Experimento de los Primates de Harlow: ¿en qué deriva la privación materna?

El experimento de Harlow fue un cruel estudio desarrollado en 1950 por el psicólogo Harry Harlow en el que, para establecer las bases de la dependencia materna, separó a unos bebés mono de sus madres.

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Afortunadamente, hoy en día tenemos muy claro que, en el contexto de la ciencia, no todo lo que puede hacerse, debe hacerse. Así, los comités de bioética trabajan para que todos los estudios y prácticas científicas vayan acorde a unos valores éticos y morales que deben respetarse absolutamente siempre. La ética pone límites a la ciencia.

Ya lo dijo Galileo Galilei, el físico, matemático y astrónomo italiano que, desarrollando el método científico en el siglo XVII, es considerado como el padre de la ciencia moderna: “El fin de la ciencia no es abrir la puerta al saber eterno, sino poner límite al error eterno”. Pero a pesar de ello, en estos últimos 400 años, en nombre de la ciencia se han cometido auténticas atrocidades.

En especial durante el siglo XX, movidos por una enfermiza necesidad de desentrañar los misterios de la naturaleza humana, la ciencia ha sido artífice de algunos experimentos que han pasado todos los límites. Y, seguramente, uno de los campos donde mejor se ejemplifica esto es el de la Psicología. Y es que existen algunos experimentos psicológicos que, hoy en día, serían impensables.

Y, de entre todos, hay uno que, por la crueldad hacia los animales que encierra y por lo oscuro de su planteamiento, es especialmente conocido. Estamos hablando del experimento de Harlow, un estudio desarrollado en los años 50 en el que, para establecer las bases de la dependencia materna, el psicólogo Harry Harlow separó a unos bebé mono de sus madres. Descubramos la historia detrás de este capítulo oscuro de la historia de la Psicología.

La dependencia materna: ¿en qué consiste este fenómeno?

Para comprender el porqué del experimento de Harlow, debemos ponernos en contexto. Y para ello, es esencial comprender un concepto alrededor del cual gira todo el estudio que veremos a continuación. Hablamos, pues, de la dependencia materna. Aquella necesidad de un menor de estar junto a sus padres, en especial la madre, para sentirse seguro, protegido y cómodo.

Cuando nacemos, somos seres absolutamente dependientes. Al nacer, necesitamos de nuestros padres para todo, mientras poco a poco maduramos física e intelectualmente como para ir adoptando un mayor grado de autonomía e independencia.

Así, no es de extrañar que esta necesidad de contacto, en especial hacia la madre, haya sido objeto de curiosidad por todos los psicólogos del desarrollo. Desde hace mucho tiempo, ya sospechábamos que detrás de la dependencia materna debía haber mucho más que la búsqueda de protección y de alimentación, a través de la lactancia.

Sospechábamos que la dependencia materna en humanos tenía un grado de complejidad mayor que en otros animales, donde la relación entre la madre y los hijos es una mera forma de supervivencia. Todo parecía indicar que, en las personas, este contacto estrecho con la madre respondía a factores emocionales mucho más complejos.

Pero en el mundo de la ciencia, no vale con las sospechas. Era casi una evidencia que la dependencia materna energía como una forma de desarrollo social y cognitivo, un fenómeno que permitía al bebé encontrar un lugar seguro donde crecer emocional e intelectualmente. Las madres son mucho más que una protección. Son clave en nuestro desarrollo. Pero había que demostrarlo.

Así, creció el interés en el mundo de la Psicología para desentrañar las bases de esta dependencia materna y de las consecuencias que podría tener en nosotros el hecho de ser separados al nacer de nuestras madres. ¿Cómo nos afectaría? ¿Podríamos crecer emocionalmente? ¿Cómo serían nuestras relaciones sociales? ¿Cuál es la importancia de la madre en nuestra psicología? Eran muchas las preguntas que buscaban ser respondidas.

Pero, evidentemente, no se iba a hacer un estudio con bebés humanos. Ningún comité lo permitiría. Pero en un momento en el que los derechos de los animales estaban todavía a muchos años de ser respetados, hubo un psicólogo que encontró una vía para responder las preguntas acerca de las bases psicológicas de la dependencia materna.

Ese psicólogo era Harry Frederick Harlow, quien se convertiría en el vigésimo sexto psicólogo más citado de la historia. Harlow llegó con 25 años a la universidad de Wisconsin después de conseguir su doctorado para así iniciar su prolífica carrera como investigador del comportamiento de primates no humanos.

