounidense fundador de la escuela conductista. El problema es que, para estudiar este condicionamiento clásico, ideó uno de los experimentos psicológicos más crueles de la historia. Ha llegado el momento de sumergirnos en el experimento del pequeño Albert.

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¿Qué fue el experimento del pequeño Albert?

John B. Watson, tomando como punto de partida los estudios de Pávlov sobre el condicionamiento clásico y el proceso de salivación en perros, defendía la idea de que dicho condicionamiento podía aplicarse también a la conducta humana. Así, surgió la hipótesis de que el desarrollo de fobias podía responder a este mismo modelo de estímulo-respuesta.

Watson se hizo una pregunta: “¿y si pudiéramos crear fobias en personas a través de un mecanismo similar al que explica que los perros saliven cuando escuchan una campana?”. Esta pregunta lo llevó a desarrollar, en el año 1920 y en la Universidad Johns Hopkins, un experimento que, a día de hoy, sería totalmente impensable. Watson planteó el experimento del pequeño Albert.

El psicólogo y su equipo seleccionaron a un bebé de nueve meses sano para probar, con él, el papel del condicionamiento clásico en el desarrollo de las fobias en humanos. El bebé, al cual se le otorgó el pseudónimo de “pequeño Albert”, era un niño que no tenía miedo a ningún animal. El propósito del experimento era lograr que lo tuviera.

El pequeño fue expuesto a distintos animales y, entre ellos, una rata blanca con la que se encariñó especialmente. El bebé se encontraba a gusto con ellos. No tenía miedo a los animales. Pero sí a algo. Los ruidos fuertes. Y con ello, iba a someterse al mismo experimento que los perros de Pávlov, pero, como podemos intuir, de una forma mucho más cruel.

Fue así como, después de corroborar que no tuviera miedo a los animales y que se encontrara bien en su presencia, pasaron a la segunda fase del experimento. Cuando el bebé volvió a ver a la rata blanca, Watson hizo sonar muy fuertemente un martillo contra una placa de metal. Aquel sonido aterrorizó al niño, que empezó a llorar desconsoladamente. El pequeño fue expuesto a estos sonidos que le causaban miedo en presencia de la rata.

Y lo que sucedería después era lo que Watson temía. Tras varias sesiones en las que el pequeño Albert fue expuesto a estos sonidos que tanto miedo le generaban y en presencia de la rata, llegó un punto en el que la mera presencia del animal hacía que este empezara a llorar. No había ningún ruido. Pero el pequeño Albert tenía miedo.

En efecto, había asociado la presencia de esa rata blanca con los ruidos que le hacían llorar y le daban miedo. Con tan solo verla, el bebé empezaba a llorar. Pero no fue solo la rata. El pequeño había desarrollado miedo hacia todos los animales con los que antes se sentía a gusto. Todo lo que le recordara a ese horrible sonido le generaba un profundo miedo.

Igual que los perros salivando ante un sonido, al pequeño Albert se le habían infundido miedos. Con una rata, un martillo y una placa de metal, Watson había inducido fobias en un ser humano. El condicionamiento clásico podía aplicarse a la conducta humana. El psicólogo, a través de este experimento, había demostrado su teoría.

No sabemos si el pequeño Albert habría arrastrado las fobias a la edad adulta, pues cuando tenía seis años, sufrió una meningitis (no relacionada con el experimento) cuyas complicaciones le causaron la muerte. Pero aun así, es evidente que el hallazgo de Watson, pese a la crueldad del estudio, ayudó a comprender mejor las fobias para así tratarlas con más eficacia.

Nos encontramos de nuevo en el debate de hasta qué punto pueden respetarse experimentos así del pasado teniendo en cuenta las aportaciones que representaron. Que cada uno saque sus propias conclusiones. Lo que está claro es que, independientemente de los aportes que este experimento supuso para la Psicología conductista, este estudio cruzó todos los límites de la ética y de la moral.

Y es que este experimento ha pasado a la historia como uno de los más crueles por el hecho de que su objetivo fue el de crear miedos en un bebé. ¿Se justifica esto teniendo en cuenta los avances que supuso en el campo del conductismo? Este artículo no pretende dar una respuesta a este debate. Nosotros simplemente hemos contado la historia tal y como sucedió.

Porque es solo recordando los tiempos (no tan pasados) en los que estos experimentos psicológicos se realizaron que podemos asegurarnos de que crueldades así no vuelvan a cometerse jamás. Porque como decíamos, la ciencia debe tener límites. No todo lo que puede hacerse, debe hacerse. Y hoy, por suerte, no permitimos que estos límites se atraviesen.

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