El Triángulo de las Bermudas: ¿leyenda o terrible realidad?

El misterio del Vuelo 19, un grupo de cinco aviones de la armada estadounidense que desaparecieron sin dejar rastro en diciembre de 1945, hizo que la leyenda del Triángulo de las Bermudas se convirtiera en un fenómeno global. Descubramos la verdad detrás del mito.

Triángulo bermudas

El 3 de agosto de 1492, la expedición de Cristóbal Colón salió del puerto de Palos de la Frontera con la esperanza de llegar a las Indias por el inexplorado oeste. Los noventa hombres de la tripulación sentían que cada día se acercaban más al fin del mundo, a unas aguas en cuyas profundidades habitaba el mal. Simples habladurías y cuentos de marineros, pensó Colón.

Pero el 11 de octubre de 1492, horas antes de que la expedición llegara a las costas del Nuevo Mundo, el escepticismo del almirante se convirtió en terror. Las brújulas de todos los navíos empezaron a fallar, al tiempo que Colón vislumbró una bola de fuego en el cielo y una extraña luz sobre la superficie del océano. Algo extraño que nadie pudo explicar parecía esconderse en las profundidades del océano.

Cristóbal Colón anotó en el diario de navegación el incidente, dejando la primera constancia histórica de un misterio que ha aterrorizado a innumerables generaciones de marineros. Desde entonces y durante siglos, esa región del océano se consideró un lugar maldito. Un cementerio de las almas de aquellos que se aventuraban a surcar sus aguas. La expedición de Colón estaba atravesando el Triángulo de las Bermudas. Y en el artículo de hoy vamos a explorar la verdad detrás del mito, viendo si realmente ocurre algo extraño en sus aguas.

El misterio de la desaparición del Vuelo 19

Naval Air Station Fort Lauderdale, Florida, USA. 5 de diciembre de 1945. Nuestra historia empieza en la base aérea naval de Fort Lauderdale, en Florida, Estados Unidos. Esta estación de la marina estadounidense fue construida en 1942, en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, con el objetivo de disponer de una base para el entrenamiento de pilotos de la armada.

A finales de 1945, con el fin de la guerra y con la victoria aliada, los militares de la estación podían vivir, por fin, tiempos tranquilos. Podían destinar muchos recursos a la formación de las nuevas generaciones de pilotos que iban a proteger a Estados Unidos de las futuras amenazas que azotaran al mundo. Lo que nadie esperaba es que la amenaza estuviera tan cerca de su hogar.

Era el 5 de diciembre de 1945. El teniente Charles Taylor, uno de los aviadores de Fort Lauderdale con más experiencia recibe el cometido de dirigir una sesión de entrenamiento. Una simple misión rutinaria que iba a consistir en recorrer unos 90 kilómetros desde la base en Florida hasta las Bahamas. Taylor nunca había realizado esa ruta. Pero con más de 2.500 horas de vuelo a sus espaldas, se sentía perfectamente preparado para guiar a los jóvenes aviadores.

El pronóstico meteorológico de la base aérea no era en absoluto alarmante. Vientos al este de 55 km/h y algunas nubes formándose mar adentro. Taylor dio el visto bueno y el vuelo fue programado a las 14:10h. Con el cielo despejado y superando todos los protocolos de seguridad, los cinco bombarderos torpederos despegaron en dirección a las Bahamas. El bautizado como Vuelo 19 empezó a surcar los cielos. Ninguno de los 14 aviadores en vuelo podían imaginar que sería la última vez que verían tierra firme.

El teniente Taylor estaba guiando al resto de pilotos y durante los primeros minutos de vuelo, todo parecía funcionar correctamente. Pero de repente, el tiempo cambió. Los vientos se aceleraron y las nubes empezaron a reducir la visibilidad de los pilotos. No era la primera vez que Taylor se enfrentaba a algo así. Esa región del mar, donde las corrientes frías y cálidas entraban en colisión, tenía tendencia a cambiar de clima rápidamente.

Estaba preparado para ello. Pero para lo que no estaba preparado era para lo que vendría después. Sin previo aviso, como si una perturbación electromagnética hubiera afectado al avión, la brújula del teniente dejó de funcionar. En medio del océano, dos horas después de despegar, y sin tierra firme a la vista, estaba totalmente a ciegas.

Comparó sus lecturas con las de sus alumnos y no lograban ponerse de acuerdo. El pánico empezó a apoderarse de los pilotos. Taylor, sabiendo que debía comportarse como el líder que era, intentó mantener la calma. Se comunicó por radio con los militares en la base en Florida, explicando que sus brújulas estaban fallando y que no estaba seguro de estar siguiendo la ruta correcta.

