Pareidolia: ¿qué es y por qué vemos cara donde no las hay?

Las pareidolias constituyen un curioso fenómeno psicológico, por el cual reconocemos patrones significativos en estímulos que son ambiguos. Esto justifica por qué en ocasiones vemos caras y formas familiares en las nubes, las paredes u otros objetos inanimados.

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En psicología se conoce como percepción al proceso por el cual nuestro cerebro interpreta las sensaciones que recibe a través de los sentidos, de manera que construye una impresión de la realidad física del entorno. Percibir es un fenómeno constructivo, pues organizamos y seleccionamos la información que recibimos para formar conjuntos dotados de sentido.

Además, hay aspectos que condicionan nuestra manera de percibir el mundo que nos rodea, como por ejemplo la experiencia previa que hayamos vivido. A lo largo de la historia, el ser humano ha ido perfeccionándose gracias a la evolución. Así, nuestro cerebro ha desarrollado estrategias para funcionar de manera cada vez más eficiente, favoreciendo nuestra supervivencia.

La forma en la que percibimos la realidad no es puramente objetiva y perfecta, sino que a veces puede estar sesgada. Esto se debe a que las estrategias que el cerebro utiliza para favorecer nuestro ajuste al medio no siempre son eficaces, de manera que aparecen fenómenos perceptivos muy curiosos.

Uno de ellos se conoce como pareidolia, el cual nos lleva a percibir rostros humanos en objetos inertes. Aunque pueda parecer un fallo de nuestra mente, lo cierto es que este curioso sesgo tiene una explicación de acuerdo con nuestra evolución como especie. En este artículo vamos a hablar acerca de qué es una pareidolia y por qué se produce.

¿Qué es la pareidolia?

El mundo que nos rodea se caracteriza por estar en continuo cambio. Nada es estable, todo experimenta variaciones. Por ello, no nos ha quedado otra alternativa que desarrollar un sistema perceptivo capaz de encontrar la estabilidad entre un enorme caos de información.

Así, nuestro cerebro se encuentra dotado con mecanismos capaces de identificar los elementos que permanecen, es decir, la continuidad en el entorno. De esta manera, aunque dos estímulos sean aparentemente diferentes, es capaz de hallar sus características comunes y de esta forma reaccionar de forma eficiente en infinidad de situaciones a pesar de los pequeños cambios.

Aunque las estrategias que nuestro cerebro utiliza para ser eficiente son adaptativas y muy interesantes, estas pueden dar lugar a sesgos en algunas situaciones, dando lugar al fenómeno de las pareidolias. Las pareidolias constituyen un curioso fenómeno psicológico, por el cual reconocemos patrones significativos (como caras o cuerpos) en estímulos que son ambiguos. Esto justifica por qué en ocasiones vemos caras y formas familiares en las nubes, las paredes u otros objetos inanimados.

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¿Cómo se produce la pareidolia?

Seguramente te estarás preguntando cómo es posible que suceda este fenómeno tan curioso. Lo cierto es que nuestro cerebro posee una estructura llamada giro fusiforme, la cual está implicada en el reconocimiento visual de las caras. Esta zona se encuentra en la corteza cerebral temporal inferior y parece que se activa no sólo cuando hay caras humanas, sino también ante estímulos que pueden ser abstractos y confusos sin que realmente haya rostros humanos.

Así, esta estructura cerebral es la causante de que tengamos la sensación de estar viendo a una persona en objetos y lugares inanimados, una reacción perceptiva automática que no podemos controlar. En este sentido, podríamos decir que la pareidolia es la consecuencia de poseer un cerebro muy sensible a los rostros humanos.

¿Para qué sirve la pareidolia?

Aunque la pareidolia sea considerada, en teoría, un sesgo perceptivo, lo cierto es que esta refleja nuestra predisposición para identificar con enorme facilidad los rostros humanos. Esta habilidad no es casual, sino que es fruto de la evolución que hemos experimentado como especie. Poder detectar cualquier cara a nuestro alrededor nos resulta esencial para buscar a los iguales que pueden ser de apoyo, así como para huir de posibles enemigos.

En definitiva, reconocer caras es clave para poder interactuar con los demás y con el mundo. Es por todo ello que contamos con un sistema especialmente sensible a las caras humanas. Lo cierto es que el rostro es mucho más que un simple estímulo visual, pues la comunicación verbal nos transmite información de gran valor y nos da pistas acerca de las emociones e intenciones del otro.

Con el tiempo, hemos generalizado nuestro talento a todo tipo de objetos que se parezcan mínimamente a una cara. Basta con que posean formas que recuerdan a dos ojos y una boca para que nuestro cerebro nos “engañe”. Quizá creas que este mecanismo no tiene demasiado sentido hoy en día. Aunque en la prehistoria la habilidad para detectar caras podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte, hoy ya no vivimos en medios hostiles donde haya que sobrevivir.

