El Experimento de la Cárcel de Stanford: ¿qué sucedió dentro de esta falsa prisión?

El experimento de la prisión de Stanford fue un estudio desarrollado en 1971 e ideado por Philip Zimbardo donde se simuló, en los sótanos de una universidad, un ambiente extremo de una prisión. Descubramos la historia de este cruel experimento.

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“El fin de la ciencia no es abrir la puerta al saber eterno, sino poner límite al error eterno”. No hay mejor cita para empezar un artículo acerca del lado más oscuro de la ciencia que esta de Galileo Galilei, físico, matemático y astrónomo italiano que, en el siglo XVII desarrolló el método científico y marcó el nacimiento de la ciencia moderna.

Y es asombroso ver cómo el padre de la ciencia ya determinó que la grandeza de los científicos se encuentra no en ser capaces de todo, sino de comprender que no todo lo que puede hacerse, debe hacerse. Y es que a lo largo de estos últimos 400 años, si bien hemos logrado un increíble progreso científico y tecnológico, muchas veces, en nombre de la ciencia, se han cometido atrocidades.

Por suerte, a día de hoy los comités de bioética se encargan de que todos los estudios científicos vayan acorde a unos valores éticos y morales que deben respetarse absolutamente siempre. Pero esto, por desgracia, no fue así. Y no hace falta retroceder mucho en el pasado para descubrir manchas negras en la historia de la ciencia y, en especial de la Psicología, pues la enfermiza necesidad de desentrañar los misterios de la mente humana nos llevó, especialmente en el siglo pasado, a desarrollar experimentos psicológicos que cruzaron todos los límites de la moral.

Y, sin duda, uno de los más famosos, que ha contado incluso con adaptaciones cinematográficas y que está ligado a todo tipo de leyendas urbanas, es el experimento de la cárcel de Stanford. Un experimento desarrollado por Philip Zimbardo que estuvo a punto de convertirse en una tragedia. ¿Qué ocurrió en los sótanos de aquella universidad estadounidense? Acompáñanos en este viaje para descubrir la historia detrás del experimento de la prisión de Stanford.

Zimbardo, la Armada de Estados Unidos y la Prisión: el contexto

Era el año 1971. Philip Zimbardo, psicólogo estadounidense e investigador del comportamiento que se convirtió en presidente de la Asociación Norteamericana de Psicología en 2002 y una de las figuras más relevantes en el ámbito de la Psicología Social, recibe un encargo de la Armada de los Estados Unidos.

Este organismo buscaba una explicación a los abusos que eran cometidos en el sistema de prisiones de los Estados Unidos por parte de los carceleros sobre los presos. Y, siendo Zimbardo ya uno de los máximos exponentes de la Psicología social y del comportamiento, no dudaron en ponerse en contacto con él. Le pidieron que descubriera el porqué de esta conducta para así erradicarla.

En este contexto, Philip Zimbardo, con la financiación del gobierno de los Estados Unidos, desarrolló un estudio que, por desgracia, se convertiría en una de las manchas más oscuras de la historia de la Psicología. El psicólogo estaba trabajando en un proyecto llamado “El experimento de la Cárcel de Stanford”.

Se trataba de un estudio ideado como una simulación de roles en la cárcel para así estudiar el comportamiento de las personas cuando tienen poder, como era el caso de los carceleros sobre los presos. Pero nadie sabía que aquel experimento pasaría a demostrar la crueldad que las personas podemos ejercer cuando tenemos libertad para hacerlo.

Así, Zimbardo y su equipo pusieron anuncios en los periódicos de la ciudad buscando participantes bajo la premisa de participar en una simulación de prisión a cambio de 15 dólares diarios, algo que vendría a ser unos 90 dólares a día de hoy. Era una oferta tentadora para, como parecía, participar en un simple juego.

Esto fue suficiente para que 70 estudiantes universitarios se presentaran como candidatos. De todos ellos, Zimbardo se quedó con un grupo de 24, aquellos que parecían más saludables físicamente y que, de acuerdo a los tests que hicieron, resultaban más estables a nivel psicológico. Quería que las personas que participaran estuvieran sanas física y mentalmente, sin rasgos de conductas sociópatas.

Una vez elegidos, los participantes fueron enviados a los sótanos del departamento de Psicología de la Universidad de Stanford, donde el equipo de Zimbardo, que, recordemos, contaba con la financiación de la Armada estadounidense, había recreado una prisión con todo lujo de detalles.

Una vez ahí, de forma aleatoria, los estudiantes fueron divididos en dos grupos: guardias y prisioneros. A cada uno se les dio un rol. Así, a los guardias se les dieron uniformes militares, gafas de espejo y porras; al tiempo que los prisioneros debían vestir batas sin calzoncillos, gorras de nylon para simular que las cabezas estaban rapadas, una cadena alrededor de los tobillos y sandalias con tacones de goma. Todo era una perfecta simulación.