Poco pudieron hacer desde la estación, más que dar posibles indicaciones de rumbo. Pero todos los peores presagios se cumplieron cuando las señales radiofónicas empezaron a debilitarse cada vez más y más. Y a las 19:04 de la tarde se recibió la última señal del vuelo 19, en la que Taylor pedía a los pilotos que en el momento en el que uno de ellos llegara a los últimos 40 litros de combustible, todos aterrizarían en el agua a la espera de ser rescatados. No volvió a oírse nada más.

En la base, todas las alarmas se encendieron. Cinco aviones y 14 pilotos acababan de desvanecerse. En pocos minutos, la marina hizo que un hidroavión con una tripulación de 13 hombres despegara en dirección al lugar donde se habían cortado las comunicaciones para dar con los pilotos perdidos. Actuando rápido, todo quedaría en un momento de angustia.

Pero todo cambiaría cuando ese hidroavión también se desvaneció. A las 19:30 envió un último mensaje de radio. Nunca se supo nada más de él. Esta vez ni siquiera hubo mensajes de socorro. Simplemente, desapareció. Era un hidroavión, no tenía sentido que no hubiera podido aterrizar en el agua. Nadie en la base podía creer lo que estaba sucediendo. Otras unidades salieron a peinar la zona. Pero la noche estaba cayendo. No encontraron nada. Ni un simple resto.

En una tarde habían desaparecido seis aviones y 27 personas. La búsqueda terminó el 10 de diciembre de 1945 y la desaparición del vuelo 19 se convirtió en todo un fenómeno mediático. La prensa se hizo eco de la noticia y los medios de comunicación empezaron a atribuir causas místicas al incidente, hablando de cómo esas aguas escondían un secreto atroz que acababa de emerger. Y cuando los investigadores recurrieron a los archivos históricos descubrieron que el vuelo 19 no era, en absoluto, la primera desaparición extraña que ocurría en esos mares. Parecía que había un patrón. El mito que todos conocemos estaba naciendo.

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Vincent Gaddis y el nacimiento del mito: ¿qué es el Triángulo de las Bermudas?

Nueva York. 29 de octubre de 1950. Nuestra historia continúa en la ciudad de Nueva York. Han pasado cinco años desde la desaparición del vuelo 19. Y en el momento en el que todo el misterio empezaba a diluirse, el New York Times publica un artículo que está a punto de cambiarlo todo. Un grupo de periodistas había recabado información acerca de naufragios y de desapariciones de barcos y aviones, encontrando lo que ellos determinaron como un patrón.

Muchos incidentes inexplicables parecían concentrarse en las costas de Florida y la isla de Bermuda. El artículo sacó a la luz cinco incidentes separados en la primera década del siglo en el que detallaba cómo decenas de barcos y aviones se perdían para siempre al aventurarse en esa región donde el vuelo 19 había desaparecido.

El artículo habría pasado desapercibido de no ser porque uno de los incidentes parecía atravesar todos los límites de la realidad. Teníamos que remontarnos al año 1918. A finales de la Primera Guerra Mundial, el USS Cyclops, el barco más grande de la armada de los Estados Unidos, estaba de regreso a suelo norteamericano después de un viaje a Brasil.

El 9 de marzo de 1918, el buque envió un mensaje a la base naval diciendo que el clima era óptimo. Esa fue la última comunicación. Porque el USS Cyclops desapareció ese mismo día. El barco más grande de la marina estadounidense se desvaneció sin dejar rastro. Ni una sola señal de socorro. Un titán de más de 150 metros desapareció y nunca encontraron restos del navío ni de ninguno de los 306 tripulantes. Había sido borrado del mapa.

De vuelta al año 1950, todas las piezas estaban indicando que algo sucedía en ese mar cerca de las costas de Florida. Era la primera vez que esa particular región del océano era sospechosa de ser extrañamente proclive a las desapariciones de navíos y aviones. Y como los periódicos no ofrecieron ninguna explicación racional a aquello, se abrió la puerta al nacimiento de la leyenda que iba a aterrorizar a medio mundo.

Era el año 1964. Vincent Gaddis, un escritor estadounidense que llevaba dos años intentando encontrar un lugar en la industria literaria, recibe la oportunidad de su vida. Publicar un relato de ficción en la revista Argosy, un magazín muy popular en el país donde se recogían narraciones e historias de distintos géneros de la literatura de ficción.