En 1932, Harry Harlow estableció una colonia de macacos rhesus, una especie de primates, a los que criaba en una guardería, separándolos de sus madres al nacer. Esta tan polémica forma de crianza, conocida como privación materna, fue lo que inspiró a Harlow, más adelante en su vida, a diseñar un experimento que hoy en día sería totalmente impensable. Tenía, en su guardería y con sus monos rhesus, la herramienta para ser el primer psicólogo en describir claramente las bases psicológicas de la dependencia materna.

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¿Qué sucedió en el experimento de Harlow?

Era el año 1960. Harry Harlow inició el experimento, que consistió en separar a un bebé mono de su madre al nacer para comprender la naturaleza de la dependencia materna. Para el estudio, puso en contacto a la cría de macaco rhesus con dos madres falsas, una hecha de tela y otra hecha de alambre, que imitaban a las hembras de su especie.

La madre falsa de tela no aportaba nada al bebé, que ya había sido separado de su madre, más allá de confort, pero la madre de alambre era la que tenía integrado un sistema para alimentarlo. Harlow y su equipo vieron que el mono pasaba la mayor parte del día con la madre de tela y que solo se acercaba a la de alambre una hora al día cuando tenía hambre, pues había realizado una asociación entre esta y la obtención de comida.

Harlow descubrió así que, en la relación madre-hijo (extrapolando estos resultados a la especie humana por sus semejanzas), había mucho más que la simple búsqueda de leche para alimentarse. Es decir, como sospechábamos, el contacto íntimo con la figura materna era necesario para desarrollarse psicológicamente.

Los bebés de mono rhesus, al igual que los humanos, necesitaban el amor de su madre para desarrollarse emocionalmente. Pero Harlow se la había arrebatado y solo les estaba dando una muñeca de madera, a la que se aferraban como única opción ante la soledad de esa estancia de la universidad donde se desarrollaba el experimento.

Y lo peor de todo es que los experimentos, que se prolongaron durante más de 25 años, fueron cada vez más al límite. Y para encontrar nuevos datos sobre la relación madre-hijo, Harlow creó nuevas situaciones para asustar a los bebés, generalmente a través de un robot con forma de oso que hacía ruidos muy desagradables.

Cuando les hacía tener miedo, los monos corrían hacia su madre falsa de tela, creyendo que así estaban protegidos, pues aunque fuera un simple juguete, para ellos, era su madre. Al ver que, en efecto, el bebé iba hacia la madre de tela y no a la de alambre, Harlow quiso probar qué ocurría si quitaba a la madre de tela del habitáculo.

Volvía a asustarlos y, en ausencia de la madre de tela, el mono no corría hacia la de alambre, que simplemente la alimentaba. No había desarrollado ningún vínculo afectivo con ella. Así que simplemente se quedaba solo, en una esquina, asustado, acurrucado, paralizado y chupándose el pulgar.

Exponiendo a decenas de bebés mono a situaciones similares tras separarlos de sus madres, vio también que estos experimentos de privación materna los llevaban a experimentar estrés tanto emocional como físico. Así pues, los monos que eran aislados de sus madres y criados solos, desarrollaban alteraciones emocionales y problemas físicos, así como conductuales, incluidos los problemas para aparearse en la edad adulta.

Pese a ello, no detuvo sus experimentos y ensayos hasta el año 1985, momento en el que, precisamente gracias a ellos y contando con reconocimiento de toda la comunidad internacional, se había convertido ya en uno de los psicólogos más importantes del mundo. Y, de acuerdo a un estudio de Review of General Psychology en 2002, es el vigésimo sexto psicólogo más citado del siglo XX.

Evidentemente, con el tiempo, los experimentos de primates de Harlow se han considerado como poco éticos e incluso como un abuso de los derechos de los animales. Aun así, hay otros que afirman que es precisamente por ensayos así que emergió una mayor concienciación acerca de las regulaciones éticas y de la defensa de los animales.

¿Es justificable el experimento de Harlow? ¿Puede entenderse en el contexto de la época? ¿Su descubrimiento de las bases de la dependencia materna hacen que fuera algo positivo para nuestro conocimiento? ¿Eran realmente necesarios tantos años de crueldad para afirmar que, en efecto, una madre da mucho más que protección? Que estas preguntas queden abiertas y que cada lector encuentre sus propias respuestas. Nosotros simplemente hemos contado la historia. Porque solo así podemos evitar que los errores del pasado se repitan.

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