En aquel entonces, procesar información visual de las caras era una forma de tomar decisiones rápidas ante las amenazas y las oportunidades del entorno. Sin embargo, en la actualidad no tenemos que salir de una cueva para buscar comida ni luchar contra enemigos potenciales. No obstante, nuestra capacidad para detectar caras es una herencia que hemos obtenido y adaptado a la vida actual.

Gracias a la pareidolia podemos reconocer a las personas que nos rodean, leer la información de sus rostros e inferir su estado emocional, sus intenciones y pensamientos. En otras palabras, detectar rostros es clave para ser competentes en el plano social y discriminar cuando nuestro interlocutor está feliz, enfadado, preocupado, triste, etc.

Los expertos en esta cuestión han concluido que, en efecto, la pareidolia es un fenómeno presente desde los comienzos de nuestra especie. De hecho, las investigaciones han permitido comprobar que los primates también poseen esta particular destreza para identificar caras en su entorno. En el caso de los humanos, sabemos que hemos logrado un nivel destacado de habilidad, hasta el punto de reaccionar ante falsos positivos.

Nos hemos sensibilizado tanto que tendemos a responder cuando no toca. No obstante, la presencia de las pareidolias es el precio a pagar por una excelente competencia social, por lo que quizá nos resulte rentable aún con todo.

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Futuras direcciones

Aunque la pareidolia es un fenómeno muy interesante, estudiarlo desde el punto de vista científico no sólo sirve para saciar la curiosidad. Los investigadores en este campo consideran que entender el reconocimiento facial es un aspecto clave para entender fenómenos como la prosopagnosia, definida como la incapacidad para reconocer los rostros conocidos.

También se cree que puede ser de ayuda a la hora de comprender trastornos como el del espectro autista, donde existen importantes dificultades para sintonizar con las emociones y creencias de los demás. Otra enfermedad que parece guardar estrecha vinculación con este fenómeno es el Parkinson. De acuerdo con algunos estudios, parece que los pacientes con este diagnóstico tienden a experimentar más pareidolias que la población general.

En psicología las pareidolias son un fenómeno bien conocido e incluso son utilizadas desde algunos enfoques terapéuticos. Uno de los test proyectivos más conocidos, el Test de Rorschach, emplea justamente nuestra tendencia a detectar formas con sentido en estímulos ambiguos para realizar la evaluación psicológica de la personalidad.

El psicólogo que realiza la prueba presenta al sujeto varias láminas con dibujos de tinta abstractos, pidiéndole que identifique lo que ve, tal y como haría al buscar formas en las nubes. En base a sus respuestas, el profesional puede valorar cómo es el funcionamiento psíquico de la persona examinada. Así, indagar sobre esta cuestión puede ser clave para comprender mejor ciertas dificultades que afectan al desempeño normal de muchas personas y encontrar nuevos caminos terapéuticos.

La pareidolia y el arte

Quizá te sorprenda saber que la pareidolia no sólo es un fenómeno con repercusión en el campo de la psicología. Otras disciplinas, como el arte o la astrología, guardan relación con esta cuestión.

Parece que los orígenes del arte comenzaron con las pinturas rupestres, las cuales partían de pareidolias que se mejoraban con unos pocos detalles para darles la forma definitiva de un animal o una persona. Añadido a esto, el arte contemporáneo también parece haberse servido de las pareidolias. En este caso, su uso ha sido mucho más consciente, pues en corrientes como el surrealismo se busca expresamente generar ambigüedad y confusión.

Además, nuestros antepasados también utilizaron las pareidolias para interpretar los elementos de la naturaleza. Las montañas se convirtieron en reflejos de los dioses y las constelaciones en dibujos que reflejaban en el cielo los elementos de la tierra, como animales, personas, objetos, etc.

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Conclusiones

En este artículo hemos hablado acerca de un curioso fenómeno perceptivo: las pareidolias. Estas constituyen un sesgo por el cual apreciamos caras y rostros humanos en estímulos ambiguos y confusos.

Aunque habitualmente se habla de la pareidolia como un error, lo cierto es que estas son consecuencia de la sensibilización de nuestro sistema visual a las caras humanas. A lo largo de la evolución, nuestro cerebro ha desarrollado estrategias para captar las caras a nuestro alrededor, pues esto tiene un enorme valor para la supervivencia de la especie.

En el pasado, identificar rápidamente una cara podía ser la clave para sobrevivir, aunque hoy en día la utilidad de esta capacidad ha cambiado. Dado que actualmente ya no lidiamos con los peligros de hace millones de años, identificar rostros tiene un carácter más relacionado con las interacciones sociales que con la supervivencia en sí.

Gracias a esta capacidad podemos detectar caras y entender las emociones e intenciones detrás de cada una de ellas. Conocer este fenómeno puede ser de ayuda para comprender mejor diversos trastornos que afectan a las personas, como la prosopagnosia, el autismo o el Parkinson.

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