Vincent sabía que era su momento, así que recurrió a un misterio que lo había obsesionado durante años. La desaparición del vuelo 19 y los otros misteriosos incidentes recogidos en el artículo de los años 50. Gaddis sabía que tenía material para escribir un relato que cualquier estadounidense quisiera leer. Pero debía darle un tinte más místico a todo. Crear un concepto que desde el primer momento se convirtiera en un icono de la cultura popular.

Y fue así como, de una forma totalmente arbitraria, tomó un mapa, dibujó una figura geométrica que uniera las islas de Bermuda, Miami y Puerto Rico y obtuvo un triángulo de más de un millón de kilómetros cuadrados de superficie en cuyo interior, dijo, sucedían esas extrañas desapariciones. Con aquello delante, sabía que solo le faltaba una cosa. Bautizar el misterio. Y no tuvo ninguna duda. Gaddis acababa de dar nombre al Triángulo de las Bermudas.

Y en febrero de 1964, los editores de Argosy recibieron el relato del escritor, quedando maravillados por la narrativa y por la belleza que emergía del misterio de aquel concepto. La historia de Gaddis fue publicada en la portada de la revista ese mismo mes, haciendo que el número se convirtiera en uno de los más leídos.

Todos los hogares estadounidenses querían leer esa historia. La leyenda alrededor del Triángulo de las Bermudas estaba naciendo. Y nadie reparó no solo en que la geometría de la zona fue totalmente arbitraria, sino que el propio relato en sí era una historia de ficción. Pero con el rendimiento que la editorial estaba consiguiendo, en ningún momento quisieron cortar esa fiesta.

El mito del Triángulo de las Bermudas empezó a expandirse rápidamente por todo el mundo. Decenas de relatos de ficción se publicaron en otros países, al tiempo que la industria cinematográfica vio una oportunidad de llenar las salas de cine con historias acerca de ese misterio. Un misterio que unía la fascinación que sentimos por los secretos del mar con el terror por lo que se esconde en las profundidades del océano.

Pero con el tiempo, todo quedó eclipsado por el miedo. Lo que empezó como un inocente relato de ficción parecía estar abriendo las puertas a algo que iba a hacer que hasta la mente más científica se tambaleara. Porque recurriendo a los archivos históricos, vimos que por mucho que le acabáramos de dar nombre, el Triángulo de las Bermudas siempre había estado ahí. Y la única forma de desvelar sus misterios era retroceder en el tiempo. Viajar siglos atrás a los tiempos en los que Cristóbal Colón llegó al Nuevo Mundo. Una vez más, la ciencia tenía que ahondar en la oscuridad del pasado para arrojar luz al presente.

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Las aterradoras leyendas de marineros: ¿qué ocurre en el Triángulo?

Océano Atlántico. 210 km al este de Guanahani. 11 de octubre de 1492. Nos encontramos a finales del siglo XV. La expedición de Cristóbal Colón está a pocas horas de llegar a Guanahani, lo que actualmente conocemos como las islas Bahamas. Esa noche, las brújulas de La Pinta, La Niña y la Santa María empezaron a fallar, desviándose respecto a la Estrella Polar.

Y la tripulación de noventa hombres vio cómo una bola de fuego parecía caer al océano y cómo una extraña luz verdosa parecía emerger de las profundidades del mar. Colón anotó estos extraños sucesos en el diario de navegación, siendo las primeras referencias históricas de incidentes misteriosos en lo que 453 años después sería bautizado como el Triángulo de las Bermudas.

Durante siglos, los marineros contaron historias acerca de fuerzas malignas que habitaban esas aguas. Desde el siglo XV, los exploradores europeos que navegaban esas aguas informaban de inexplicables hundimientos y de avistamientos de barcos que flotaban a la deriva intactos pero sin tripulación, los temidos barcos fantasma. Y ya desde ese momento, intentamos encontrar una explicación, llevándonos a los rincones más oscuros de la naturaleza e incluso del más allá.

En una era donde el misticismo reinaba por encima de la ciencia, los marineros recurrían a los mitos, hablando del Triángulo de las Bermudas como el cementerio del Atlántico. Muchos creían que los naufragios se debían a que esas aguas estaban habitadas por monstruos que podían hacer desaparecer cualquier navío sin dejar rastro. El mito escandinavo del Kraken hablaba de la existencia de un ser gigante que se escondía en las profundidades del océano pero que, enfurecido, podía emerger y destruir cualquier embarcación para devorar a los marineros con sus tentáculos gigantes.

Del mismo modo, otros afirmaban que las desapariciones en el Triángulo de las Bermudas se debía a que bajo sus aguas descansaban los restos de la Atlántida, el continente mítico descrito por los textos de Platón. Una isla repleta de riquezas y una potencia militar que, se dice, fue arrasada y hundida por una catástrofe de origen volcánico hace más de diez mil años.