Además, los guardias podían volver a casa durante las horas libres, pero los prisioneros, a quienes nadie se dirigía por su nombre, tenían que permanecer dentro de esa prisión todo el tiempo que durara el experimento, que, en teoría, iba a ser de 14 días. Antes de empezar, los participantes asistieron a una pequeña reunión.

En ella, los prisioneros fueron desparasitados como si de la entrada a una cárcel de verdad se tratara y se les hizo entrega de sus uniformes embarazosos. Por su parte, los guardias simplemente recibieron la orden de, sin agredir físicamente a nadie, hicieran todo lo que fuera necesario para mantener el control de su prisión. Zimbardo no sabía lo que esa instrucción iba a generar. Pero ese 14 de agosto de 1971, el experimento de la Cárcel de Stanford empezó.

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¿Qué ocurrió en el experimento de la Prisión de Stanford?

Al empezar el experimento, parecía que no iba a funcionar. Los prisioneros se lo tomaban todo a broma y los guardias, que se sentían incómodos dando órdenes, no mostraban ninguna severidad. Pero todo cambió cuando uno de los guardias quiso de verdad entrar en el rol. Seguramente sin malas intenciones y como parte del juego, se puso en su papel de guardia para ver hasta qué punto los prisioneros se creían su interpretación.

Quería ver si le pedían que parase. Pero nadie lo hizo. Y fue ahí cuando aquello se convirtió en una verdadera prisión. Los otros guardias siguieron la corriente al primero y empezaron a obligar a los prisioneros a cantar y hacer flexiones por el simple hecho de humillarlos; al tiempo que los prisioneros hacían cosas por el gusto de irritarlos. Entonces, los guardias empezaron a encerrar en sus celdas a los prisioneros más conflictivos. Ni Zimbardo ni nadie de su equipo intervino. Dejaron que el espectáculo continuara.

Y fue ya en la primera noche de ese 14 de agosto de 1971 que se produjo un motín. Los prisioneros se rebelaron, pusieron barricadas en sus celdas, quitaron los números de sus batas e insultaban a los guardias, los cuales recordaron aquella orden de mantener el control en su prisión. Y fue así como, viendo en ellos a unos prisioneros peligrosos, ni siquiera marcharon a casa cuando terminó su horario.

Pese a poder salir del sótano, se quedaron ahí haciendo horas extra para así disolver la revuelta sin la supervisión de Zimbardo. Enfrentaron a los prisioneros entre sí y les hicieron creer que entre ellos había informantes. Con esto, ya no se produjeron más motines. Pero los castigos cada vez eran más crueles e inhumanos.

Los guardias obligaban a los prisioneros a limpiar retretes con las manos, quitaron los colchones de las habitaciones forzando a los más conflictivos a dormir desnudos sobre el hormigón, el derecho a ir al baño pasó a ser un privilegio, retiraban la comida como castigo y, a modo de humillación, los obligaban a caminar desnudos por la cárcel.

No pasó demasiado tiempo hasta que los guardias, que eran estudiantes universitarios estables psicológicamente sin ningún historial de violencia o de delincuencia, empezaran a mostrar tendencias sádicas al tiempo que los prisioneros mostraron desórdenes emocionales agudos, con sintomatología de ansiedad e incluso de depresión.

Algunos de los prisioneros tuvieron que abandonar el experimento (uno se declaró en huelga de hambre) porque no podían tolerar emocionalmente lo que estaba ocurriendo en ese sótano. Más de 50 personas del equipo de Zimbardo estaban viendo lo que ocurría. Y ni uno solo cuestionó la moralidad del experimento pese a que en apenas unos días, “la cárcel de Stanford” se había convertido en un auténtico infierno.

Por suerte, cuando Christina Maslach, pareja de Zimbardo y estudiante de posgrado en esa universidad, vio qué estaba sucediendo, instó al psicólogo a detener el estudio. Así, el 20 de agosto de 1971, tras solo seis días desde su inicio, el experimento terminó. Quién sabe qué hubiera ocurrido ahí dentro si se hubiera llegado a los catorce días que Zimbardo pretendía.

Un experimento que cruzó todos los límites de la ética y que, pese a que fue clave para demostrar cómo la libertad para ejercer el poder por nuestro rol puede llevarnos a cometer enormes crueldades, abre, de nuevo, el debate acerca de si estos experimentos del pasado pueden ser justificables o no por sus aportaciones. Este dilema queda, por supuesto, abierto para el lector. Nosotros simplemente hemos contado una historia que, eso sí, nos muestra el lado más oscuro de la Psicología.

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