Experimento Bystander: ¿por qué se produce el Efecto Espectador?

El experimento Bystander fue un polémico estudio desarrollado por los psicólogos John Darley y Bibb Latané para comprender por qué los testigos de los crímenes no tomaban acción cuando los presenciaban, describiendo el conocido efecto espectador.

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El efecto espectador es un fenómeno a través del cual una persona está menos predispuesta a prestar ayuda o brindar auxilio a otra si hay otras personas también presentes que podrían socorrer a la susodicha. También conocido como síndrome Genovese, hace referencia a cómo, cuando estamos solos y somos la única persona que puede brindar ayuda, solemos darla. Pero cuando hay más personas, en conjunto, adoptamos todos un papel de espectador, sin hacer nada.

Este tan curioso fenómeno que hace plantearnos los valores sociales que adoptamos cuando estamos junto a otras personas, se explica por distintos procesos psicológicos: la ignorancia pluralista (solemos usar el comportamiento de los otros como criterio fiable, así que si vemos que nadie actúa ante una emergencia, veremos que no intervenir es la mejor decisión), la difusión de la responsabilidad entre espectadores (cuando hay más gente, no nos sentimos tan responsables, pues “otro puede hacerlo”) o la ambigüedad situacional (tendemos a adoptar un criterio conservador).

Pero que hoy en día conozcamos tan bien este fenómeno del efecto espectador no significa que el mundo de la Psicología siempre lo haya descrito. De hecho, su descripción es relativamente reciente, datando de la década de los años 60, momento en el que dos psicólogos estadounidenses, decidieron estudiar lo que ellos percibían como la tendencia de los testigos de un crimen a no tomar acción cuando había otros espectadores.

Así, a raíz del asesinato de Kitty Genovese que ahora comentaremos, John Darley y Bibb Latané desarrollaron un experimento psicológico que, como tantos otros, cruzó todos los límites de la ética y de la moral. Un experimento que sirvió para describir el efecto espectador pero que siempre ha estado rodeado de mucha polémica. El experimento Bystander. Sumerjámonos en su historia.

El síndrome Genovese: “38 personas que vieron un asesinato y no llamaron a la policía”

Antes de profundizar en el experimento, tenemos que comprender el contexto en el que se desarrolló. Y, por desgracia, tiene origen en un asesinato. Era la madrugada del 13 de marzo de 1964. Kitty Genovese, una chica de 28 años de Queens, Nueva York, está conduciendo su Fiat Rojo de vuelta a casa sin saber que otro coche la estaba siguiendo.

A las tres y cuarto de la mañana, Kitty aparca a unos 30 metros de su apartamento, cuando el hombre que la había estado siguiendo, Winston Moseley, corre hacia ella y la apuñala dos veces en la espalda. Kitty gritó con todas sus fuerzas y varios de sus vecinos escucharon los gritos de socorro. Estos se asomaron a las ventanas e increparon al agresor para que marchara, pero no hicieron nada más.

Moseley, para evitar que lo reconocieran, marchó, dejando a Kitty en el suelo desangrándose. De nuevo, ningún vecino salió a la calle a brindarle ayuda. Kitty, sola y malherida, intentó llegar a su apartamento. Pero no lo consiguió. El agresor volvió a encontrarla, la apuñaló más veces, la violó, le robó todo lo que tenía y la dejó tirada en el vestíbulo.

Un crimen que ya de por sí es horrible se convierte en una muestra de la más extrema falta de humanidad cuando descubrimos que, al menos, doce personas presenciaron de forma más o menos clara el ataque y ninguna de ellas hizo nada. Hubo, como mínimo, doce personas que se comportaron como simples espectadores del asesinato.

La historia de Kitty, a raíz de un artículo en el New York Times titulado “38 personas que vieron un asesinato y no llamaron a la policía”, se convirtió en un huracán público, pues abrió un enorme debate acerca de la insensibilidad y la apatía de los seres humanos. Todo el mundo empezó a hablar del caso, en muchas ocasiones por el morbo, pero evidentemente nació también una curiosidad científica.

La reacción pública provocó la investigación en Psicología del fenómeno que se conocería como síndrome Genovese (por Kitty Genovese), efecto espectador o efecto Bystander. Y dos psicólogos, obsesionados con el caso, quisieron comprender por qué aquellas personas no habían prestado ayuda a la chica. Fue así como el experimento Bystander empezaba a cuajarse.

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¿Qué demostró el experimento del efecto espectador?

Era el año 1968. Han pasado cuatro años desde el mediático asesinato de Kitty Genovese, pero el interés del mundo de la Psicología por el que ya fue bautizado como el efecto espectador seguía siendo muy fuerte.