Quienes defendían la pasada existencia de la Atlántida afirmaban que la civilización atlante disponía de unos cristales de energía con un poder inimaginable. Estos ancestrales objetos quedaron sumergidos tras la desaparición del continente, pero se decía que podían emitir una radiación que afectaría a las brújulas de los barcos que navegaran por encima de los restos de la civilización.

Otros, aterrados, explicaban que en esas aguas se formaban colosales remolinos que, en medio de las más devastadoras tormentas, podrían engullir cualquier embarcación. Vórtices de agua que abrían precipicios en el mar donde las almas de los marineros iban a encontrar un fatídico destino en sus profundidades.

Pero ninguna de estas historias explicaban la existencia de los barcos fantasma. Navíos que aparecían en medio del mar en perfecto estado pero sin nadie a bordo. Los marineros también tenían explicación para ello. Hablaban de cómo los fantasmas de aquellos que murieron en el mar emergían del océano para arrastrar a otros hacia las profundidades. Sombras que acechaban por la noche. La tumba del Atlántico despertaba para llevarse nuevas almas.

Incluso se hablaba de cómo esas tripulaciones abandonaban los navíos atraídos por los cantos de las sirenas, unos monstruos de bella apariencia y melodiosa voz con la que atraían a los marineros al agua hasta que podían atraparlos, sumergirlos y, finalmente, devorarlos. De una forma u otra, parecía que el mal de los océanos residía en el Triángulo de las Bermudas.

Pero después de tantos siglos, las historias de terror no terminaron. Solo cambiaron de forma. Ya en el siglo XX, los mitos del folclore dieron paso a la ciencia ficción. Y quienes querían creer en sucesos paranormales ocurriendo en esas aguas hablaban de cómo en el Triángulo de las Bermudas se abrían agujeros de gusano. Portales a través del espacio y del tiempo que a día de hoy son meras hipótesis teóricas. Unos conductos que, se dice, trasladarían a los navíos y a los aviones a otras dimensiones o que permitirían que viajaran en el tiempo.

Muchos afirmaban haber entrado en nieblas electrónicas que servían como atajos en el espacio y en el tiempo. Otros hablaban de cómo las desapariciones en el Triángulo se debían a las abducciones por parte de civilizaciones extraterrestres. Con naves alienígenas patrullando esa región del océano para así llevarse consigo a seres humanos. Evidentemente, los científicos rechazaron todas estas teorías. Todas, excepto una.

Considerada durante siglos una mera historia que contaban los marineros a modo de relato de terror, había una leyenda que, para el asombro de toda la comunidad científica, se convirtió en realidad. El momento en el que estuvimos más cerca de desentrañar el misterio del Triángulo de las Bermudas.

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Las olas monstruo: la ciencia de la ficción

Mar del Norte. 1 de enero de 1995. Nos encontramos en el Mar del Norte, un mar con importantes yacimientos de petróleo y de gas natural que empezaron a explotarse en los años setenta. Una de las plataformas de extracción de gas más importantes es la Estación Draupner, construida a 160 km de la costa de Noruega. Ubicada en uno de los mares más turbulentos del mundo, fue dotada de instrumentos que medían la altura de las olas y el movimiento de sus pilares.

Y fue gracias a ello que esta estación cambió para siempre nuestra concepción de los mares. Era el 1 de enero de 1995. Como tantas otras veces, una tormenta azotó la estación. Por simple seguridad y protocolo, los trabajadores fueron recluidos dentro de las instalaciones. Nadie podía ver lo que ocurría fuera. Pero por suerte, los instrumentos estaban monitoreando lo que estaba sucediendo.

En medio de la tormenta, sin previo aviso, una ola de 26 metros impactó sobre la estación petrolífera, estando a punto de provocar su destrucción. Un muro de agua de la altura de un edificio había aparecido de la nada con una fuerza de destrucción inmensa. Ningún modelo podía explicarlo. En medio de un azoto de olas que no superaban los siete metros, una se alzó casi treinta metros.

Consideradas durante siglos como simples leyendas, la bautizada como ola Draupner fue la primera evidencia de la existencia de olas monstruo. Unos muros prácticamente verticales de agua que se forman sin motivo aparente en alta mar y que, pese a colapsar en pocos segundos, puede destruir un barco considerado virtualmente como indestructible. Por primera vez, teníamos ante nosotros una explicación plausible a gran parte de los naufragios inexplicables a lo largo de la historia.

Y fue así como empezó una investigación oceanográfica sin precedentes que culminaría en el año 2003, cuando la Agencia Espacial Europea reveló los resultados del proyecto MAXWAVE, un estudio que consistió en tomar imágenes por satélite de la superficie de los océanos. En apenas tres semanas de cartografiar los mares, descubrieron que en el mundo se habían formado diez olas monstruo. Habíamos pasado de creer que, de ser ciertas, solo podía formarse una cada 10.000 años a darnos cuenta de que constantemente estaban formándose.

Cuando los resultados se hicieron públicos, la propia ESA afirmó que estas olas monstruo seguramente eran la causa detrás de la desaparición inexplicable de navíos en alta mar. Y desde entonces, aquellos científicos obsesionados con el misterio detrás del Triángulo de las Bermudas, han intentado relacionar estas olas monstruo con la leyenda del cementerio del Atlántico.

En el año 2019, investigadores de la Universidad de Oxford realizaron un estudio en el que construyeron un tanque para simular de forma controlada las condiciones para la formación de olas monstruo. El modelo fue un éxito y coincidía con las predicciones. Y fue así como quisieron ver si una de las desapariciones más célebres del Triángulo de las Bermudas, podía deberse a una de estas olas gigantes.

El equipo construyó un modelo del USS Cyclops, el buque de la armada estadounidense que desapareció sin dejar rastro y sin mandar ninguna señal de socorro en marzo de 1918. El modelo demostró que, en efecto, una ola monstruo podía hacer naufragar el que en aquellos tiempos era el barco más grande del ejército de los Estados Unidos, arrastrando a su tripulación de 300 hombres a las profundidades del mar. Una vez más, la realidad había superado a la ficción, pero todavía quedaban muchas incógnitas por resolver.

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¿Existe realmente un misterio en el Triángulo de las Bermudas?

A día de hoy, los oceanógrafos siguen estudiando la supuesta naturaleza misteriosa del cementerio del Atlántico. E irónicamente, día a día, más cerca estamos de afirmar que el único misterio del Triángulo es que se convirtiera en un misterio. Conforme recabamos más información y descubrimos nuevos archivos históricos, vemos que siempre hemos sido víctimas de nuestro sesgo de confirmación.

Las desapariciones inexplicables de navíos y de aviones no son únicas en esta región del océano. Ni siquiera existen evidencias firmes de que los naufragios y los accidentes aéreos sean más frecuentes en esta zona. Incluso estamos descubriendo cómo muchos documentos históricos han sido alterados para hacer coincidir las zonas de desaparición con el triángulo.

Docenas de barcos y de aviones pasan por esta región cada día. Y el porcentaje de incidentes no parece ser superior al de otros mares. Ningún organismo oficial reconoce el lugar y ningún mapa establece claramente sus límites. Es solo una región arbitrariamente seleccionada para escribir un relato de ficción.

Todos, en el fondo, hemos querido que exista un misterio. Es parte de nuestra naturaleza. Creer en algo más allá de la realidad palpable es casi una necesidad humana que, durante siglos, hemos extrapolado a este Triángulo de las Bermudas. Pero cada vez estamos más y más seguros de que no hay nada especial en él. Hemos querido creer que los aviones del vuelo 19 entraron en un vórtice en el espacio-tiempo cuando, en realidad, simplemente fueron víctimas de un fallo mecánico en unos aviones demasiado antiguos que les condenaron a perderse en medio del océano y precipitarse hacia el mar cuando se quedaron sin combustible.

Hemos querido creer en cuentos de monstruos marinos que acechan en las profundidades, de remolinos colosales que succionan a los navíos, de naves extraterrestres que abducen tripulaciones enteras y de civilizaciones ancestrales sumergidas en el lecho de los océanos antes que considerar que todos esos navíos y aviones fueron víctimas de tormentas en una región del mar donde es cierto que el clima es más impredecible. En el Triángulo de las Bermudas chocan corrientes de aire cálidas y frías que provocan numerosas tormentas tropicales, huracanes y tornados en el agua.

Hemos querido creer en espíritus que emergían del mar y en sirenas que cautivaban a los marineros, dejando buques sin tripulación antes que considerar que estos barcos fantasma quedaron sin almas a bordo por las alucinaciones propias de la deshidratación tras perderse en alta mar o por los abordajes de piratas que vendieron a la tripulación como esclavos o, en el peor de los casos, los arrojaron por la borda.

Hemos querido creer en un misterio que nunca ha existido. En una leyenda que, a día de hoy, sabemos que no va más allá del mito. En una región del océano que no tiene nada de especial pero que siempre ha estado ahí, como símbolo de los secretos que esconde ese mundo tan inexplorado que son los océanos. En definitiva, hemos querido creer. Y nadie nos puede juzgar por ello.

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