En este contexto, John Darley y Bibb Latané, psicólogos sociales estadounidenses, querían comprender, a raíz del asesinato de Kitty Genovese, por qué los testigos de los crímenes no tomaban acción cuando los presenciaban. ¿Por qué, ante algo tan grave, podíamos comportarnos como simples espectadores?

Para responder a esta incógnita, diseñaron un experimento conducido en la Universidad de Columbia que recibió el nombre de “El efecto Bystander”. Un experimento psicológico que, como tantos otros de aquella época de mediados del siglo XX, cruzó todos los límites de la ética, aunque este, a diferencia de algunos que escondían simple crueldad, tuvo notables aportaciones en el campo de la Psicología Social.

El experimento comenzó enviando a un participante a una sala donde se le dejó solo para rellenar una encuesta. Pero esto solo era la excusa. Cuando estaba solo, se encendió una máquina de humo al otro lado de la puerta para que entrara en la estancia. El participante, que sin saberlo estaba formando parte del experimento de los psicólogos, creía que algo estaba ardiendo y, estando solo, avisó rápidamente de lo que ocurría a la secretaria que, como es obvio, era cómplice.

Pero, ¿qué pasaría cuando repitieran este mismo escenario pero no con una persona sola, sino con un grupo? Tres participantes, ninguno de ellos actor, fueron enviados a responder la encuesta en la misma habitación. El escenario se repitió, encendiendo la máquina de humo para simular que, al otro lado de la puerta, hay algo quemándose. Y fue ahora cuando sucedió lo que los psicólogos esperaban ver.

Estando juntos, se comportaban como si no estuviera pasando nada extraño. Cada uno ve al otro no reaccionando. Así que, en su interior, interpretan que no hay ninguna emergencia. Dejaron que su habitación se llenara de humo y seguían haciendo el test como si no sucediera nada. Estando juntos, todos ellos eran espectadores. El efecto Bystander era una realidad.

Ante una misma situación potencialmente peligrosa, respondemos de forma muy distinta si estamos solos o en grupo. Y asombrados, Darley y Latané, llevaron esta idea más allá. Sabían que podían hacer más descubrimientos valiosos para la Psicología Social en lo que a conocimiento de las bases del efecto espectador se refiere. Así pues, desarrollaron un segundo experimento.

En él, pusieron a una persona en una sala teniendo lo que ella creía que era una conversación telefónica. Pero, en realidad, estaba escuchando una grabación. El participante, engañado, estaba escuchando a alguien teniendo convulsiones. Y la chica en cuestión, estando sola, fue rápidamente a buscar ayuda, saliendo al pasillo diciendo que alguien estaba teniendo un ataque y que necesitaba ayuda.

Pero, ¿qué pasó cuando en la sala se pusieron a tres participantes escuchando esa misma grabación? Las tres personas, en la misma estancia, en teoría iban a tener una conversación con otra en otra habitación. Pero, de nuevo, todo era un engaño. Se les hizo escuchar una grabación en la que alguien simulaba tener un episodio convulsivo.

Y, como esperaban los psicólogos, ninguno de los tres hizo nada. Se quedaron sentados, en silencio, escuchando a esa persona convulsionando. De nuevo, se estaba cumpliendo el efecto espectador. Y no solo con algo como el ensayo con el humo, sino directamente escuchando a una persona sufriendo un ataque y pudiendo remediarlo de forma tan sencilla como solicitar ayuda fuera de la habitación.

Darley y Latané demostraron que cuando hay más gente que puede responder a una urgencia, nuestra responsabilidad parece diluirse, confirmando así el efecto espectador como un fenómeno psicosocial a través del cual una persona está menos predispuesta a prestar ayuda o brindar auxilio a otra si hay otras personas también presentes que podrían socorrerla.

El experimento Bystander representó un gran paso para la Psicología Social al ayudarnos a comprender cómo nuestro comportamiento viene influenciado por la presencia de otras personas, especialmente en lo que a actuación ante las emergencias se refiere. Ahora bien, ¿puede justificarse? ¿Traspasó los límites de la moral? ¿Fue ético someter a esas personas a un experimento sin su consentimiento para luego, además, sentirse mal por no haber actuado?

Que cada lector encuentre su propia respuesta, pues como en tantos otros experimentos psicológicos que fueron polémicos en su día (y que ahora no podrían realizarse), se abre un muy interesante dilema ético y moral. Nostros solo hemos contado la historia. Pero sí que querríamos terminar con una cita de Galileo Galilei, físico, astrónomo y matemático italiano considerado el padre de la ciencia moderna: “El fin de la ciencia no es abrir la puerta al saber eterno, sino poner límite al error eterno”.

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